Sesenta y tres
SESENTA Y TRES
—Has ido demasiado lejos, lady Asonperides —dice el relojero—. Una vez más.
Arabella se levanta y tropieza hacia él.
—¡Ayúdenos! ¡Deshaga esta maldición, se lo ruego!
El relojero toma sus manos entre las de él. Sus labios se abren y también pronuncia un encantamiento, pero es demasiado poco, demasiado tarde:
Hija, ¿qué has invocado?
Temo que a un demonio llamado
Desesperación.
Una criatura sin corazón, terrible y oscura
cuyas manos encenderán tu pira.
No puedo detener lo que ha comenzado,
ni revertir lo que ya está hechizado.
Pero algunas cosas aún puedo corregir:
una bestia serás, pero solo a medianoche.
Las almas en el reloj encerradas, allí deben permanecer; sus vidas no pueden ser liberadas.
A aquellas aún libres, por ahora,
en tus manos confiaré, para que sean
cuidadas.
La vil maldición de la Desesperación no
puede desdecirse,
pero hay una forma de romperla y
redimirse.
Repara lo que has destrozado.
Recoge los pedazos de tu corazón agrietado.
Busca bondad, confianza, una mano
tendida,
hasta que quien rechazaste se vuelva tu
amiga.
Cruza el puente, desenreda los años,
escapa de la prisión de tus miedos y daños.
Así romperás la maldición
y desharás este verso infernal.
Y, cuando al fin aprendas a amar,
serás amada en su lugar.
Pero una advertencia para todos,
y prestad atención,
mientras lucháis contra la sombra de la
Desesperación…
El relojero está a punto de pronunciar los últimos versos de su poema, pero, antes de que pueda hacerlo, se oye un estruendo y llueven fragmentos de vidrio sobre el suelo.
Arabella está de pie detrás de Beau, jadeando.
Ha lanzado un tintero contra el espejo, pero ha sido el tintero, y no el espejo, el que se ha roto, cubriendo el cristal plateado con tinta negra.
Esta se escurre por el marco y se acumula en el suelo.
El espejo parece sangrar.