Belleza Feroz Ochenta y cuatro
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Ochenta y cuatro

OCHENTA Y CUATRO

Beau observó el castillo desde el borde del acantilado, incapaz de creer lo que veían sus ojos.

El puente, el que él y Arabella habían construido juntos, había desaparecido. La única evidencia de que alguna vez existió eran unas cuantas tablas flotando sobre la superficie medio helada del foso.

Se llevó las manos a la boca y gritó.

Una vez.

Dos.

Pero nadie respondió.

Golpeó el suelo con los pies, y se abrazó a sí mismo con fuerza, intentando devolver el calor a su cuerpo.

Su ropa estaba rígida por el hielo. No sentía los pies.

Después de caer al arroyo, había vagado por el bosque durante horas.

Le había hecho falta toda su voluntad, toda su fuerza, para seguir moviéndose, paso tras paso.

Por suerte, la nieve había cesado, pero el sol ya se ocultaba.

Si no lograba entrar al castillo pronto, moriría.

—¡Valmont! —Rugió—. ¡Percival! ¿Puede alguien oírme?

Vio movimiento dentro de la torre y soltó una carcajada de alivio.

Alguien venía. Alguien lo ayudaría. Gracias a Dios.

Pero entonces, un hombre emergió de entre las sombras y se detuvo en el umbral.

La risa de Beau se apagó de inmediato.

Era el relojero, con su levita negra. Parecía inmune al frío mortal y se mantenía erguido, solemne, enmarcado por el arco de la puerta.

A su lado aparecieron las damas de la corte.

Formaban una galería grotesca, con sus sonrisas sombrías y triunfales, y su vestimenta chillona.

Cada una parecía lista para un baile. Asonperides se encontraba a la derecha del relojero, majestuosa en seda gris.

Sostenía una linterna en una mano, y relucían bajo su luz los muchos diamantes que llevaba.

Beau odiaba la idea de volver a estar entre ellas, pero no tenía opción.

—¡Buscad a Valmont! ¡A Florian y a Henri!

No tenía ni idea de cómo cruzar el foso, pero confiaba en que ellos podrían idear algo.

Quizá pudieran arrojar una puerta vieja al agua, empujarla con un palo hasta él, y así usarla como balsa. O tal vez podrían lanzar una cuerda con alguna catapulta improvisada.

Juntos, encontrarían una solución.

—¡Vamos! ¡Rápido! —instó a las cortesanas.

Pero nadie se movió para ayudarlo, y pronto comprendió que nadie lo haría.

—No —dijo, atónito—. No podéis dejarme aquí afuera. No podéis.

Una a una, las damas del cortejo de Arabella se dieron la vuelta y se desvanecieron entre las sombras.

El relojero lo observó un momento más, y luego también se marchó.

—No, espera… Espera. ¡Relojero, detente! ¡No tienes derecho! ¿Quién eres tú para condenar a Arabella? ¿Para dejarme morir aquí? ¿Quién demonios eres? —le gritó.

Se oyó un chirrido desgarrador y, entonces, una ventana en lo alto de la garita se abrió. Una pequeña cabeza asomó por ella.

—¿Aún no lo has entendido? ¡Es la MUERTE , cabeza hueca!

Una niña se apoyaba en el alféizar.

Beau entrecerró los ojos en la penumbra.

—¿Fe? —preguntó.

Otra cabeza apareció junto a la suya.

—¿Dónde está Arabella? ¡Buscadla! ¡Rápido! —les gritó Beau a las dos hermanas.

—Beau…, Arabella se está muriendo —dijo Esperanza.

Un hueco se abrió en el pecho del joven. Sintió que se derrumbaba.

—¡No! —gritó. Se golpeó la frente con las manos, tratando de pensar. Tenía que haber una forma de llegar hasta ella. Tenía que haberla.

—Tenemos que irnos —gritó Esperanza—. ¡Nos están cazando! Tenemos que seguir moviéndonos. ¡Haz algo, Beau! ¡Usa las enredaderas! ¡La cadena! —Y desaparecieron.

¿Las habían atrapado los miembros de la corte? ¿El relojero?

Beau no tenía manera de saberlo. Solo sabía una cosa: si iba a entrar en el castillo, tendría que hacerlo solo. Pero ¿cómo?

«Las enredaderas… La cadena…», había gritado Esperanza.

Sus ojos recorrieron el muro sobre el foso.

Una cadena colgaba de un anillo de hierro, cerca del arco de la torre.

Bajó la mirada hacia las gruesas y feas enredaderas que crecían desde el agua turbia y trepaban por la pared de piedra.

Recordó haber enredado sus pies en ellas cuando descendió por el muro para rescatar a Arabella.

Se extendían en todas direcciones; algunas, entrelazadas, quedaban a solo unos metros de la cadena.

Beau supo lo que tenía que hacer.

Respiró hondo.

Y saltó.