Ochenta y seis
OCHENTA Y SEIS
El castillo estaba tan oscuro como una tumba.
Beau avanzó a trompicones por el vestíbulo, guiándose solo por la memoria.
—¡Arabella! —gritó.
Pero no obtuvo respuesta.
Giró sobre sí mismo, desesperado, y entonces vio un resplandor. Provenía de debajo de las puertas del gran salón.
Las empujó con fuerza.
La escena que lo recibió le desgarró las entrañas.
Arabella yacía en el suelo. Valmont estaba a su lado, sosteniendo su cabeza en el regazo.
Sus ojos estaban cerrados; su pecho subía y bajaba con respiraciones rápidas y débiles.
A su alrededor, formando un semicírculo, se encontraban muchos de sus sirvientes.
Detrás de ellos, las damas de la corte observaban en silencio.
—¿Por qué estáis ahí parados? —gritó Beau—. ¡Levantadla del suelo! ¡Llevadla a sus aposentos!
Valmont, respirando con dificultad, levantó la cabeza.
—No vamos a moverla. Desea morir aquí… Con nosotros, con sus padres.
—¡No! —exclamó Beau. Se arrodilló junto a Arabella y la tomó entre sus brazos, apartándola de Valmont—. Soy yo, Bells. Soy Beau. Despierta… Vamos, despierta.
—Llegas demasiado tarde, me temo —dijo Asonperides, con una sonrisa afilada, como una guadaña, curvándose en su rostro—. La maldición termina a medianoche.
Beau alzó la vista hacia el imponente reloj dorado.
La medianoche estaba a solo media hora.
El tiempo se agotaba.
Los sirvientes ya empezaban a desvanecerse.
Parecían haber envejecido cien años en unas pocas horas.
Estaban encorvados, el cabello les había encanecido y sus ojos se nublaban.
Algunos, como Percival y Phillipe, se tomaban de las manos, buscando consuelo mutuo hasta el final.
Otros, permanecían solos, en los extremos de la sala, aceptando su destino en silencio.
Incluso Esperanza y Fe se apagaban. De pie, en la puerta del fondo, observaban la escena con sus rostros pálidos, mientras la luz de dentro de ellas titilaba.
Beau buscó frenéticamente una forma de romper la maldición.
Tenía que haber una manera; solo que no la veía.
Trató de recordar las palabras del poema del relojero.
Decía que Arabella debía amar y ser amada.
Pero ella no lo amaba… Si lo hiciera, la tercera hermana pequeña habría aparecido. Si lo hubiera hecho, la maldición ya estaría rota.
Pero él sí que la quería.
Tal vez su amor bastara.
Quizá, si se lo decía otra vez, eso la salvaría.
—Yo… te quiero, Bells. Eres mi mejor amiga. La única amiga verdadera que he tenido.
Los ojos de Arabella, nublados, se abrieron un poco.
—¿Beau?
Este llevó su mano a los labios y la besó.
—Sí, soy yo. ¿Puedes oírme? Te quiero, Arabella. Por favor, no mueras… Por favor, por favor, no mueras.
—Yo… también te quiero, Beau —susurró Arabella, esforzándose por sonreír.
Beau soltó una carcajada de alivio. Le besó la mano otra vez. Ella le quería. Se habían equivocado en algo. Tal vez hicieron las cosas en un orden incorrecto, pero ya no importaba. Todo se arreglaría.
Se giró hacia el relojero, con una sonrisa de triunfo, deseando verlo marchar.
—Vete. Lárgate. Has terminado aquí —le dijo.
Pero el relojero no se movió.
Permaneció junto a su reloj, con las pálidas manos cruzadas sobre su bastón, y una media sonrisa en los delgados labios.
Un nuevo temor empezó a retorcerse en el estómago de Beau.
Miró a su alrededor, esperando que el castillo se derrumbara, o que aparecieran ángeles, o que Asonperides y su corte ardieran en llamas.
Escuchó, esperando el estruendo de los muros de piedra cediendo, el sonido de trompetas celestiales o el rugido del fuego infernal.
Pero lo único que oyó fue el tictac del reloj.
—¿Por qué no pasa nada? —preguntó, mirando a Valmont—. Le he dicho que la quiero. Ella me ha dicho que me quiere.
Tocó la mano de Arabella. Estaba fría. El pánico empezó a rugir dentro de su cabeza.
—Tal vez lo hemos dicho mal. Tal vez deberíamos haberlo dicho en voz alta. Justo antes de cruzar el puente. O en medio del puente, o…
El corazón de Beau se detuvo.
«El puente».
—Valmont, ¿cuáles eran los versos del hechizo del relojero? —preguntó—. Los que hablaban del puente.
El anciano sirviente levantó la cabeza. Sus mejillas estaban empapadas en lágrimas.
— Cruza el puente, desenreda los años, escapa de la prisión de tus miedos y daños… —Recitó—. La señora debía cruzar el puente, pero no pudo. Y ahora nunca podrá, porque ya no hay puente.
—Pero tal vez nos equivocamos con el puente —dijo Beau, desesperado—. Tal vez, no era un puente real. Tal vez, es solo un símbolo…
Valmont soltó una risa amarga.
—Nos equivocamos en todo.
Pero Beau se negó a rendirse, y forzó una sonrisa esperanzada.
—Vamos, Bells, siéntate. Vamos a romper esta maldita maldición. Lo haremos juntos. Encontraremos la manera.
Y, cuando lo hagamos, no querrás que te vean ahí tirada como si estuvieras borracha, ¿verdad? Anda…, siéntate.
Tiró de sus manos, pero su cuerpo era un peso muerto. Deslizó un brazo detrás de su espalda e intentó incorporarla, pero esta soltó un gemido de dolor.
Al oír su queja, la determinación de Beau se quebró, y su sonrisa se desmoronó.
—Que alguien haga algo. ¡Traedle sales aromáticas! ¡Un vaso de brandi , por amor de Dios! ¡Sois sirvientes, ¿no?! —gritó.
Percival se arrodilló junto a Beau. Se inclinó y apoyó el oído sobre el pecho de Arabella. Cuando volvió a incorporarse, su rostro mostraba un gris de tristeza.
—Apenas puedo oír un latido —dijo.
—No —susurró Beau, con la voz rota y el corazón hecho añicos.
—El poema del relojero era un engaño… Una mentira —dijo Valmont—. La maldición no se puede romper.
—Sí se puede —indicó una voz.
Venía desde la puerta de la cocina.
Beau levantó la vista.
Abriéndose paso entre la multitud, había una mujer pequeña y decidida. En una mano empuñaba un rodillo, que levantaba frente a ella como si fuera una espada. La otra descansaba protectora sobre el hombro de un niño pequeño.
—Vete, panadera, y llévate a ese sucio mocoso contigo —dijo Asonperides—. No puedes hacer nada.
Camille apretó con fuerza el hombro del niño.
—Sigue caminando, Rémy. Es la hora. Ve con ella —le indicó.
—¿No me has oído? Vuelve…
Las palabras de Asonperides se apagaron. El desprecio en su rostro se transformó en puro asombro.
—No… —susurró—. No puede ser. —Giró en redondo, gritándole a su corte—. ¿Qué esperáis? ¡Atrapadlos!
Camille alzó su arma sobre la cabeza, dispuesta a proteger a Rémy.
Ari dio un paso en su dirección, y las demás damas la siguieron.
—Se acabó para ti, niño —gruñó Ari—. Una sola mujer no puede protegerte.
Pero Camille no estaba sola.
Florian, Henri, Gustave, Lucile, Josephine, Claudette, Josette, Phillipe, Percival y Valmont… Todos los sirvientes, reuniendo la poca fuerza que les quedaba, rodearon a Camille y a Rémy, empujando a las cortesanas hacia atrás, despejando el camino.
Rodeada por sus amigos, Camille siguió avanzando, guiando a su protegido hasta Arabella. Cuando llegaron, le quitó a Rémy la mugrienta gorra y una larga cabellera rubia cayó en cascada de debajo de ella.
La niña dio un paso al frente. Era pequeña, como sus hermanas. Delgada. Frágil. Manchada de hollín y grasa.
Y resplandeciente como el amanecer.