Ochenta
OCHENTA
—Este es el gran momento —dijo Beau—. Yo iré primero y comprobaré si hay puntos débiles. Cuando esté a la mitad, empiezas tú.
Hablaba demasiado. Estaba nervioso, y Arabella podía verlo.
—Estaremos bien —indicó ella—. Es lo bastante fuerte para los dos. Os aguantó a ti, a Henri y a Florian mientras lo construíais.
—A duras penas —recordó Beau, con preocupación en la voz. Miró hacia el otro lado del puente—. Bien, pues… Allá voy. Pero antes quiero hacer algo…
La envolvió entre sus brazos, y el tiempo se detuvo para Arabella.
Cerró los ojos, sintiendo su calor, el vaivén de su pecho y el latido de su corazón bajo su mano.
—Es mi última oportunidad de abrazar a la chica bestia —susurró—. La voy a echar de menos. —La sostuvo un instante más y luego se apartó, avanzando por el puente.
Caminaba con cuidado, con los brazos extendidos para mantener el equilibrio, y el paquete de panecillos de Camille apretado en una mano.
No había barandilla que lo protegiera de una caída, solo los pilotes y las delgadas tablas tendidas entre ellos.
Arabella podía oírlas crujir y chasquear bajo sus pies.
—Sigue. No te detengas —murmuró, animándolo en voz baja.
Los monstruos del foso oyeron los crujidos de la madera; sintieron las vibraciones de sus pasos. Uno a uno, emergieron, con sus rostros retorcidos en muecas de odio y sus manos huesudas arañando el aire.
Cuando una tabla gimió y se dobló de forma peligrosa, casi se le sale el corazón del pecho, pero Beau logró pasar y, milagrosamente, alcanzó la otra orilla. Puso un pie en la ribera, dejó el paquete a un lado y se giró.
Arabella vio cómo una sonrisa amplia y luminosa se extendía por su rostro.
—¡No se ha caído! ¿Puedes creerlo? ¡Vamos, Bells! ¡Cruza! —gritó, haciéndole señas.
Arabella sintió una mano tomar la suya. Miró hacia abajo. Era Esperanza.
—Ve —dijo la niña.
Fe estaba a su lado.
—Y date prisa —añadió, mirando el puente—. Ni toda la fe del mundo va a mantener esa porquería en pie.
Arabella llevó la mano de Esperanza a sus labios y la besó. Abrazó a Fe, y luego comenzó a caminar.
Los primeros pasos fueron fáciles; la superficie apenas se movía bajo sus pies.
Pero, a medida que avanzaba, las tablas empezaron a rebotar.
Tuvo que extender los brazos, como Beau, para mantener el equilibrio.
Dio unos pasos más, y una ráfaga de viento descendió, sacudiendo el puente y haciendo que se tambaleara.
Sus brazos giraron en el aire. Se detuvo, respiró hondo, recuperó el equilibrio y continuó adelante.
—¡Sigue caminando! ¡Lo estás haciendo bien! —gritó Beau.
Unos pasos más, unos metros ganados, y entonces Arabella cometió el error de mirar hacia abajo. Las oscuras aguas grises parecieron elevarse hacia ella; uno de los monstruos abrió sus fauces negras. El vértigo la golpeó, y se inclinó hacia un lado.
—¡Arabella, ey! ¡Mírame! ¡Mírame a mí! —gritó Beau.
El filo de su voz la arrancó del mareo. Fijó la vista en él, estabilizó su respiración y siguió caminando. Si miraba hacia arriba, y no hacia abajo; si mantenía los ojos en él, podría lograrlo. Dos pies más. Cinco. El corazón le brincó de alegría. Estaba cruzando el puente.
Pero su felicidad duró poco.
Justo cuando llegó a la mitad, descubrió que ya no podía avanzar. Ni un paso, ni una pulgada.
No era el vértigo de la altura ni el miedo a las criaturas que se agitaban bajo ella. Era una pared invisible, impenetrable, que bloqueaba su camino.
Arabella sintió como si su corazón hubiera desaparecido de su cuerpo y se hubiera hundido en el foso, para ser destrozado por las criaturas sin alma que lo habitaban.
Bajó la cabeza, conteniendo las lágrimas.
—Qué tonta eres —se dijo—. Tonta por haber tenido esperanza. Tonta por haber creído.
Amaba a Beau. Con todo su corazón. Pero él no la amaba. Solo lo había dicho… por lástima, quizá. O por interés. Después de todo, ¿no era un ladrón? Si de verdad la amara, la maldición se habría roto; no habría ninguna pared entre ellos.
—¡Vamos! ¡No te detengas, Arabella! ¡Sigue caminando! —gritó él.
—No puedo —respondió entre sollozos.
Así había ocurrido todas las veces anteriores. Una pared, justo a la mitad. Deteniéndola. Obligándola a volver atrás. Hacia los sirvientes desdichados. Hacia las figuras del reloj. Hacia la sombría prisión que era su vida.
—¡Claro que puedes! ¡No mires abajo, mírame a mí!
Arabella levantó el rostro.
—No ha funcionado. Nunca iba a funcionar. Pero tú lo sabías, ¿verdad?
—¿De qué hablas? ¡Ya estás a medio camino! ¡Solo sigue!
Arabella negó. Levantó las manos por encima de su cabeza y golpeó el aire frente a ella, pero sus manos no pasaron. Se detuvieron con brusquedad, golpeando con fuerza una barrera invisible.
Beau la miró, desconcertado. Dio unos pasos hacia delante.
—No… No… Quédate ahí, Arabella. Voy a buscarte. —Echó a correr de vuelta por las estrechas tablas.
Arabella las vio doblarse y crujir bajo sus pies. Un par de pilotes entrecruzados se inclinaron hacia delante, torciendo la estructura. El miedo le apretó el pecho.
Si no lo detenía ahora, los pilotes sueltos volcarían y el entablado se derrumbaría bajo él. Caería en el centro del foso, donde nadie podría ayudarlo. Las criaturas lo destrozarían.
Tenía que hacerle parar.
—¡Detente, idiota! —le gritó, apartándose del muro invisible—. ¡Vas a hacer caer todo el puente! ¡Nos matarás a los dos!
Pero Beau ya estaba a la mitad.
—¡Llegaré hasta ti! —dijo, golpeando el muro con los puños—. ¡Encontraré una forma de atravesarlo!
Arabella forzó una carcajada amarga, y palabras aún más crueles.
—No te molestes. Claro que hay una pared. Claro que no hemos roto la maldición. ¿De verdad creías que podría enamorarme de ti? No eres más que un ladrón.
Las palabras de Arabella lo atravesaron como una flecha en el corazón.
—¿Qué estás diciendo? —murmuró, aturdido y herido—. Esta no eres tú. Estás alterada…
—Oh, sí que lo soy. Lo que ves es lo que hay, Beau: una bestia, por dentro y por fuera. ¿No lo entiendes? Solo he fingido, para que construyeras el puente. Para que te fueras. ¿De qué otra manera iba a deshacerme de ti?
—Arabella…
Su nariz se arrugó.
—Vete —gruñó.
El dolor en los ojos de Beau se profundizó.
Golpeó la pared. Una y otra vez. Hasta que sus nudillos sangraron.
Luego, se dio la vuelta y se alejó. Se detuvo al llegar al otro extremo del tambaleante puente, como si fuera a volver a hablarle, pero no lo hizo.
Siguió caminando, hacia el bosque oscuro, y los árboles lo recibieron… Se cerraron tras él.
Beau desapareció.
—Eres libre —susurró Arabella.
El alivio la inundó, pero enseguida lo siguió una oleada de dolor tan ardiente que cayó de rodillas sobre el puente.
Dolor por Valmont y Percival, por Camille, por sus padres y por todos los del castillo que ansiaban ser libres de la maldición, pero nunca lo serían.
No sintió pena por sí misma. Solo un deseo profundo de que todo terminara.
Después de cien años, lo único que quería era descanso.
Del dolor. Del remordimiento. De la desesperación.
Asonperides tenía razón. Siempre la tenía. Amor la había abandonado.
Sintió una mano sobre el hombro.
—Ven, pequeña —dijo una voz hueca.
Arabella asintió y se levantó.
El relojero estaba de pie detrás de ella, delgado, y elegante con su traje negro.
La condujo de regreso a la torre del puente levadizo.
Cuando ambos estuvieron dentro, él se volvió, alzó una mano pálida e hizo un movimiento circular en el aire.
En el foso, las aguas comenzaron a agitarse.
Los monstruos se arremolinaron alrededor de los pilotes.
Algunos los empujaban, y otros los tiraban.
Algunos golpeaban sus cráneos, una y otra vez, contra la madera, hasta que los pilotes temblaron y se balancearon, las cuerdas que los sujetaban se rompieron, y se precipitaron al foso, arrastrando la pasarela con ellos.
Arabella observó cómo el relojero destruía su obra.
Miró hasta que la última tabla cayó dando vueltas al agua. Hasta que el último pilote se desplomó, y no quedó nada de lo que ella y Beau habían construido juntos.
Entonces, el relojero se giró atravesando la torre, cruzó el patio y entró en el castillo.
Solo miró hacia atrás una vez, una sola vez, antes de que las pesadas puertas de madera se cerraran con estrépito tras ella.