Sesenta y ocho
SESENTA Y OCHO
—Pronto oscurecerá.
Beau dejó de serrar y levantó la vista. Camille estaba allí, envuelta en su capa azul, con el asa de una cesta de mimbre colgando del brazo.
—Te he traído la cena.
—Gracias —dijo, volviendo al trabajo.
Florian y Henri habían regresado al castillo hacía una hora, pero Beau no había vuelto desde que esa mañana había descubierto la verdad sobre Arabella.
No quería verla, y esta debía de sentir lo mismo, porque ella tampoco se había acercado a la torre del portón, enviándole mensajes y consejos a través de Valmont.
Había trabajado sin descanso, deteniéndose solo para beber agua o comer el bocadillo que Rémy le había llevado al mediodía.
El esfuerzo y sus heridas le pasaban factura: el cansancio le marcaba sombras bajo los ojos y el dolor se grababa en su frente, pero se negaba a descansar.
Descansar no lo llevaría al otro lado del foso. No lo acercaría a Matti.
Ari le hacía compañía en ese momento, entretenida lanzando piedras a los monstruos del foso.
A Beau no le molestaba tenerla cerca; estaba demasiado consumido por la rabia.
Rabia contra Asonperides y su corte grotesca.
Contra Valmont, Percival y los demás sirvientes.
Contra Arabella. Pero, sobre todo, contra sí mismo, por haber creído cosas en las que no debía creer.
Por haber deseado cosas que no debía desear.
Había sido un tonto al pensar que Arabella podría preocuparse por él.
Una vez había conocido el amor. Hacía mucho tiempo. Olía a romero y clementinas. Sabía tan dulce como los pastelitos de San Juan. Se sentía tan cálido como el sol de Cataluña. Perderlo lo había vuelto una criatura salvaje: solitaria, desconfiada, y siempre alerta ante las trampas.
Y así seguiría siendo.
—Te he preparado un plato de pollo —dijo Camille, intentando entablar conversación—. Con patatas asadas, salsa, panecillos…
Beau iba a pedirle que dejara la cesta y se fuera cuando Ari, cuando esta se dio la vuelta con brusquedad y olfateó el aire. Soltó la piedra que tenía en la mano y salió corriendo de la caseta, con la expresión de quien acaba de oler un cadáver de una semana.
Camille la vio marcharse.
—Odia el olor del pollo asado. Todas lo odian —explicó y se volvió hacia Beau—. ¿El trabajo va bien?
—Ya casi termino —respondió el joven—. Debería estar listo en unos días.
—Ajá —murmuró Camille, bajando la cabeza.
—¿Pasa algo? —preguntó Beau, observándola.
Camille dejó la cesta en el suelo. Sus ojos brillaban, llenos de emoción.
—No te importa nadie, ¿verdad? Excepto tú mismo.
—¿Qué? ¿De dónde ha venido eso? —replicó Beau, echándose hacia atrás.
—La amas.
—¿A quién?
—Oh, por favor.
—No sé de qué hablas.
—¿Por qué estás tan enfadado?
—¿Tal vez porque me ha encerrado aquí?
Camille soltó un bufido de disgusto.
—Ella no te ha encerrado. Ya te lo ha dicho.
—No la creo.
—Pues deberías, porque no lo hizo.
—Ah, ¿no? Entonces, ¿quién lo hizo?
—Yo —confesó Camille.
Beau soltó una carcajada incrédula.
Camille alzó la barbilla y cruzó los brazos.
—Una noche, le robé la llave a Percival de su habitación, mientras se bañaba.
Abrí la puerta de la torre y devolví la llave antes de que terminara.
Más tarde, esa noche, saqué el caballo de labranza del establo, lo até al torno y levanté el rastrillo.
Unas horas después, tú y tus amigos entrasteis en el patio.
Beau la observó con atención y dejó la sierra a un lado.
—No me estás mintiendo, ¿verdad?
Camille negó.
—Maldita sea, Camille, ¿por qué? —exigió saber.
—¡Porque mi hija pequeña es una figura de reloj y mi marido también! —gritó Camille en respuesta—. ¡Porque quiero recuperarlos! ¿Es suficiente razón para ti?
La mirada de Camille —una mezcla de dolor, rabia y miedo— era tan cruda que Beau tuvo que apartar la vista.
—Lo siento, de verdad. Pero no puedo fingir…
—No estás fingiendo. La amas, pero no lo admitirás, porque eres un lobo solitario, ¿verdad? El amor es para los tontos, y tú no eres ningún tonto. Eres demasiado duro, demasiado listo. —Le dedicó una sonrisa empapada en vinagre—. Tengo noticias para ti: no eres duro. Eres un cobarde.
Beau levantó las manos.
—Espera, Camille…
Pero la mujer no se detuvo.
—Crees que el amor es para los débiles, pero te equivocas. El amor es para los más fuertes. Los más valientes. Los más fieros. —Alzó la vista hacia el techo de la torre durante un momento, parpadeando—. Cuando tenía once años, mi madre enfermó. Cáncer.
—Eso es terrible, yo…
—Cállate y escucha —dijo ella—. La enfermedad era un monstruo con cuchillos por dientes, y la devoró.
Dios mío, cómo gritaba. Y cuando la garganta le dolía demasiado para gritar, golpeaba la cabeza contra la pared hasta que la sangre corría por el yeso.
Maldijo a mi padre, un hombre bueno y gentil.
Lo llamó con nombres que me avergonzaría repetir.
Todo, porque no podía detener el dolor. Nada de lo que tenía, ni el brandi , ni el vino, podía ayudarla.
—Camille tragó saliva y siguió hablando—.
Mi padre no era médico; no sabía qué hacer.
A veces metía la pata y empeoraba las cosas, y entonces se cubría el rostro con las manos y lloraba.
Lo intentó con todas sus fuerzas. Le ponía hielo en los labios resecos.
Le besaba las manos. La sostenía y le cantaba nanas…
—Su voz tembló—. Y al final, cuando sus ojos eran dos pozos negros y su cara solo un cráneo cubierto de piel, le dijo que era hermosa, la mujer más hermosa que había visto.
Le dijo lo feliz que lo había hecho. Lo orgulloso que estaba de ser su esposo.
Le prometió que cuidaría de nosotras y le pidió que no se preocupara.
Estaba muerto de miedo, furioso, perdido y con el corazón roto, pero sonrió, le besó la mejilla y le dijo que estaba bien, que podía irse.
—Las lágrimas rodaron por el rostro de Camille—.
Eso… Eso, Beau, es amor. —Se secó el rostro con las palmas y salió de allí apresurada.
—Camille, espera… —dijo Beau, yendo tras ella.
Pero ya se había ido.
Lo lamentaba. Lo lamentaba por Camille. Por su madre y su padre. Por su hija y su esposo, y por todos los que estaban atrapados dentro del reloj.
Pero ella se equivocaba.
Él no podía ayudarlos. No podía romper la maldición.
También se sentía culpable.
El remordimiento se le incrustó en los huesos como una enfermedad, mientras recordaba lo horrible que había sido con Arabella. No la había creído cuando le dijo que no lo había atrapado. Le había gritado, la había acusado de algo que no había hecho… y luego se había marchado furioso.
Beau se apartó del arco y volvió al trabajo.
Habría otros. Construiría ese puente. Por sí mismo, sí, pero también por ellos.
Así podría ayudar a Camille y a su familia, a Valmont, a Percival…
A todos. Así repararía el daño hecho a Arabella.
Otros hombres cruzarían el puente, y uno de ellos se enamoraría de ella.
Tomó de nuevo la sierra. Tenía las manos azules por el frío y le dolía todo el cuerpo.
Aún quedaba tanto por hacer. Tendría que colocar la tabla sobre pilotes que se tambaleaban.
Tendría que enfrentarse a los monstruos del foso mientras lo hacía.
Y luego, si el puente aguantaba, si lograba llegar al otro lado, tendría que desafiar tormentas y lobos al cruzar las montañas.
Pero lo haría.
Enfrentaría a todos esos monstruos, y a más, antes que enfrentarse a una sola cosa: a su traidor y pérfido corazón.