Belleza Feroz Ochenta y tres
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Ochenta y tres

OCHENTA Y TRES

El bosque era ahora el enemigo de Beau.

Nada le resultaba familiar. Era como si cada árbol, cada roca y cada arroyo conspiraran contra él, tratando de confundirlo, haciéndolo dar vueltas, para enviarlo en la dirección equivocada.

La nieve caía con fuerza, impulsada por un viento despiadado. En unas horas llegaría el anochecer, y Beau sabía que, si no encontraba el camino pronto, si no alcanzaba el refugio del castillo antes del crepúsculo, estaría en serios problemas.

Con los ojos entrecerrados ante el viento cruel, no vio que el terreno descendía bruscamente frente a él. Tropezó, cayó de bruces, resbaló por una colina empinada y logró detenerse a solo unos metros de un arroyo que corría con fuerza.

Gimió, se incorporó y se sacudió la nieve de los pantalones. Reconoció el arroyo: lo había cruzado en su camino hacia el pueblo. Recordó haber trepado la orilla alta. Ese grupo de rocas que sobresalía del agua… ¿No era lo que había usado para cruzar?

Las rocas estaban cubiertas de nieve.

—Probablemente, también de hielo —dijo con amargura.

Miró a un lado y al otro, buscando una forma más segura de cruzar —tal vez un árbol caído—, pero no había nada.

Una ráfaga brutal de viento lo golpeó otra vez, obligándolo a inclinar la cabeza.

—¿Por qué me has mentido? —gritó al aire.

«Ya sabes por qué, —respondió la voz dentro de él—. Para hacer que te vayas. Para salvarte».

Durante casi toda su miserable vida, a nadie le había importado si vivía o moría.

Pero a Arabella, sí.

Le había importado tanto que construyó un puente para él, y luego había dado su vida para asegurarse de que lo cruzara.

Beau sabía que la voz tenía razón.

Arabella no le había dicho la verdad sobre la maldición. Después de cien años, esta llegaría a su fin.

«Y Arabella acabaría con ella».

El miedo lo impulsó a cruzar las piedras cubiertas de nieve.

Fue una mala idea. Estaba agotado; sus extremidades rígidas y torpes por el frío. Su pie resbaló sobre una de las rocas y cayó, lanzando un grito de sorpresa al golpear el agua helada.

Jadeando y escupiendo, logró ponerse de pie. Atravesó el arroyo tambaleándose y subió por la orilla opuesta.

Al llegar arriba, se miró: la ropa empapada, los guantes perdidos, los pantalones rasgados y la rodilla sangrando.

Con la mente y el cuerpo entumecidos, avanzó tambaleándose, pero no dio ni cinco pasos antes de que su pierna herida cediera y cayera de rodillas.

Con la cabeza gacha, comprendió que moriría allí.

Estaba demasiado lejos de cualquier ayuda, y ya no le importaba.

Nunca había sentido tanto frío en su vida.

—¡Beau! ¡Mi querido niño!

Levantó la cabeza, y sus ojos se abrieron de par en par al ver quién lo llamaba.

Su madre estaba de pie frente a un abedul plateado, extendiendo una mano hacia él a través de la nieve, con una expresión de desgarradora tristeza.

—Vamos, Beau. ¡Rápido!

Él asintió.

« Iría . Muy pronto».

—¡No eres más que un mocoso inútil! ¡Vamos! ¡Lárgate de aquí!

Beau giró bruscamente hacia la nueva voz. Su padre estaba junto a un pino cubierto de nieve, con los ojos enrojecidos como brasas en su rostro hinchado y una botella vacía de whiski en la mano.

Sintió otra mano aferrarse a su hombro. Se volvió lentamente, demasiado entumecido para asustarse, y vio a Raphael inclinándose junto a él.

—Mírate, idiota sin remedio —dijo—. Vas a morir congelado aquí. ¿Y para qué?

¿Por una mujer a la que no le importas? Se reirá de ti cuando regreses al castillo, si es que te deja entrar. No eres más que un ladrón, y eso es todo lo que serás.

«No eres más que un niño inútil… No eres más que un ladrón…».

—N-n-no —susurró entre dientes, castañeteando. Luego, más fuerte—: ¡No!

Beau cerró los ojos con fuerza. Cuando los volvió a abrir, su madre y su padre habían desaparecido. Solo eran una ilusión, un engaño creado por un cerebro que empezaba a apagarse.

¿Y Raphael? Sus palabras también eran mentiras. En medio de la tormenta rugiente, con el frío robándole la vida, minuto a minuto, lo comprendió con claridad.

El amor había roto a Beau.

Había amado a su madre con todo su corazón, y se la habían arrebatado.

Había amado a su padre, y el hombre lo había abandonado.

Amaba a Matteo y, aun así, tuvo que dejarlo.

Y el dolor de esas pérdidas había sido insoportable.

Pero cerrar el corazón era el camino fácil.

Era fácil construir muros, y difícil construir puentes.

El amor no era para los débiles. Requería valor amar a otro ser humano.

Requería ferocidad. Una panadera se lo había dicho.

Una mujer que lo había perdido todo, pero que se negó a perder la esperanza.

Una mujer diez veces más valiente que él.

No había entendido sus palabras, entonces.

No estaba listo.

Pero ahora sí lo estaba.

Con un grito que nació muy dentro de él, que subió desde su corazón hasta su garganta, Beau se puso de pie. Subió el cuello del abrigo, se caló el gorro sobre las orejas, bajó la cabeza y avanzó, tambaleándose, por la tormenta.

No veía mucho, apenas unos metros delante de sí, pero, aun así, lo veía todo.

Veía la verdad de la que había estado huyendo toda su vida.

La única manera de salir de la oscuridad era adentrarse más en ella.