Ochenta y uno
OCHENTA Y UNO
Sabías que la muerte se acercaba.
Vio en sus ojos lo que planeaba hacer, mucho antes de ver el cuchillo.
¿Pero qué podías hacer? Ella era una reina, y él un cazador.
¿Y tú? Tú eras una niña. Y nadie puede permitir que eso siga siendo así.
Él creyó que todo había terminado cuando arrojó el cuchillo, pero tú sabías que apenas comenzaba.
Corriste hacia él cuando montaba su caballo, suplicando, aferrándote a las riendas, pero te apartó de una patada.
Te quedaste allí, llorando, mientras lo veías alejarse. Luego, llegó el pánico. Gritaste hasta quedarte sin voz.
La primera noche fue la peor. Nunca habías conocido una oscuridad así. Una soledad así. Un miedo así. Aprendiste tanto mientras intentabas no morir: qué era seguro comer, dónde encontrar agua, cómo esconderte de las cosas que husmean y gruñen…
Saliste de esos bosques hace mucho, mucho tiempo, pero una parte de ti sigue allí, y siempre seguirá. Perdida para siempre. Hambrienta para siempre. Asustada para siempre.
A veces desearías que el cazador hubiera sido lo bastante valiente como para cumplir sus órdenes.
A veces piensas que la reina solo intentaba ser amable.
Resulta que ella sabía algo que tú desconocías: nadie puede romperte el corazón, si no tienes uno.