Setenta y siete
SETENTA Y SIETE
Es medianoche, y Arabella corre.
Bajo la pálida luna plateada, atravesando los campos blancos, hacia el bosque, persiguiendo a un ciervo.
Sus poderosas extremidades la llevan por cauces de arroyos. Sus amplias patas rompen el hielo fino como cáscara de huevo. El golpe del agua helada la hace jadear, y luego reír.
Se abre paso entre brezos y zarzas, bajo ramas de pino, junto a enormes rocas.
El aroma resinoso de los abetos, la tierra húmeda del suelo del bosque, el olor mineral de la nieve recién caída… Esos perfumes son para ella más finos que el civeta o el ámbar gris más costoso. Llaman a su sangre. La impulsan a seguir.
Allí, en el bosque, desatada y sin testigos, la bestia dentro de ella es libre de desear. De perseguir lo que quiere y tomarlo. Sin vergüenza. Sin culpa. Sin disculpas.
Hoy, cuando amanezca, se despojará de este pesado pelaje para siempre. Desterrará a su corte oscura y cruel, y no volverá a mirar sus rostros. Saldrá del castillo y cruzará ese puente.
Hoy, la maldición se romperá.
Y, sin embargo, cuando abandona el bosque con hojas en el pelaje y tierra bajo las garras, mientras el amanecer gris se alza sobre los árboles, no son los rayos del sol naciente los que la hacen parpadear.
Son sus propias lágrimas.