Belleza Feroz Ochenta y dos
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Ochenta y dos

OCHENTA Y DOS

Bien merecido lo tenía.

¿A cuánta gente había robado? ¿A cuántos había engañado y estafado?

Mientras Beau avanzaba, a duras penas, por el bosque nevado, su propio cortejo de emociones lo atormentaba. Se sentía en carne viva. Enfadado. Confundido. Destrozado.

Arabella le había dicho que le quería. Lo que él había sentido cuando ella lo tocó, cuando lo besó —eso era real—. Ella no era lo bastante buena mentirosa para fingir algo así. Nadie lo era. Pero luego, las palabras de ella volvieron a su mente, y supo que solo se engañaba a sí mismo…

«¿Pensaste por un momento que podría enamorarme de ti? No eres más que un ladrón…».

Ella no lo amaba. Eso era un hecho. Si lo hubiera hecho, habría podido cruzar el puente. Aquella barrera invisible también era real. Él la había sentido con sus propias manos.

Su abatimiento se hizo más profundo al recordar cómo Esperanza y Fe habían buscado a su hermana sin encontrarla. Claro que no la habían hallado. ¿Quién querría tener Amor con alguien como él?

Jadeante, Beau se detuvo un momento, alzó la cabeza y miró el cielo encapotado. Las palabras del poema del relojero regresaron a su memoria:

«Y cuando al fin aprendas a amar, serás amada en su lugar».

Cuando Arabella amara de verdad, sería libre. Pero no lo hacía, así que no lo era. Quizá la próxima vez. Cuando apareciera un hombre mejor.

Beau deseó poder odiarla. Eso lo haría todo mucho más fácil.

Pero no la odiaba; la amaba y la echaba de menos.

Deseaba tenerla a su lado. Echaba de menos desvelarse con ella en la mesa del gran salón, con una cafetera humeante y un plato de pasteles cerca.

Extrañaba martillar, golpear y construir aquel puente torcido.

Extrañaba celebrar cada vez que un pilote se mantenía en pie, y maldecir —con precisión y creatividad— cada vez que uno se caía.

Antes, pensaba que abrir una cerradura imposible o colarse en una mansión bien protegida era el mayor logro al que podía aspirar, pero su tiempo con Arabella le había enseñado otra cosa.

Descubrir qué era en realidad aquella criatura fiera y atormentada, quién era en verdad…, había sido lo mejor que había hecho jamás. Había abierto el cofre de su corazón, y las riquezas que encontró allí lo habían deslumbrado.

Arabella le había devuelto algo que le habían robado hacía mucho: una sensación de posibilidad. Ella había visto algo en él —una chispa, un destello, una promesa brillante de que podía ser algo más—. Alguien más. Un hombre que no robara, sino que diera.

O eso había creído.

«En realidad, no eres más que un ladrón, Beauregard. Un muchacho sin valor salido de los barrios bajos. Tu cuello debió romperse con una soga hace años…».

Asonperides tenía razón: no era digno de Arabella. Si tuviera algo de juicio, haría todo lo posible por olvidarla y concentrarse en llegar a Matti cuanto antes.

Beau siguió caminando, milla tras milla, a través del denso bosque, encorvado por el frío, deseando que la mezcla de sentimientos que lo envolvía —melancolía, pérdida y una extraña inquietud— se disipara. Pero no lo hizo. Solo se intensificó.

Tenía las manos y los pies medio congelados cuando vio el cartel: Ville des Bois-Perdus.

Unos minutos después, caminaba por la calle principal del pueblo, buscando una posada o una cafetería donde pudiera conseguir una comida caliente y calentarse junto al fuego. Había dejado los panecillos de Camille en la nieve, junto al foso.

Su primera impresión del pueblo fue la de un lugar triste y gris, sin promesa alguna.

Entonces, con un sobresalto, comprendió que lo conocía —al menos, sus huesos—, aunque nunca hubiera estado allí. Lo había visto cambiado, transformado, bordado en plata en el reverso de una colcha. ¿Pero podía este sitio gris y sin vida ser la base del Paradisium de Arabella?

Beau entrecerró los ojos, y la fea plaza, con su fuente oxidada, cobró una nueva y brillante vida: árboles frondosos, bancos, niños riendo…

El ennegrecido ayuntamiento, con su fachada limpia, se alzaba orgulloso, y la escuela, con su frontón desmoronado y sus ventanas tapiadas, se transformaba en el nuevo centro del pueblo, recién pintada y reluciente; la joya de su corona.

Abrió los ojos del todo y la visión se desvaneció. El destartalado pueblecito no era ningún paraíso, pero Beau sabía que Arabella podría haberlo convertido en uno. Como los mejores arquitectos, ella veía con el corazón, y no con los ojos. No veía lo que era, sino lo que podía ser.

Una campana de iglesia repicó, avisándole de que ya era mediodía, recordándole que aún tenía cosas que hacer.

Buscó el anillo de esmeralda, que seguía bien guardado en su escondite.

Pasó el pulgar sobre él, una y otra vez, inquieto.

Debería sentirse feliz por tener el anillo, pero no lo estaba.

Era como una cicatriz fea, un recordatorio de algo doloroso.

Se encaminó hacia la herrería, sabiendo que gran parte del trabajo de un herrero consistía en herrar caballos, y esperando que este supiera de alguno que estuviera a la venta.

Al cruzar la plaza, vio un grupo de niños delgados, con abrigos raídos y manoplas de lana. Algunos hacían muñecos de nieve. Dos niñas jugaban a palmearse las manos mientras cantaban una rima al unísono:

Relojero, relojero, da cuerda a tu reloj.

Mira las manecillas: tic, tic, toc.

Giran y giran sin cesar,

¿quién perderá y quién ganará?

Castillo gris, foso sin luz,

donde flotan los muertos sin cruz.

Roca negra, arroyo de plata, roble partido

corre como el diablo si los has visto.

Beau se quedó helado. Un escalofrío le recorrió la espalda. Se giró, corrió hacia los niños y se agachó junto a ellos.

—Escuchad, ¿de dónde habéis sacado esa canción? —les preguntó.

Los niños se apartaron, asustados.

—No sé —dijo uno.

Un chico mayor dio un paso adelante, protegiendo a los más pequeños.

—Es solo una canción, señor. No significa nada.

—¿Dónde la habéis oído? —insistió Beau—. ¿Quién os la enseñó?

—¡Eh, tú! —Tronó una voz—. ¿Qué quieres hacer con esos mocosos?

Beau se giró. Las palabras provenían de un hombre corpulento, que estaba de pie en la puerta de una carnicería. Pudo escuchar la amenaza en su voz…, acompañada de un cuchillo de carnicero en su mano.

Se incorporó y levantó las suyas, mostrando que no representaba peligro.

—Solo preguntaba por la rima que cantaban.

El ceño del hombre se hizo más profundo.

—Eres demasiado mayor para andar jugando con niños, muchacho.

Beau asintió, conciliador, y siguió su camino. Sentía sobre él unas miradas cargadas de sospechas, y se reprendió a sí mismo. ¿Qué le pasaba? ¿En qué pensaba? ¿Acercándose así a unos niños pequeños?

Y, sin embargo, no podía dejar de pensar en aquella extraña rima. El castillo que describía… era igual al de Arabella. Las señales que mencionaba, las advertencias para retroceder —la roca negra, el arroyo plateado, el árbol partido—… ¿Acaso no había pasado junto a los tres?

«No seas ridículo, —se dijo—. Todos los bosques tienen arroyos, rocas y árboles dañados. Y hay muchos castillos a lo largo de la frontera».

Aun así, su inquietud creció, hasta que se detuvo otra vez, dominado por la convicción de que debía dar media vuelta ahora mismo y regresar.

Beau ignoró el presentimiento y continuó andando, intentando convencerse de que la rima infantil no tenía nada que ver con Arabella ni con su castillo.

Pero justo cuando llegó a la herrería, los niños empezaron de nuevo a palmear y cantar:

Caballero, mayordomo, jardinero, mozo,

ninguno escapará de su destino horroroso.

Doncellas y damas, oíd su agonía:

en cien años… ¡todos morirán algún día!

Y allí estaba la respuesta.

Con un estremecimiento de pavor, Beau comprendió que nunca había oído los últimos versos del hechizo del relojero, porque Arabella había arrojado un tintero al espejo antes de que él pudiera escucharlos.

Las imágenes se agolparon en su mente: el sótano lleno de provisiones suficientes para alimentar a toda la servidumbre durante un siglo, los toneles de vino de un château incendiado hacía décadas, y las algas podridas custodiadas por un monstruo de ojos como espejos.

Y Arabella, exigiendo sin descanso que terminaran el puente.

La maldición terminaba en cien años… y los cien años se habían cumplido.

—Eres un estúpido… Un completo estúpido —susurró.

La había dejado.

Aunque la quería.

Había huido, como siempre hacía.

¿Por qué?

¿Porque creyó lo peor de ella? ¿O porque creyó lo peor de sí mismo?

Beau se dio la vuelta y echó a correr. Dejó la plaza atrás, al igual que el pueblo, de regreso al bosque.

Corrió más rápido de lo que había corrido cuando los hombres del mercader lo perseguían. Más rápido que la noche en que intentó escapar de la bestia.

Más rápido que en toda su vida.