Sesenta y seis
SESENTA Y SEIS
—¿Por qué demonios has hecho eso? —le gritó Fe a Arabella.
Pero la joven, todavía de pie junto al espejo, no le respondió.
Densed se acercó a Fe y la miró de arriba abajo.
—Podría atraparte y encerrarte yo misma. Eres muy pequeña.
—También lo es una granada, hermana. Muévete —replicó Fe, levantando de nuevo su daga.
Densed se apartó con torpeza y Fe avanzó hacia Arabella.
—¡Has interrumpido al relojero antes de que pudiera terminar su hechizo! —gritó—. ¡Evitaste que Beau escuchara la parte más importante! ¿Se te ha olvidado lo que pasa? Espera, te lo recordaré.
Tomó una servilleta de la bandeja del desayuno y limpió la tinta del espejo.
El relojero seguía visible en el cristal y, mientras lo observaban, pronunció unos últimos versos:
Ya no tendrás la eternidad, el reloj contará un siglo más.
En cien años, la maldición se irá.
Apresúrate, no te duermas.
O adiós, mis amigos, os iréis en paz.
—Ese siglo ya casi ha terminado, Arabella —le recordó Fe cuando la imagen en el espejo se desvaneció—.
Solo te quedan unos pocos días. Cinco, para ser exacta.
Sabes lo que eso significa, ¿verdad? Si no rompes la maldición en los próximos cinco días, morirás.
—Señaló a los sirvientes—. Ellos morirán.
—Gesticuló hacia Esperanza y las damas de compañía—. Moriremos todas.
Apenas terminó de hablar, se oyó un golpeteo lejano. Era el eco de martillazos que llegaba desde la torre del portón hasta las ventanas de la habitación.
Fe tomó la mano de Esperanza y se dirigió hacia la cocina.
—¿Adónde vais? —preguntó Arabella.
—A decírselo —respondió Fe por encima del hombro.
—¡No! ¡Os lo prohíbo! —gritó Arabella—. Ya habéis oído lo que ha dicho.
No me ama. De hecho, me odia, y no seré la causa de otra muerte.
Todavía tiene una oportunidad de escapar, de vivir.
Si supiera la verdad, podría intentar quedarse…
Intentar romper la maldición por compasión hacia nosotras.
Pero, si sigue aquí cuando el reloj marque la medianoche del quinto día, morirá.
Los martillazos se hicieron más fuertes. Cada golpe era como un clavo hundiéndose en su corazón.
Asonperides se acercó a Arabella y le tomó de la mano.
—El puente que has empezado es asombroso, pequeña —dijo—.
Una maravilla, construida solo con restos y con ingenio.
A veces los puentes son cosas buenas, pero también son estructuras peligrosas.
Muy a menudo se derrumban. Las murallas son mejores, en mi experiencia.
Tan amplias y fuertes. Tan impenetrables.
Tan seguras. —Posó una mano marchita en la espalda de Arabella—.
Sé que sientes algo por el ladrón. No cedas a esos sentimientos.
Solo terminará mal. Siempre has sido una chica egoísta.
Así arruinaste tu vida y la de todos los demás.
No arruines también la de él. Por una vez en tu vida, sé tu mejor versión. Si de verdad amas al ladrón, déjalo ir.
Habría seguido hablando, pero, justo en ese momento, un cruasán cubierto de mermelada de fresa le dio de lleno en la parte trasera de la cabeza. Se quedó pegado un instante y luego cayó al suelo con un chof espeso y húmedo.
Asonperides se volvió furiosa. Allí estaba Fe, con los brazos cruzados y una sonrisa desafiante.
—¡Tú lo has lanzado! —Gruñó Asonperides—. ¡Cómo te atreves!
—Hablas demasiado, bocazas —replicó Fe, y miró a Arabella—. Esta es tu última oportunidad. Lo sabes, ¿verdad?
Esperanza tomó las manos de Arabella.
—Beau debe saber la verdad —insistió.
Una fiereza renació en la mirada de Arabella; la clavó en Esperanza.
—Si le dices una sola palabra, me arrojaré al foso. Lo juro.
—Pero estarías matándote a ti misma —dijo la niña.
Arabella asintió y se soltó.
—Mejor aún, te mataría a ti. Sin dolor. Sin sufrimiento. Sin Esperanza.
Esperanza tragó saliva.
—¿Tanto me odias?
—No tienes ni idea.
—¿Por qué?
—Porque eres cruel. Más cruel que todos estos monstruos juntos —dijo, señalando a su corte—. Me hiciste creer. Una y otra vez. Me hiciste creer que existían cosas como el perdón, la redención, el amor… Incluso para mí. Me hiciste creer que había una salida.
—La hay —insistió la pequeña.
—Ah, ¿sí? —intervino Asonperides con ironía—. Dime, niña, ¿ya has encontrado a tu otra hermana?
Fe le lanzó una mirada de advertencia a Esperanza. Fue rápida y discreta, pero Asonperides la vio.
—Eso pensaba —comentó con una sonrisa cargada de veneno—. El Amor fue la única de vosotras con suficiente sentido común para marcharse de este lugar.
—Quiero vuestra palabra de que no le diréis nada más sobre la maldición. La de ambas —exigió Arabella.
Esperanza parecía a punto de protestar, pero Fe la agarró y la arrastró hacia la puerta, aún empuñando su daga. Gunezarev, Paluc y Celso se acercaban con sigilo, intentando rodearlas.
—Tienes nuestra palabra —dijo Esperanza mientras Fe tiraba de su brazo.
Las dos salieron corriendo de la habitación, cerraron la puerta de un golpe y la aseguraron con la llave maestra.
—Eso las retrasará un poco y nos dará tiempo para escondernos —indicó Esperanza, arrastrando a su hermana por el gran salón hacia la escalera principal.
—Lo hemos arruinado —dijo Fe, guardando su daga en la vaina—. Estamos todas condenadas.
—¡Ni hablar! Lo que acaba de pasar ha sido maravilloso. ¡El mejor resultado posible! —respondió Esperanza.
Fe la miró, parpadeando.
—¿Has perdido la cabeza?
—Piénsalo… Arabella se ha traicionado a sí misma. Nos ha mostrado lo que siente, en realidad. No quiere que le pase nada al ladrón. Prefiere que él se vaya y morir, antes que dejar que se quede y que él muera.
Fe lo pensó un momento.
—¿Crees que de verdad le importa?
Esperanza asintió.
—Sí. Antes, habría hecho o dicho cualquier cosa para que un pretendiente se enamorara de ella. Para romper la maldición. Para salvar su pellejo. Pero nunca los había amado, no de verdad.
Fe sonrió.
—Creo que podemos trabajar con eso.
—Podemos, pero necesitamos la ayuda de Amor. Tenemos que encontrarla, y no tenemos mucho tiempo —señaló Esperanza mientras subían las escaleras.
El brillo de Fe se apagó.
—Ya hemos buscado por todas partes. ¿Y si Asonperides tiene razón? ¿Y si de verdad se fue?
Esperanza la interrumpió:
—Está aquí. Puedo sentirla. —La miró con firmeza—. No pierdas la fe.