Setenta y seis
SETENTA Y SEIS
Asonperides observaba a Arabella y a Beau.
Estaban sentados a la mesa del comedor, con tazas y platos esparcidos por todas partes, inclinados el uno hacia el otro, revisando con fervor un nuevo dibujo que Arabella había hecho para la última sección del puente.
Asonperides ya había sido informada de la pequeña conversación que había tenido lugar, en la habitación de Beau unos días antes.
La sangre oscura que corría por sus venas hervía, al ver a otras damas de la corte —damas que habían sido desterradas a las sombras— volver a emerger: la Compasión, el Orgullo, la Vulnerabilidad.
La maldición terminaría la noche siguiente, cuando el reloj diera las doce, y el puente estaba casi terminado. ¿Y si el ladrón lograba romper la maldición? Eso significaría su fin.
«No, no ocurrirá, —se dijo Asonperides—. No puede». Sabía las condiciones de la maldición: Arabella debía aprender a amar y ser amada a cambio.
Pero la tercera hermana no había sido encontrada. Porque no estaba allí; Asonperides estaba segura de eso.
El ladrón era solo un capricho, una fantasía pasajera. Arabella no lo amaba. Era imposible.
Asonperides se inclinó hacia Paluc, que leía un libro, y susurró:
—Necesito unos minutos con él. A solas. —Asintió hacia el vaso de agua de Arabella, que estaba cerca del borde de la mesa—. Mira a ver qué puedes hacer.
Paluc se levantó y cerró su libro.
—Hace fresco esta mañana, lady Asonperides —dijo—. Iré a buscar un chal. No tardaré.
Caminó hacia la mesa, se detuvo junto a Arabella y le hizo una rápida reverencia, como era costumbre.
Sin embargo, al incorporarse y continuar su camino, tropezó.
El libro salió volando. Su cuerpo se inclinó hacia delante.
Parecía a punto de caer al suelo, pero en el último momento logró sostenerse del borde de la mesa…
y derramar el vaso de agua de Arabella en su regazo.
La joven soltó un grito cuando el agua fría le empapó la ropa.
Paluc gritó aún más fuerte y se llevó las manos a la boca.
—¡Lo siento tanto, Su Gracia! Soy tan torpe. Tan inútil. Tan mala para todo.
—Basta, lady Paluc —dijo Arabella, poniéndose de pie—. Es solo agua. —Miró a Beau—. Voy a cambiarme. No tardaré. Te veré en la torre de la puerta.
Este también se levantó. Dio un último mordisco a un panecillo y lo bajó con un trago de café. Luego, se puso la chaqueta.
Asonperides se le acercó.
—Qué afortunado que la torpe lady Paluc no haya arruinado tu dibujo. ¿Es el definitivo? —preguntó con ligereza.
—Eso esperamos —respondió Beau, observándola con desconfianza.
La mirada de Asonperides se posó en el dibujo.
—Por todos los cielos, qué puente tan estrecho —indicó—. ¿De verdad será lo bastante fuerte para sosteneros a los dos?
Beau comenzó a enrollar el dibujo.
—¿Qué está tratando de preguntarme exactamente, lady Asonperides?
Asonperides puso una mano sobre su brazo. Al contacto, la luz brillante en los hermosos ojos de Beau se apagó un poco. El color de sus mejillas se desvaneció, y su pulso, antes fuerte y vivo, se debilitó.
—Me gustaría ver este puente tan maravilloso —dijo Asonperides—. Vamos, caminemos juntos hasta él.
El chal le caía por los codos; se lo acomodó alrededor del cuello y luego entrelazó su brazo con el de Beau.
Los dos atravesaron el gran salón, salieron del castillo y cruzaron el patio cubierto de nieve.
Asonperides comentó algo sobre el viento helado y las nubes pasajeras, y predijo un día despejado y soleado, un buen día para construir.
Caminaron por la torre y, al llegar al umbral exterior, lo soltó. Sus ojos recorrieron los pilotes cruzados, dispuestos en pares a lo largo de la mitad del foso, y la pasarela estrecha.
—Debo decir que es ingenioso. Bien hecho, monsieur Beauregard —dijo, volviendo su rostro hacia él—. Conozco el plan. Mañana cruzaréis, ¿no? ¿A primera hora?
—No, al mediodía —respondió Beau—. Para que el sol derrita cualquier hielo que haya sobre las tablas.
Asonperides negó, con fingido pesar.
—Ah, mi joven amigo, tan lleno de esperanza. Crees que puedes ayudarla, pero no puedes.
—Ya la he ayudado —replicó Beau con firmeza—, y ella me ha ayudado a mí.
Los ojos de Asonperides se endurecieron como la obsidiana.
—No pienso entregarte a Arabella sin pelear. Sé quién es. Sé de lo que es capaz. Y, a pesar de eso, me importa. Soy la única a la que realmente le ha importado.
—A mí también me importa, lady Asonperides.
—¿De veras? —replicó, fijando la mirada en el otro lado del foso—. Imagina por un momento que lográis romper la maldición y devolverle su forma original. ¿Y luego qué? ¿Un final de cuento de hadas?
La mandíbula de Beau se tensó.
Asonperides lo vio y atacó donde dolía.
—No lo creo. Y tú tampoco. Oh, quizá quieras ser el caballero de brillante armadura que viene a salvar a la doncella, pero no puedes. Porque, en el fondo, sabes que no eres digno de ella. Ella es instruida, culta, refinada. De la aristocracia. ¿Y tú?
Rio con desdén y, mientras lo hacía, su rostro cambió, derritiéndose y deformándose. De pronto, ya no era Asonperides quien estaba frente a él, sino el sheriff , justo después de encerrarlo en una celda.
Beau quiso correr, pero el horror lo paralizó.
Asonperides abrió la boca, y las palabras salieron con voz de hombre.
—Una paliza es demasiado castigo para ti, muchacho.
No eres más que un ladrón… —Su rostro cambió otra vez, al del maestro de escuela—.
No hay lugar para ti en mi escuela, chico.
No eres más que un ladrón… —Y luego, el sacerdote—.
No eres bienvenido en esta iglesia santa, hijo. No eres más que un ladrón…
—N-no… No. No es verdad… —balbuceó Beau, moviendo la cabeza, pero su protesta era débil. Las palabras de Asonperides le habían drenado toda la fuerza.
—Tenían razón, ¿no es así? —susurró Asonperides, retomando su propio rostro—. En realidad, no eres más que un ladrón, Beauregard. Un chiquillo sin valor, salido de los barrios bajos. Tu cuello debería haber sido roto por una soga hace años, y no tengo duda de que pronto lo será.
Los ojos de Beau se apagaron. Sus hombros se hundieron.
Asonperides apretó su brazo con fuerza y lo acercó al borde. Un paso, luego otro, dirigiéndolo, no hacia la pasarela estrecha del puente, sino hacia la derecha, donde no había nada… salvo una caída directa al foso.
—Arabella necesita amor para romper la maldición. El amor de un buen hombre. Si de verdad te importa, sé ese buen hombre. Por una vez en tu vida, haz lo correcto. Cuando llegue mañana y cruces ese puente, déjala.
La mirada de Beau cayó al suelo, e intentó resistir la desesperanza que lo inmovilizaba.
—Tú… Tú eres…
—Tienes razón —terminó Asonperides, empujándolo un poco más hacia el borde—.
Siempre la soy. Te veo, Beau. Veo al hombre que realmente eres: astuto, retorcido, egoísta…
y sé que nunca podrás escapar de ese hombre, por mucho que lo intentes.
Es demasiado tarde. Has hecho demasiado daño. Has causado demasiado sufrimiento.
Entonces, Beau tropezó con algo y se tambaleó. Miró hacia abajo y vio un conejo muerto.
—¿Qué demonios hace eso aquí? —murmuró Asonperides, apartándolo de una patada.
Tiró del joven de nuevo; ya estaban a solo dos pasos del borde, pero, esta vez, Beau seguía mirando al conejo y no se movió.
—Vamos —lo instó ella con voz sedosa—. Solo un paso más…
Beau se resistía, forcejeando, intentando reunir los últimos restos de fuerza.
Asonperides lo había visto antes, muchas veces.
Los mortales solían hacer un último y desesperado intento por escapar antes de sucumbir ante ella.
Le recordaba a una gacela tratando de zafarse de las garras del león, o a un ratón huyendo de la sombra de un búho.
Tan nobles. Tan valientes. Tan absurdos.
Esperó a que Beau comprendiera que era inútil, que se rindiera.
Pero no lo hizo.
Enderezó la espalda y alzó la cabeza. Le costó una gran fuerza de voluntad. Pudo ver que le dolía.
El temor estremeció su encogido corazón.
Esperó, rogando en silencio que él fracasara.
En cambio, el color regresó a sus mejillas. Un fuego se encendió en sus ojos y se sacudió su toque como un perro se quita el barro.
—Tiene razón, lady Asonperides —dijo—. No valgo nada.
Pero Arabella, sí. Y ella merece más que roedores muertos, que este lugar, y que usted.
Merece una oportunidad para demostrarlo.
—Tomó el conejo, caminó hasta el borde del foso y lo arrojó a su interior—.
Si me disculpa, tengo un puente que construir —añadió, con voz dura como el granito y llena de determinación.
Asonperides retrocedió, horrorizada.
Se dio la vuelta y salió apresurada de la torre hacia el castillo. Por primera vez, vio la posibilidad de su propio fracaso, porque Asonperides había hecho algo que rara vez hacía: había cometido un error.
El ladrón era astuto.
Le había enseñado a Arabella a robar.
Y lo primero que aquella muchacha feroz había robado… fue su corazón.