Ochenta y cinco
OCHENTA Y CINCO
Beau sintió como si le hubieran arrancado la piel viva.
El agua del foso estaba tan fría que desgarró cada nervio de su cuerpo. Había caído de pie, se hundió profundamente y luego se impulsó hacia la superficie, rompiéndola con un grito.
«¡Nada, maldita sea, nada!», le gritaba su mente, desesperada por sacar su cuerpo de aquella agua helada.
Pero algo más en el foso quería matarlo.
Beau los oyó, emergiendo entre la masa gris y gélida, gruñendo y gorgoteando.
Los no muertos no sentían el frío.
Percibieron los movimientos frenéticos de Beau y se lanzaron hacia él. En cuestión de segundos, lo habían rodeado.
Logró abrirse paso entre el agua espumosa, pero entonces uno de ellos le agarró la chaqueta por la espalda y lo arrastró hacia abajo.
Con el corazón martilleando de terror, nadó con más fuerza, luchando por mantener la cabeza fuera del agua, pero más criaturas se abalanzaban sobre él.
Consiguió llenar los pulmones con una última bocanada de aire, antes de que el monstruo que lo sujetaba lo hundiera por completo.
Beau forcejeó para liberarse, pero no pudo.
Los pulmones le ardían. Luces brillantes estallaban como fuegos artificiales detrás de sus ojos.
Su cuerpo, llevado más allá del límite, empezó a ceder.
Sus manos arañaban el agua, los dedos tanteaban, desesperados, en busca de las enredaderas, pero estaban demasiado lejos.
Los fuegos artificiales comenzaron a desvanecerse.
Ya no podía contener la respiración. En cualquier momento, sus pulmones se contraerían y tragaría el agua turbia.
Rezó a los santos para que le concedieran una muerte rápida, pero los santos no escuchaban.
O tal vez sí.
Tal vez siempre lo habían hecho, porque algo duro le golpeó la cabeza.
Se giró con brusquedad y vio lo que era: una tabla del puente destruido. La agarró y, con las últimas fuerzas que le quedaban, la clavó en el rostro de su atacante. Hubo un crujido nauseabundo cuando el cráneo del monstruo cedió.
Beau sintió que su agarre aflojaba y lo vio hundirse en el agua.
Pateó con fuerza y emergió, jadeando, girando en círculos, buscando la pared.
Más criaturas del foso se abalanzaron sobre él.
Hundió la tabla en el torso del más cercano, apartándolo de su camino, y golpeó a otro con tanta fuerza que su cabeza se separó del cuello.
Poco a poco fue abriéndose paso hasta la pared, empujando y golpeando a los monstruos, hasta que por fin las enredaderas quedaron a su alcance.
Justo cuando Beau logró agarrar una, otra criatura emergió, a solo unos centímetros de su cara.
Su cráneo estaba cubierto de una baba verdosa.
Enredaderas negras y retorcidas salían de su boca abierta, cubriendo su rostro como una red.
Sus dedos huesudos arañaron a Beau, pero enseguida se dio cuenta de que no podía hacerle daño, porque más enredaderas atravesaban su caja torácica, y lo sujetaban a la pared.
—Con tu permiso, amigo —dijo Beau, mientras empezaba a salir del agua.
Un pie se hundió entre, dos enredaderas; el otro encontró apoyo en una grieta de la piedra. Pulgada a pulgada, con un dolor atroz, trepó por el muro del castillo, obligando a sus dedos entumecidos a aferrarse.
Por fin alcanzó la cadena que colgaba un poco más arriba.
El metal helado le quemó las manos al tocarlo, pero, ignorando el dolor, apoyó los pies en la piedra y se impulsó, para subir por el metal, mano sobre mano.
A mitad de camino, un ataque de temblores lo sacudió con tanta violencia que pensó que lo despegaría de la pared.
Esperó, con los ojos cerrados, hasta que pasó. Entonces, siguió trepando hasta alcanzar el arco y asirse de la anilla de hierro.
Ahora venía la parte difícil.
La anilla estaba a varios centímetros del umbral, y dentro del arco no había nada de lo que pudiera valerse para impulsarse. Si no tenía cuidado, perdería el equilibrio y volvería a caer al foso.
Con precaución, colocó el pie derecho sobre el umbral y apoyó también la mano derecha contra la pared interior del arco.
Empezó a balancear su cuerpo de un lado a otro, más y más rápido, hasta ganar impulso.
Con un grito gutural, soltó el anillo y se lanzó de lado.
Su pie derecho soportó el peso y consiguió entrar en la torre.
Tropezó, pero se sostuvo.
La sangre manaba de la rodilla que se había abierto al caer al arroyo, pero ni siquiera lo notó.
Lo había logrado.
La noche había caído, y al salir de la torre y cruzar el patio, vio las antorchas encendidas a ambos lados de las puertas del castillo, al igual que la primera vez que había llegado.
El terror le apretó el pecho como una garra. Había atravesado una tormenta de nieve cegadora, había escapado de morir congelado y luego ahogado, pero nada de eso se comparaba con el miedo que sentía ahora: el miedo de haber llegado demasiado tarde para salvar a Arabella.
Cuando Beau vio por primera vez al relojero, había sentido una certeza inquebrantable de que ya lo conocía, aunque no sabía de dónde.
Ahora lo recordaba.
La primera vez que el relojero lo visitó, vino vestido de enterrador. Había levantado el cuerpo sin vida de su madre de su lecho, aunque Beau le había rogado que no lo hiciera.
La segunda visita ocurrió un año después: el relojero fue uno de los hombres que sacaron el cadáver de su padre del río.
La tercera vez fue cuando yacía en un callejón sucio, con un cuchillo clavado en el pecho. El relojero se había inclinado junto a él, pero Raphael lo había cogido antes de que pudiera llevárselo.
Ahora el relojero quería a Arabella.
Aunque Beau estaba medio muerto, llegó hasta las puertas del castillo.
Las tres veces anteriores que el relojero había aparecido ante él, Beau era un niño.
Esta vez, era un hombre.
Y esta vez, iba a luchar contra él.