Sesenta y cuatro
SESENTA Y CUATRO
Arabella, completamente expuesta, habló:
—Basta, ladrón. Ya tienes mi historia, y tus respuestas.
Lubijo, incapaz de contenerse, cruzó la habitación a toda prisa y se dejó caer junto a Beau con un plof.
—¿Puedes imaginarte la culpa? ¿La vergüenza? —susurró con deleite.
Arabella cerró los ojos. Su mano se aferró a la bata con los dedos, enredándose en la tela. Su pecho se estremeció, como si alguien acabara de clavarle un cuchillo.
Paluc se encargó de retorcerlo.
—Todas esas personas atrapadas como insectos en ámbar… Creo que son capaces de ver. Creo que sienten. Imagina estar inmovilizado en un cuerpo mecánico, completamente consciente, pero sin poder moverte ni hablar.
Celso apartó a Paluc con el codo.
—Al principio, Arabella soportó todo con entereza —le contó a Beau—.
Tenía esperanza. Después de todo, el relojero dijo que la maldición podía romperse si aprendía a amar.
Cada vez que un hombre cruzaba el puente levadizo, cada vez que entraba al castillo, ella esperaba que fuera su pretendiente.
Pero todos se iban en cuanto descubrían a la verdadera Arabella.
¿Y quién podría culparlos? ¿Quién podría amar a una bestia?
Hizo todo lo posible por recuperarse, por seguir adelante, por no perder la esperanza ni la fe.
Pero, tras fracasar una y otra vez en encontrar el amor, tras ver sufrir a los que la rodeaban, sabiendo todo el tiempo que era ella quien causaba ese sufrimiento…
Bueno, fue demasiado. La esperanza dejó de consolarla, y se convirtió en un tormento.
—Así que Asonperides me encerró —dijo Esperanza—. A mí y a mis hermanas.
—Y cuando nosotras desaparecimos, Arabella se rindió —añadió Fe—. Bajó la reja del puente, y ahí ha permanecido desde entonces.
—Hasta ahora —indicó Lubijo, dando palmadas como una niña—. Hasta que llegaste tú.
—¿Ahora? ¿Yo? —dijo Beau—. No… No entiendo.
—Oh, ¿no? —replicó Lubijo con una sonrisa macabra.
Entonces, lo entendió. La comprensión lo golpeó tan fuerte y visceral, que sintió náuseas.
—Poooooorque… —lo incitó Lubijo, dándole un codazo en las costillas.
—Porque —dijo Beau, en un susurro apenas audible—, yo soy el último pretendiente.