Belleza Feroz Setenta y dos
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Setenta y dos

SETENTA Y DOS

Arabella corrió hacia el interior del castillo y subió por la escalera.

Cuando llegó a la torre, estaba sin aliento.

Se detuvo frente a la puerta de Beau, aún vestida con su camisa demasiado grande, y llamó.

Pero él no abrió.

Giró el picaporte, pero estaba cerrado.

—¿Beau? Beau, sé que estás ahí. Abre la puerta —dijo, golpeando con la palma de la mano.

No hubo respuesta.

—Estás siendo infantil, Beau.

Nada.

—¡Cobarde! —gritó, dándole una patada a la puerta.

Siempre preocupada por el reloj que seguía su curso, Arabella se dejó caer al suelo, apoyando la espalda contra la puerta, sin saber qué hacer.

Un momento después, escuchó el sonido de unos pasos apresurados. Levantó la vista y vio a Fe corriendo hacia ella.

—¿Por qué estás sentada en el suelo? —preguntó, jadeando.

Arabella le dedicó una débil sonrisa.

—Como siempre, tu hermana me ha hecho una deslumbrante promesa y me ha dejado con las manos vacías —respondió.

—¿Quieres un poco de queso con ese lamento? —dijo Fe.

—¡No estoy lamentándome! —replicó Arabella, ofendida—. Solo…

Fe la interrumpió:

—El ladrón no dejaría que una puerta cerrada lo detuviera.

—Él sabe forzar cerraduras. Yo no.

—Entonces, tienes suerte de que haya venido —indicó la pequeña. Metió la mano en el bolsillo y sacó la llave maestra.

—¿Fuiste tú quien la robó? —preguntó Arabella, indignada.

—No, exactamente. La conseguí de alguien… De alguien que la volvió a robar.

Antes de que Arabella pudiera seguir interrogándola, nuevas voces resonaron por la escalera.

—¿ Lady Arabella? ¿Estás ahí? ¿Qué te pasa? ¡Ese comportamiento no te corresponde! ¡Es un vulgar criminal!

—¡Aléjate de esa puerta! ¡Antes de que la abra y te parta la cabeza con una silla!

—Ugh…, ahí vienen —murmuró Fe. Cruzó el rellano a toda prisa y se escondió detrás de una mesa—. Puedes hacerlo. Cree en ti misma.

Arabella se irguió un poco más, animada por sus palabras.

—¿Crees en mí? —preguntó.

Fe se encogió de hombros y giró la mano de un lado a otro.

—Ehhhh… —dijo, y se agachó.

Unos segundos después, las damas de la corte de Arabella llegaron al rellano, alborotadas como un saco de ratas.

—No quiere saber nada de ti, ¿no lo ves? ¡Nadie quiere!

—Solo te besó porque le diste pena.

—Vas a hacer el ridículo.

Arabella se volvió hacia la puerta de Beau, apretando la llave entre las manos.

Intentó reunir valor para girarla, pero era imposible sentirse valiente mientras las palabras de sus damas resonaban a su alrededor.

Durante cien años, esas voces venenosas le habían susurrado al oído, pero ahora deseaba escuchar otra voz: la suya propia.

—¡Silencio! —ordenó, dándose la vuelta de golpe.

Densed retrocedió, horrorizada. Se llevó una mano al pecho.

—Una dama nunca alza la voz —reprochó—. Es vulgar y poco digno, y… y…

—Te he dicho que pares.

Densed dio un paso atrás. Parecía más pequeña.

— Lady Asonperides se enterará de esto —amenazó.

Diome le aferró el brazo con fuerza y empezó a sollozar. Densed la sacudió.

—¡Oh, deja de gimotear!

Diome rompió en llanto.

—¿Diome? ¿Eres tú la que hace todo ese ruido? —preguntó Gunezarev, que venía detrás con Paluc.

—¿Quién la ha hecho llorar? —exigió saber Gunezarev—. Has sido tú, Densed, ¿verdad? Eres una bruja.

Densed la miró de arriba abajo.

—¿Dónde has conseguido ese vestido, querida? ¿Se lo has robado a una mendiga?

Gunezarev jadeó y le lanzó un insulto.

Densed le devolvió uno peor.

Celso, Lubijo y Ari se unieron al alboroto y los gritos aumentaron.

Arabella las dejó discutir. Cuadró los hombros, se volvió, metió la llave en la cerradura, la giró y empujó la puerta.

Beau estaba tendido en la cama, con los pies en el suelo, mirando al techo.

—Estás invadiendo mi privacidad —dijo.

—Supongo que estamos empatados —respondió Arabella. Cruzó el cuarto y se dejó caer junto a él.

—No te he invitado a mi habitación, y mucho menos a tumbarte en mi cama —indicó, sin apartar la vista del techo.

Arabella giró la cabeza hacia él.

—Me he autoinvitado. Ya que es mi habitación. Y mi cama.

Mientras Beau intentaba concentrarse en el techo y Arabella lo miraba a él, ninguno de los dos escuchó cómo las damas entraban en la habitación y se colocaban como espectadoras en un círculo, ansiosas por ver correr la sangre.

Fe se escabulló tras ellas, en silencio.

Arabella estaba asustada, pero reunió su nueva reserva de esperanza y fe, y volvió a intentarlo:

—¿Cómo te hiciste esas cicatrices?

—Arabella, no quiero hablar de eso.

—Tú lo sabes todo sobre mí, Beau. Todo —remarcó—. Y yo no sé nada de ti. Exiges que comparta mis secretos, pero guardas los tuyos.

—Sabes lo que importa: que soy un ladrón.

Arabella pensó en cómo había saltado al foso para salvarla. En cómo le había enseñado a robar bolsillos. A bailar de nuevo. A reír de nuevo. Pensó en los versos del soneto que le había recitado, y en cómo la habían hecho sentirse, por primera vez en cien años, como algo más que un monstruo.

—Beauregard Armando Fernández de Navarre —dijo en voz baja—, eres mucho más que un ladrón. ¿No lo ves?

Le tomó la mano, temerosa de que él la apartara, pero no lo hizo. Entonces, volvió a preguntarle cómo se había hecho las cicatrices.

—No te rindes, ¿eh? —soltó Beau. Permaneció callado durante un largo rato, con su mirada lejos, en el pasado. Finalmente habló—: Le robé la cartera a un hombre. Me atrapó y trató de apuñalarme hasta matarme.

Arabella sintió que el corazón se le partía en pedazos.

—¿Cuándo…? —empezó, pero se le quebró la voz. Tragó saliva y volvió a intentarlo—. ¿Cuándo ocurrió? ¿Qué edad tenías?

Beau cerró los ojos.

—Diez.