Sesenta y nueve
SESENTA Y NUEVE
Beau no tenía intención de quedarse dormido.
No habría pasado, si no se hubiera exigido tanto. Si no hubiera estado tan cansado. Y hambriento. Y helado. Y terco.
Se había sentado junto al pequeño fuego que había encendido en el suelo del arco de la puerta y se había recostado contra la pared, pensando cerrar los ojos solo unos minutos.
Dos horas después, había caído tan hondo en el pozo negro del sueño que no oyó las campanadas del reloj dorado que llegaban, atravesando el patio, cuando marcaron la hora: medianoche.
Un suave y seco crujido lo despertó. El sonido de pasos sobre hojas muertas.
Sus ojos se abrieron de golpe y el instinto se impuso.
Al instante, estuvo en alerta; cada sentido punzando, lleno de alarma.
Miró alrededor, pero no vio a nadie. ¿Acaso se había imaginado el ruido?
El fuego se había apagado; solo quedaban unas brasas.
Había pasado tiempo… ¿Cuánto? Sus ojos se fijaron en el arco.
La nieve barría la oscuridad. Un vuelco en el estómago le avisó de que era demasiado tarde.
Debería haberse ido de allí hacía horas.
Debería haberse dirigido a la seguridad de las caballerizas y cerrado la puerta.
«Cálmate, mocoso, —se dijo en silencio—. No hay nadie aquí, aparte de ti».
Entonces, vio el brillo de las brasas reflejado en un par de ojos plateados y comprendió que estaba equivocado. Ella estaba allí, al otro lado del arco, agazapada en las sombras.
Por una fracción de segundo pensó en salir corriendo, pero supo que nunca sería capaz de dejarla atrás.
Sus ojos miraron a su alrededor, rastreando en busca de algo que pudiera usar como arma. Pero el martillo… La sierra… Las tablas… Estaban demasiado lejos. Ni siquiera pensó en gritar pidiendo ayuda. Era inútil. Nadie lo oiría.
Estaba solo con la bestia.
Totalmente indefenso.