Setenta y uno
SETENTA Y UNO
—Date la vuelta.
—¿De eso se trata?
—¿Eres la única a la que se le permite tener pudor?
— Touché —dijo Arabella, dándole la espalda a Beau—. Pero, de todas formas, necesito esa camisa. Ahora mismo.
Estiró la mano hacia atrás y, unos segundos después, sintió que él ponía la prenda sobre su palma. Apretándola, corrió hacia el otro lado de la torre del portón, justo a tiempo para esconderse detrás del torno.
Un instante después, comenzó su agonía. La había soportado cada noche durante un siglo, pero, aun así, la intensidad siempre la rompía.
Todo lo que era demasiado grande, demasiado fuerte —los largos huesos de sus extremidades, sus dientes, su hocico, sus poderosos músculos—, se encogía hacia dentro.
Sentía como si todo su cuerpo, cada pulgada de carne, cada tendón, vaso y nervio, estuviera siendo doblado dentro de una caja demasiado pequeña.
Contuvo sus gritos para que Beau no los escuchara, y entonces, justo cuando creyó que enloquecería de dolor, terminó.
Volvió a ser humana, comprimida y contenida.
Respiró hondo unas cuantas veces, y se enfundó la camisa de Beau.
No tenía botones, solo una abertura en forma de uve en el cuello, y se deslizó sobre su cabeza con facilidad.
Los puños le colgaban sobre las manos y el dobladillo le caía hasta los muslos.
No era cálida, pero al menos estaba cubierta.
—G-gracias —dijo, con los dientes castañeteando, cuando salió de detrás del torno.
—Deberías entrar antes de morir congelada —respondió él. Se había puesto la chaqueta. Era de cuero, suave y gastada, sin cuello.
—Tú también deberías.
—Tengo que atender el fuego.
—Te esperaré.
—No hace falta.
Arabella asintió, incómoda, sin entender nada. Un momento antes, él se había disculpado. No lo esperaba y, en lo más profundo, la había complacido que la creyera, pero ahora había vuelto a levantarse un muro entre ellos. Ni siquiera la miraba y ella no sabía la razón.
—Está bien —dijo, abrazándose para darse calor—. Te veré dentro.
Beau no respondió. Se inclinó hacia el fuego, removiendo las brasas y, al hacerlo, la parte delantera de su chaqueta se abrió, dejando al descubierto su cuello, parte del pecho y la curva de su hombro izquierdo.
Se apresuró a cerrársela de nuevo, pero no fue lo bastante rápido.
Arabella se detuvo en seco al verlo. Lo miró. No pudo evitarlo.
Beau la sorprendió observándolo. Tiró de la chaqueta, tratando de cubrirse, con el rubor subiéndole por las mejillas, y Arabella sintió que acababa de ver algo que no debía. Algo que él nunca habría mostrado por voluntad propia.
«Mira a otro lado, —le dijo una voz interior—. Mira el dibujo. Esa pila de cuerdas. El suelo. Cualquier cosa, menos a él».
Pero no lo hizo.
—Supongo que tenías razón, ¿eh? —dijo Beau con amargura—. No soy nada bello .
Arabella no respondió.
En cambio, tomó su chaqueta y, mirándolo a los ojos en busca de permiso, se la apartó de los hombros, quedando colgada en los pliegues de sus brazos.
Contuvo el aliento y, con suavidad, tocó una de las cicatrices.
—¿Todavía duelen? —Beau asintió—. ¿Qué te pasó?
Él negó con la cabeza.
—Está en el pasado y debería quedarse allí.
—Cuéntamelo.
Beau se quedó muy quieto durante un momento, y Arabella supo que luchaba consigo mismo, decidiendo si debía confiar en ella o no.
Por un segundo fugaz, vio la indecisión en sus ojos, una vulnerabilidad cruda; pero enseguida su rostro se endureció.
Se subió la chaqueta de nuevo y un segundo después ya cruzaba la torre, rumbo a la puerta.
—Beau, espera… —Este se detuvo, pero no se volvió—. Gustave prepara un ungüento que alivia el dolor. Podría ayudarte.
—No necesito el ungüento de Gustave. Lo único que necesito es salir de aquí.
Cuando se marchó de la caseta, sus pasos sonaron definitivos, irrevocables, como el portazo de una celda. Arabella lo miró alejarse, temiendo haber ido demasiado lejos, haberlo empujado demasiado. Temiendo que fuera el final.
Hasta que una niña entró en la caseta y, con una voz pequeña y tranquila, dijo:
—No dejes que lo sea.
Arabella la miró. Era la primera vez que estaban solas en mucho tiempo.
—Ve con él. Date prisa. El reloj se está acabando.
Arabella negó.
—Me odia.
—Se odia a sí mismo —dijo Esperanza—. Tenéis mucho en común.
—Ya estás otra vez… Prometes tanto.
—Yo doy posibilidades. Convertirlas en certezas es tu tarea.
Arabella se quedó de pie, mirando con temor hacia el arco.
Entonces, Esperanza le dio un pequeño empujón.
Fue todo lo que necesitó.
Siguió adelante, atravesó el arco y salió al patio, con sus pasos acelerándose hasta que empezó a correr.