Belleza Feroz Sesenta y cinco
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Sesenta y cinco

SESENTA Y CINCO

Beau se tambaleó.

Se sentía como si lo hubiera atropellado una carreta desbocada y lo hubieran dado por muerto.

—Dejar el rastrillo alzado no fue un accidente. No fue un error —dijo con voz hueca—. Me has atrapado aquí a propósito.

—¡No, Beau, eso no es verdad! —replicó Arabella con vehemencia.

Pero Beau apenas escuchó su negación.

—Ordenaste que subieran el rastrillo, como un cazador colocando una trampa.

Pusiste un banquete en el gran salón, como si estuvieras dejando un cebo.

¿Y nosotros? —Rio con amargura—. Raphael, Antonio, todos los demás…

fuimos los conejos idiotas que saltaron dentro.

Y yo soy el más idiota de todos. Se suponía que debía salvarte, ¿verdad? Enamorarme de ti y romper la maldición.

—Yo no lo hice —protestó Arabella, con la voz quebrada—. Te lo juro, no fui yo.

Beau negó, ahora furioso. ¿Por qué había confiado en ella? ¿Por qué la había dejado entrar en su corazón? Debería haberlo sabido. No era diferente de las otras mujeres que lo habían usado. Mujeres que solo veían en él una cara bonita, una distracción pasajera.

—Entonces, ¿quién lo hizo? —preguntó—. ¿Tus sirvientes?

Por favor. Por alguna razón, son leales a ti como leones.

—El dolor de su traición le robó las palabras, y tardó un momento antes de que pudiera volver a hablar—.

Parece que tú también eres una ladrona, Arabella —concluyó—.

Pero tú me has robado más de lo que yo jamás he robado.

Esperanza dio un paso adelante. Apartó a Lubijo de la cama y la alejó de Beau, para mirarlo con ojos suplicantes.

—No. No me mires así —le dijo este—. Ella no es mi problema. Nadie en esta maldita casa lo es.

Entonces, apartó las mantas, bajó las piernas del lecho y se puso de pie.

El dobladillo de su camisa le caía hasta los muslos.

Una constelación de marcas de mordidas de lobo salpicaba una de sus pantorrillas.

Feas costuras atravesaban las heridas que las garras de Arabella le habían hecho en un antebrazo.

Un gemido de dolor escapó de él, cuando sus piernas soportaron su peso.

—¿Qué estás haciendo? —gritó Arabella—. ¡Acuéstate o te arrancarás los puntos! —Se volvió hacia Lubijo—. ¡Llama a Valmont!

Beau la ignoró.

—¿Dónde está mi chaqueta? ¿Y mis calzones? —exigió, mientras Lubijo tiraba frenéticamente del cordón de la campanilla.

—Los están arreglando. Estaban rotos y manchados de sangre —explicó Arabella—. Percival encontró algo de ropa vieja para que te pongas.

—¿Dónde están?

Arabella vaciló, pero, al ver que estaba decidido, señaló una pila de ropa doblada sobre una cómoda.

Luchando contra el mareo, se vistió con rapidez. Se calzó las botas, aliviado al ver que el cuero de una de ellas solo tenía una perforación, y no un desgarro.

Valmont entró justo cuando él se abotonaba la chaqueta.

—¿Sí, Su Gracia? —preguntó Valmont.

—Por favor, Valmont, dile que no debería levantarse. Hazle entrar en razón —suplicó Arabella.

Beau, ya completamente vestido, se dirigía a la puerta, pero el hombre se interpuso, listo para obligarlo a regresar a la cama.

—Quítate de mi camino —dijo Beau, apartándolo—.

No voy a volver a la cama, y no vas a encerrarme.

Ni hoy, ni esta noche, ni nunca más. Si todavía te preocupa que te asesine mientras duermes, entonces puedes dejarme fuera.

—Lanzó una mirada desdeñosa alrededor de la habitación, hacia la corte y los sirvientes—.

Todos vosotros sois tan culpables como vuestra señora.

Todos lo sabíais, pero ninguno me dijo la verdad.

Ni uno solo. —Y se fue, dejándolos a todos ahí, observando cómo se marchaba.

Pocos minutos después, estaba fuera del castillo.

El día era claro, pero brutalmente frío. Avanzó, con lentitud, hacia la torre de la puerta, con paso rígido y vacilante. La ira todavía ardía por su sangre.

Una ráfaga de viento levantó hojas muertas a su paso. Sonaban como fantasmas murmurando al rozar los adoquines.

Desde lo más profundo de su mente, surgió un recuerdo de años atrás.

Estaba en el extremo de un mercado navideño, en una plaza abarrotada, observando a los compradores.

Tenían las mejillas rojas y reían. Estaban bien abrigados, bien alimentados, comprando regalos para sus familias y amigos.

Las parejas caminaban del brazo. Los padres tomaban de la mano a sus hijos.

Mientras Beau los observaba, algo oscuro se desplegó dentro de él. Se frotó las manos para calentarlas y luego se deslizó entre la multitud como un tiburón entre arenques.

Cuando regresó al escondite de los ladrones, se acercó a Raphael, que estaba junto al fuego, y vació su botín.

Sacó carteras de billetes y monedas, relojes, anillos, pulseras, tabaqueras, cajitas, incluso algunos botones de plata, y los dejó caer en el regazo del Señor de los Ladrones.

Tardó cinco minutos en vaciar todos sus bolsillos: los del pantalón, los del abrigo, e incluso los de las botas.

Los ojos de Raphael se iluminaron de asombro al ver el botín que Beau había traído. Estaba tan complacido, tan orgulloso de su protegido, que le dio una moneda de oro brillante para que se la quedara.

Pero Beau la devolvió. No la quería.

Raphael no lo entendió; ninguno de los ladrones lo hizo.

Beau no había robado monedas ni relojes de bolsillo. Había robado sus sonrisas, su felicidad. Había intentado arrebatarles el amor que había entre ellos. Si él no podía tenerlo, ¿por qué deberían poseerlo los demás?

Al entrar ahora en la torre del portón, el recuerdo se desvaneció.

No podía esperar a marcharse de allí.

Qué idiota había sido, fingiendo ser un constructor. Fingiendo ser un noble. Un amante.

No era más que un ladrón. Eso era todo lo que era. Todo lo que sería jamás. ¿Acaso no se lo había dicho el mundo entero?

Tomó un martillo, apretó los dientes ante el dolor de sus heridas y se puso a trabajar. Tenía un puente que construir. No era el maldito salvador de nadie.