Belleza Feroz Setenta y tres
80%

Setenta y tres

SETENTA Y TRES

Beau guardaba una caja de recuerdos en su mente, llena de tesoros.

A veces la sacaba y los giraba entre sus pensamientos, como si fueran trozos de vidrio de mar o guijarros pulidos: la pequeña casa de piedra y la luz del sol colándose por las ventanas; un cuenco de clementinas sobre la mesa; el sonido de una mujer cantando.

Eran suyos, solo suyos.

Nunca se los había mostrado a nadie.

Y ahora Arabella quería verlos.

«Sería más fácil abrirme el pecho con un cuchillo y mostrarle mi corazón», pensó.

Arabella tenía los ojos llenos de lágrimas, volviéndolos dos estanques plateados y brillantes.

—Cuéntamelo —le pidió.

—El hombre había salido de una taberna, borracho. Pensé que sería una presa fácil, pero sintió el momento en que agarré la cartera, y sacó un cuchillo. Cuando todo terminó, yo estaba en el suelo con una hoja clavada en el pecho. De alguna forma, no tocó el corazón.

Beau seguía mirando al techo; Arabella también.

Ninguno vio a otra dama entrar en la habitación —una que no había caminado, libre, por los pasillos del castillo en décadas—: lady Camposino.

Alta y de complexión fuerte, llevaba un vestido azul celeste, sin ninguna joya.

Su largo cabello castaño le caía por la espalda.

Se sentó en la única silla del cuarto. Las demás damas retrocedieron al verla, como un nido de cobras que acababan de ver una mangosta.

—¿Qué pasó después? —preguntó Arabella.

—Raphael me encontró. Me recogió. Me curó.

Me salvó la vida. Cuando mejoré, me dijo que era bueno que mi rostro se hubiera salvado, porque sería su fortuna.

Me enseñó todo lo que sabía: cómo robar bolsillos y cerraduras, cómo asaltar tiendas y casas.

Trabajé en las calles de Barcelona durante años, hasta que las cosas se pusieron demasiado difíciles y nos fuimos al campo.

Allí, en España, y luego a Francia. Tenía quince años cuando empecé a trabajar como ayudante de cocina en casas de ricos.

Era alto, por lo que las sirvientas siempre pensaban que era mayor.

Unas cuantas miradas románticas, algunos besos robados, y me contaban lo que quería saber: dónde guardaban la plata, las joyas, la caja fuerte…

—Abrió los ojos y se volvió hacia ella—. Ahí lo tienes. Mi historia.

Arabella se secó las lágrimas con el puño.

—Mentiroso. No me has contado nada. Tenías solo diez años cuando robaste la cartera. ¿Por qué estabas solo? ¿Dónde estaban tus padres?

Beau inhaló fuerte. Esto era justo lo que temía: que Arabella no se detuviera, que intentara desenterrar todas las sombras que había enterrado.

—Beau… —insistió.

Él soltó el aire de golpe, y las palabras le siguieron.

—Mi madre murió al dar a luz. El bebé, una niña, murió con ella —declaró—.

Mi padre quedó destrozado y empezó a beber.

Una noche se cayó de un puente y se ahogó.

Yo tenía nueve años. Mi hermano, Matteo, tres.

No había nadie que nos cuidara, así que nos enviaron a un hospicio.

Nos separaron y nos golpeaban por cualquier motivo, o por ninguno.

Lo escuchaba, Arabella. Escuchaba a Matti gritar mientras lo azotaban.

Era tan pequeño… —La voz de Beau se quebró.

Su garganta trabajó en silencio durante un largo instante antes de poder continuar—: Una noche, fui a por él y huimos.

Lady Apen entró en la habitación, en silencio.

Las demás le hicieron señas para que se uniera a ellas, pero no quiso. Se quedó sola, descalza, con el cabello blanco cayéndole por la espalda, y las lágrimas corriéndole por las mejillas.

Gunezarev la señaló y soltó una risita.

Camposino la escuchó y negó con la cabeza. Se acercó a Gunezarev y ordenó:

—Basta.

—¿Un niño de nueve años y otro de tres, solos? —dijo Arabella—. ¿Cómo sobrevivisteis?

—Robábamos huevos de los gallineros —explicó Beau—.

Bebíamos leche directamente de las vacas en el campo.

Arrancábamos zanahorias de los huertos y manzanas de los árboles.

Dormíamos en graneros. Pero luego llegó el mal tiempo, y encontrar comida fue cada vez más difícil.

Matti siempre tenía hambre, y siempre estaba helado.

Necesitaba calor y un techo. Así que, lo llevé a un convento en el barrio viejo de la ciudad y le rogué a las monjas que lo cuidaran.

Eran pobres y dijeron que no podían, pero les prometí que pagaría su manutención.

Robé el dinero. Al principio, solo; luego, con la banda.

Me guardaba unas monedas. Raphael nunca lo supo.

—¿Dónde está Matteo ahora? Debe de tener… ¿Qué? ¿Trece años? ¿Ha dejado el convento?

—Sigue allí. Está enfermo. Tisis.

Arabella palideció al escucharlo. Sabía que quienes padecían tisis rara vez se recuperaban.

—Lo siento tanto, Beau.

—No lo sientas, Arabella. No lo sientas —dijo él con vehemencia—. Va a recuperarse. Lo hará. Voy a sacarlo de allí. Le prometí a mi madre que lo cuidaría. He roto todas las demás promesas que he hecho, pero esa no la romperé.

Se incorporó, agitado, inclinándose hacia delante con los antebrazos apoyados en las rodillas. Los rayos de la mañana se posaban sobre su rostro, marcando las nuevas sombras en sus mejillas y en las líneas tenues de su frente.

—Lloró tanto cuando me fui. A veces lo oigo. Llamándome. Rogándome que no me vaya. Nunca desaparece. Solo empeora.

—¿Qué quieres decir?

Beau la miró; sus ojos eran pozos profundos de dolor.

—Mis padres eran pobres —explicó—, pero mi madre quería más para nosotros. Vendió lo único de valor que tenía, una pequeña pulsera de oro, para pagar mi escuela. Aún la veo. En mis recuerdos, en mis sueños. Está destrozada por lo que he hecho. Por lo que soy.

—Beau, lo que te pasó a ti y a Matti no fue por tu culpa —dijo Arabella.

—Pfff… Sí que lo fue —murmuró Paluc.

Camposino la oyó.

—¿Necesito explicarte lo que significa basta ? —le preguntó.

—Solo… desearía que las cosas hubieran sido distintas —comentó Beau, roto.

Mientras hablaba, Paluc le respondió a Camposino con un insulto.

Densed abofeteó a Apen.

Apen, furiosa, tiró a Densed al suelo.

Gunezarev empujó a Diermontirem.

Entonces, estalló una pelea ensordecedora, mientras las damas luchaban por imponerse unas a otras.

Arabella, observando con angustia cómo se golpeaban entre gritos, se sintió sacudida por emociones contrarias. Por un momento, la dominó la furia. Luego, una risa histérica burbujeó en su garganta, solo para ser reemplazada al instante por una pena fría y aplastante.

—Ojalá las cosas hubieran sido distintas —comentó con un suspiro pesado—.

Eso es quedarse corta, Beau. Es el eufemismo del año.

No, del siglo. Cien largos años; impotentes, sin esperanza, sin alegría, aterradores, asfixiantes, grises y podridos.

Si al menos las cosas hubieran sido distintas.

¿Por qué no podemos volver atrás en el tiempo?

—Intentó contenerse, pero la presa se rompió, y entonces, como una riada furiosa bajando por un cauce seco, los sollozos la arrasaron por completo.

Beau, preocupado, le tomó la mano y la apretó.

Arabella le devolvió la presión, llorando. Un instante después, cuando el torrente se redujo a un hilo, bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas y, con voz temblorosa, dijo:

—Sé que no serás tú quien rompa la maldición. Sé que tú no tienes… sentimientos… Dios, esto es tan incómodo… Sé que no me quieres. Pero prometí que haría todo lo posible para sacarte de aquí, y lo decía en serio. No hay tiempo que perder. Cuanto antes te vayas, antes podrás reunirte con tu hermano.

Había una sombra en la voz de Arabella, algo que no quería ser visto. Beau la notó y se quedó pensando en ello. Habría insistido, de no ser porque él mismo luchaba por ocultar algo.

—Beau…, ¿me has oído? —preguntó ella, soltándole la mano, para ponerse de pie—. Deberíamos irnos. Hay mucho por hacer. ¿Beau? Te has quedado callado. ¿Pasa algo?

Este la miró.

—Sí, Arabella —dijo—. Pasa algo. Estás equivocada. Yo sí que te quiero.