Setenta y ocho
SETENTA Y OCHO
Era la última vez.
La última vez que Beau caminaría entre las sombras. La última vez que se colaría en la casa de otra persona. La última vez que forzaría una cerradura.
De ahora en adelante, sería un hombre mejor. Por Arabella. Y por Matti.
—Lo juro —susurró.
Pero primero debían romper la maldición.
Hoy.
Arabella se había exigido a sí misma, y a todos los de a su alrededor, sin piedad, intentando terminar el puente.
Cuando Beau le había preguntado por qué estaba tan ansiosa, ella había murmurado algo sobre tormentas de nieve.
Habían trabajado duro, y casi lo habían terminado entrada la noche, pero entonces llegó la medianoche y, con ella, la bestia, obligándolos a entrar al castillo.
Beau también había estado tenso el día de ayer, aunque por otra razón: Asonperides.
Ella quería detenerlos. Había intentado matarlo dos días antes, y no dudaba de que lo intentaría de nuevo.
Por eso, ahora se movía tan sigilosamente por el castillo, justo después del amanecer. Había decidido evitarla.
Estaba sucio, sudoroso y con los ojos enrojecidos por el cansancio.
Había salido de su habitación poco después de medianoche y había regresado a escondidas para terminar el puente, con las palabras de Asonperides resonando en su cabeza: «No renunciaré a Arabella. No, sin pelear».
La creía.
Asonperides no era de las que bromeaban.
Las piezas de la cerradura cedieron. El dios de los ladrones estaba con él.
Abrió la puerta apenas un resquicio, rezando para que las bisagras no chirriaran, y se deslizó dentro, para cerrarla tras de sí.
Una sonrisa se dibujó en su rostro al verla, bañada por la pálida luz de la mañana. Estaba tendida boca abajo en su enorme cama, con la cabeza colgando de un lado, los brazos extendidos hacia el suelo, las piernas enredadas en las sábanas y un pie descalzo sobre una almohada.
Avanzó hacia ella, esquivando las huellas embarradas en el suelo, las hojas muertas, y la ardilla medio devorada.
Tenía que despertarla.
Debían irse, antes de que el castillo despertara. Antes de que Asonperides pudiera cumplir su amenaza.
Sin embargo, tenía que ser cuidadoso. Si la asustaba, si gritaba, Asonperides, Gunezarev y el resto de los espectros acudirían de inmediato.
—Arabella… —susurró.
Nada.
—Arabella, despierta.
Un gruñido. Luego, un ronquido.
Beau miró nervioso hacia la puerta.
—Vamos, Arabella… —Cruzó la habitación en silencio y le hizo cosquillas en la planta del pie.
—Erf. Blerg. Jajaja.
—¡Arabella!
La joven se incorporó y se volvió hacia él. Sus ojos se abrieron de par en par. Inhaló profundamente, lista para gritar a pleno pulmón.
—¡Shhh! —susurró Beau, cubriéndole la boca con la mano—. ¡Soy yo!
Arabella apartó su mano de un manotazo.
—¿Qué estás haciendo? —le espetó entre dientes—. ¡Me has dado un susto de muerte!
—Tenemos que irnos. Ahora mismo.
—Eso va a ser difícil —respondió adormecida—, dado que el puente no está terminado.
—Sí lo está. Lo he terminado. He trabajado toda la noche.
He colocado las últimas tablas, justo antes del amanecer.
No quería que nadie lo supiera. No quería que Asonperides se enterara.
Va a intentar detenernos, Arabella. Lo sé.
Hace unos días le mentí. Le dije que partiríamos al mediodía.
No espera que nos vayamos ahora. Y, por eso mismo, lo haremos.
Arabella se incorporó en la cama, parpadeando, mientras recuperaba la lucidez. El cuello de su camisón se había deslizado sobre un hombro. Su cabello caía suelto por la espalda. Tenía las mejillas encendidas.
Beau no podía apartar la mirada de ella.
Ella lo notó.
—¿Quieres besarme tanto como yo quiero besarte? —preguntó.
—Más, pero si lo hago, nunca saldremos de esta habitación.
—Entonces, al llegar al otro lado.
—Sí, al llegar al otro lado. Cien veces, espero. Pero ahora tienes que vestirte. Rápido, Arabella.
Esta entró en su vestidor, pero casi de inmediato sacó la cabeza.
—Beau, ¿qué me pongo? —le preguntó—. ¿Qué haremos cuando lleguemos al otro lado?
Habían estado tan ocupados construyendo el puente que ninguno había pensado en lo que vendría después de cruzarlo.
—Tengo que ir a Barcelona, con Matti —respondió Beau—. Pero volveré a por ti, Arabella. Te lo juro.
—Voy contigo.
—No puedes —dijo Beau—. Es un viaje largo y duro, cruzando las montañas en invierno.
—Le hablas a una chica que pasa sus noches fuera, en la nieve, y desayuna roedores. Puedo con las montañas.
Beau quiso protestar, pero vio la determinación en sus ojos y supo que perdería esa discusión.
También vio algo más allí: bondad. Arabella entendía lo que su hermano pequeño significaba para él, y quería ayudarlo a reunirse con él.
No había conocido la bondad en mucho tiempo, y tuvo que tragar saliva antes de decir:
—Gracias.
Arabella se vistió con rapidez con ropa abrigada y botas de cuero, guardó unas monedas de oro en una pequeña bolsa y, unos instantes después, salían sigilosamente de sus aposentos, tomados de la mano.
—Conozco un atajo —dijo ella, guiándolo.
Beau la siguió, alerta y tenso, con los ojos recorriendo los pasillos. No tenían que ir muy lejos, y no había motivo para pensar que no lo lograrían. Nadie esperaría que estuvieran despiertos tan temprano. Las damas de la corte todavía dormirían.
Y, sin embargo, Beau sabía que no debía subestimar a Asonperides.
Era como una víbora bajo hojas muertas.
Un escorpión.
Una araña venenosa.
Algo que no ves venir…, hasta que es demasiado tarde.