Setenta y cuatro
SETENTA Y CUATRO
En la pequeña habitación de Beau cayó el silencio.
Las damas dejaron de pelear y se quedaron inmóviles. Todas, excepto Esperanza, que se había unido a Fe. Le dio un codazo a su hermana y dijo:
—¡Mira! ¡Mira! Es Alegría. —Señaló a la cortesana que acababa de llegar: una mujer pelirroja, pecosa y sonriente, con curvas generosas, envueltas en un vestido color lavanda. Nadie la había visto en un siglo.
Arabella se quedó tan inmóvil como el resto de su corte. Todo lo que podía escuchar era el estrépito de su propio corazón.
¿Cómo había pasado esto? Esperanza y Fe no habían encontrado a Amor y, sin embargo, Arabella sabía que lo que sentía era real. ¿Se habría equivocado Asonperides? ¿Estaba Amor en algún lugar del castillo?
Arabella cerró los ojos, convencida de que sus damas le estaban jugando una broma cruel. Temía que, si se movía, o hablaba, o incluso respiraba, Beau negaría lo que había dicho. Que le diría que lo había oído mal. Que se reiría de ella. Pasaron unos segundos. Medio minuto.
Entonces, Beau habló de nuevo, con un tono herido en la voz.
—Por lo general, cuando alguien pone su corazón entero sobre la mesa, obtiene una respuesta. Aunque no sea la que quiere oír. Aunque…
—¿Qué has dicho? —preguntó Arabella, casi en un susurro.
Beau la miró, incrédulo.
—Perdona… ¿Te estoy aburriendo?
—No.
—¿No estabas escuchando?
—Sí… Te he escuchado. Pero no puedo… No puedo creerlo del todo… ¿Has dicho…?
—¿Qué te quiero? Sí, Arabella. Lo he dicho.
—¿A mí…?
—Sí.
—Pero… ¿estás seguro de que te refieres a mí?
—Solo quieres que lo repita.
Arabella abrió los ojos y lo miró.
—Sí, Beau. Quiero escucharlo otra vez. Más de lo que he querido cualquier cosa en toda mi triste, extraña y desastrosa vida.
Pero en sus ojos había más dolor que alegría. Era como una criatura pobre que había pasado tanto tiempo encerrada que ya no recordaba cómo era ser libre.
Beau vio su angustia. Se levantó y le sostuvo el rostro entre las manos, pasando el pulgar por su pómulo.
—Te quiero, Arabella. Lo diré mil veces, si hace falta. Si eso es lo que rompe la maldición. —Sus ojos buscaron los de ella—. ¿La hemos roto? ¿Ya se ha acabado?
Arabella negó.
—Aún no. Falta una cosa más por hacer. Cruzar el puente, desandar los años…
—Y escapar de esta prisión hecha por tus miedos —terminó Beau.
Entonces, sus labios se encontraron, y ella sintió el calor en su beso. Y el deseo. Y una promesa —una que olía a humo de leña en una noche de invierno, que sabía a un caballo veloz en un bosque peligroso, y a regresar a casa justo antes del anochecer.
—Te quiero, Arabella —confesó Beau—. Te quiero, y terminaremos el puente, y luego lo cruzaremos juntos. —Hizo una pausa y añadió con cautela—: O al menos eso creo.
—¿Crees? —repitió Arabella, con una sombra de duda empañando su recién hallada felicidad.
—Sí, creo . Estoy un poco… a la deriva, ahora mismo —dijo Beau, impotente.
—No te entiendo.
—¿Tú… me quieres?
Arabella lo miró, atónita.
—Sí, por supuesto que te quiero. ¿No lo sabes?
—Curiosamente, no. Teniendo en cuenta que has intentado matarme varias veces.
—Tenía miedo de demostrarlo. Miedo por ti, sobre todo. De que te quedaras aquí, condenado como el resto de nosotros. —Le tocó el rostro, necesitando asegurarse una y otra vez de que era real, de que esto era real—. Y miedo por mí. Miedo de que vieras mis sentimientos y te burlaras de ellos.
Beau hizo salir a todas las damas de la habitación y cerró la puerta. Luego, tomó a Arabella en sus brazos y la besó hasta que a ninguno de los dos les quedó aire.
—Pídele otra camisa a Percival —le dijo ella, separándose a regañadientes del beso—. Y toma un poco de café. Vamos a necesitarlo. Tenemos que terminar un puente.
Tras un último beso, Arabella se marchó, atravesando toda su corte en dirección a su habitación.
Desde lo más profundo del castillo, el reloj dorado dio la hora —las ocho en punto—, recordándole que el tiempo se acababa.
Que quedaban muy pocos días. Casi se dio la vuelta en ese mismo instante.
Casi corrió de regreso hacia Beau para decirle que no había escuchado la peor parte del poema del relojero —que había un final para la maldición, y que estaba muy cerca.
Él lo entendería; lo sabía.
Pero una voz pequeña y asustada dentro de ella, marcada por un siglo de tristeza, se negó a confiar en el amor. Durante tanto tiempo le habían dicho que las chicas que sentían demasiado, pensaban demasiado y hablaban demasiado, no lo merecían, que desconfiaba.
Esa voz le dijo que guardara silencio.
Le dijo que Beau podría enfadarse si lo sabía. Que podría perderlo.
Y así, Arabella cometió un terrible error: le hizo caso.