Sesenta y cinco
SESENTA Y CINCO
Camille acarició la hermosa calabaza anaranjada que Gustave acababa de traerle. Luego, tomó su cuchillo grande.
—¿Qué vas a hacer con ella? —preguntó él.
—Una Charlotte, para la cena de esta noche —le explicó—. Rellena con una mousse de calabaza especiada y bordeada con bizcochos de chocolate.
—¡Umm! ¡Yo seré tu catadora! —dijo Josette, apilando cruasanes aún calientes en una bandeja para el desayuno de Arabella y Beau.
La cocina rebosaba de entusiasmo. La noticia se había esparcido por todo el castillo —gracias a Esperanza y Fe, maestras del arte de escuchar detrás de las puertas—, y sabían lo que había ocurrido en la habitación de Beau.
—Amor… —había dicho Valmont, escéptico, con las cejas fruncidas, mientras los sirvientes se agrupaban alrededor de las dos chicas.
—Sí —había respondido Esperanza.
—¿Amor, amor ? —preguntó Lucile.
—¡Sí! —exclamó Esperanza.
—¿ A-M-O-R ? —Añadió Florian.
—¡Florian, sabes deletrear! —dijo Fe, aplaudiendo con falsedad—. ¿Quieres que te enseñe otras palabras de cuatro letras?
—Entonces…, está aquí, en algún lugar. ¿Tu otra hermana? —preguntó Valmont.
—Nadie la ha visto.
—Debe de estarlo —respondió Esperanza—. Arabella se ha enamorado, ¿no?
—Todavía no la hemos encontrado —reconoció Fe.
—Pero lo haremos. Lo haremos —añadió Esperanza, como si intentara convencerlos a todos. Y a sí misma.
—¿Sabes lo que esto significa? —preguntó Percival en voz baja.
—Significa que lady Arabella cruzará el puente, y la maldición se romperá —respondió Phillipe—. Significa que viviremos.
Percival apretó el trapo de cocina que tenía en las manos hasta que se le pusieron blancos los nudillos. Miró a Phillipe.
—¿Lo recuerdas? —le preguntó—. ¿La pequeña cabaña de piedra en el bosque?
Todos la recordaban. Los dos la habían comprado con sus ahorros, con la esperanza de retirarse allí algún día.
Durante un largo instante, Phillipe no pudo responder.
—Sí —afirmó por fin, intercambiando, con Percival, una mirada de anhelo y esperanza que había tardado un siglo en gestarse.
Todos los sirvientes tenían esperanza, aunque les daba miedo. Esperaban poder salir del castillo y cruzar el puente también. Esperaban no volver a oír nunca más el tictac del reloj dorado marcando los minutos, las horas y los años de sus vidas.
Pero no todos en el castillo recibieron la noticia con alegría.
Lady Gunezarev y lady Lubijo irrumpieron en la cocina en un torbellino de gris y rojo, chillándole a los sirvientes. Una llevaba un trozo de cuerda, y la otra un par de grilletes de hierro.
—¿Dónde están? ¿Metiendo sus mugrientos dedos en la masa? ¿Robando dulces? —exigió saber Lubijo.
—Las niñas que buscan no están aquí, Sus Señorías —respondió Percival, con la voz cargada de desprecio.
Lubijo lo notó.
—Cuidado, viejo —le advirtió—. Seguimos al mando. ¿Te gustaría pasar un tiempo encerrado en la bodega? Puedo arreglarlo.
Mientras hablaba, Rémy se acercó con una bandeja de salchichas recién hechas. Estaba tan sucio como siempre, salpicado de grasa y hollín, y dejando tras de sí el aroma a salvia, tomillo y nuez moscada.
Los labios toscamente pintados de Lubijo se torcieron en una mueca, al verlo pasar. Apretó el collar de perlas que llevaba al cuello y comenzó a jadear como un gato con una bola de pelo.
—¡Dios mío, qué peste! —gritó.
Rémy se detuvo y la miró con incertidumbre.
Gunezarev se abalanzó.
—Sí, eso es. Está hablando de ti, mocoso apestoso.
El niño se estremeció. Bajo la suciedad, se pudo ver el rojo en sus mejillas.
Gunezarev observó su humillación, y sus ojos brillaron con crueldad.
—Apestas. Estás sucio y repugnante. ¿Es que no te lavas nunca?
Los ojos de Rémy se llenaron de lágrimas. Retrocedió como un cachorro al que acaban de patear.
Camille apretó con fuerza su cuchillo.
—Vamos, Rem. El chef necesita huevos —dijo Henri, interviniendo. Hizo un gesto al chico para que se acercara, tomó la bandeja y la dejó sobre la mesa de trabajo de Phillipe.
Rémy se secó los ojos con el puño.
Henri se agachó a su altura.
—El chef también necesita patatas y cebollas. ¿Puedes ayudarme a llevarlas?
Rémy asintió.
—Buen chico —indicó Henri, dándole una palmada en la espalda antes de marcharse con el niño.
—¿Contenta, lady Gunezarev? Has hecho llorar a un niño —dijo Camille.
—¿Contenta? Dios mío, no. ¡Eufórica! —respondió Gunezarev.
Camille levantó su cuchillo.
—Fuera de aquí, antes de que os saque yo misma. A pedazos.
Gunezarev jadeó.
La cabeza de Lubijo giró hacia Camille. Sus ojos de muñeca se entrecerraron y su sonrisa se ensanchó.
—Pobrecita, de verdad crees que esto es el final feliz, ¿verdad?
—dijo—. ¿El gran y glorioso «vivieron felices para siempre»?
Solo porque Esperanza y Fe corren por el castillo como dos lunáticas fugitivas.
Pero olvidas algo… Amor no está aquí. ¿Alguien la ha encontrado?
No. Sea lo que sea que Arabella y el ladrón crean sentir el uno por el otro —atracción, fascinación, deseo—, no es amor.
Camille bajó el cuchillo con tal fuerza que la calabaza se partió limpiamente en dos.
Lubijo miró las mitades crudas y anaranjadas que se mecían sobre la mesa. Sus dedos jugaron nerviosos con un botón de su vestido.
—Vamos, Gunezarev —dijo—. Estamos distrayendo al servicio.
Las dos damas salieron de la cocina y avanzaron por el pasillo hacia el gran salón, pero se detuvieron a escuchar mientras las voces de los sirvientes les llegaban desde atrás.
—No podemos rendirnos. Esperanza y Fe son fuertes —comentó Camille.
—Han sobrevivido todos estos años —añadió Percival.
—Quizá sean suficientes —dijo Josette.
Lubijo apretó el brazo de Gunezarev, exultante.
—¿Escuchas el delicioso miedo en sus voces? ¿La magnífica angustia? ¿El fantástico pavor?
Gunezarev arqueó una ceja.
—Oigo tu absurda aliteración.
Lubijo besó la mejilla grasienta de Gunezarev, dejando una mancha de carmín, y tiró de su brazo, obligándola a seguir adelante.
—Los mortales son tan idiotas —señaló—. Rompen sus propios corazones, una y otra y otra vez, y luego se quedan entre los pedazos y declaran que el amor todo lo conquista.
—Estalló en una risa chillona—. Cuatro días, Gunezarev, querida.
Solo cuatro días más. Entonces, el reloj se detendrá, el castillo se derrumbará, y nosotras ganaremos.