Sesenta y dos
SESENTA Y DOS
Arabella permanece de rodillas, con la frente apoyada contra el suelo helado y los dedos clavándose en sus costillas.
Durante un largo instante solo hay silencio; luego, se rompe con el rítmico y metálico pok-pok-pok de unos tacones resonando sobre el empedrado. Una mujer aparece entre la multitud, espectral e imponente, vestida con un traje del color de las cenizas.
El gentío se aparta mientras ella avanza por el patio.
Arabella levanta la cabeza. Sus mejillas están cubiertas de lágrimas. Sus ojos, vacíos.
—Soy lady Asonperides —se presenta la mujer al acercarse—. Y esta —añade, señalando al séquito sombrío que la acompaña— es mi corte.
La duquesa, siempre tan dueña de sí misma, empieza a resquebrajarse.
—¿Quién te ha convocado aquí? —pregunta, confundida ante los rostros desconocidos.
— Lady Arabella, por supuesto —responde Asonperides, con una sonrisa gélida.
La duquesa señala a tres niñas pequeñas y resplandecientes que observan desde lejos.
—¿Y esas criaturas? ¿También son tuyas?
Asonperides sigue la mirada de la duquesa, pero su sonrisa se congela.
—No por mucho tiempo —indica.
Lady Lubijo da un paso al frente.
—¡Vamos, marchaos! ¡Fuera todos! —les dice a los últimos miembros del séquito del príncipe—. Salid de aquí mientras podáis.
Asustados por la sonrisa demasiado amplia de Lubijo y sus ojos de muñeca vidriosa, los cortesanos obedecen, tropezando entre ellos en su prisa por huir, pero el duque, indignado por la osadía de Asonperides, comienza a dar órdenes a gritos.
Asonperides levanta una mano.
—Malinterpretáis la situación, Excelencia —dice con voz fría—. Ya no mandáis aquí. Yo, sí.
—¡Valmont! ¡Saca a estas mujeres de inmediato! —brama el duque—. ¡No toleraré que me den órdenes en mi propio…!
Asonperides se le acerca, coloca una mano huesuda como una garra sobre su hombro… y, al contacto, el duque se desploma sobre sí mismo, como una manzana podrida. Apenas aprieta y, con un suave y sorprendido suspiro, el duque cae de rodillas.
A continuación, se vuelve hacia la duquesa y la deja en el mismo estado.
Los cortesanos del duque y la duquesa, presos del miedo, retroceden, mientras Asonperides clava sus ojos vacíos en Arabella.
—Una muchacha que no puede controlar sus emociones no es mejor que una bestia… ¿No es eso lo que te decía tu madre? —La atormenta.
Como un chacal, Asonperides empieza a rodearla y, mientras lo hace, habla en verso.
El color se desvanece del rostro de Arabella cuando comprende lo que ocurre.
Un encantamiento.
Un hechizo.
Una maldición.
Una niña que se niega a ceder;
ha causado un fin sangriento a este ser.
Tan terca, egoísta, torpe y errada,
se convierte en culpable y desvergonzada.
Sé lo que eres, una fiera salvaje.
De criaturas peludas haz tu vasallaje.
Vive por siempre en el bosque profundo,
duerme entre musgo y hojas muertas.
Para que tu penitencia sea peor,
envolveré este castillo con tu maldición.
Y condenaré por toda la eternidad
a cada alma que aquí contemple,
a un destino peor que la muerte:
vivas, pero sin suerte.
Figuras mudas de engranajes,
presas del tiempo, esclavas de esta imagen.
Luego borraré la esperanza y la fe,
mientras tus sueños insensatos destruiré.
Y con mi corte, mano a mano,
traeré la muerte del amor humano.
Así devoro el alma mortal,
cobrando mi precio oscuro y letal.
Ah, cuánto disfruto mi cruel labor.
¿Era tanto pedir silencio, por favor?
—¡No! —grita Arabella, enferma de miedo—. ¡Por favor! ¡No quería hacerle daño! ¡Por favor!
Pero Asonperides solo ríe.
—¡Ayudad a mi hija…! ¡Que alguien ayude, por favor! ¡No permitáis que este sea su fin! —Es la duquesa, que, de alguna manera, ha logrado ponerse en pie y se tambalea hacia Asonperides.
Esta le dedica una sonrisa de falsa compasión y le ofrece la mano.
La duquesa la toma… y ahoga un grito. Intenta retroceder, pero no puede moverse. Sus pies parecen clavados al suelo. Pequeños gemidos aterrados se le escapan al forcejear.
—¿Qué le has hecho? —Ruge el duque, lanzándose hacia Asonperides.
Pero su cuerpo se paraliza antes de alcanzarla.
Un sonido metálico y chirriante llena el aire, como si alguien diera cuerda a una caja de música…
o a un reloj. El cuerpo de la duquesa se endurece.
El del duque queda inmóvil. Sus ojos se vuelven brillantes y vidriosos, como los de un animal disecado.
Círculos de color pintado brotan en sus mejillas.
Los cortesanos y sirvientes, aterrorizados, no pueden apartar la vista de aquellas transformaciones grotescas.
Asonperides se mueve entre ellos, con un brillo de crueldad gozosa. Toca a una condesa, acaricia a una doncella, pasa la mano por la cabeza de un niño… y, con cada toque, todo lo humano, cálido y vivo, se desvanece hasta que, uno a uno, todos se convierten en figuras de reloj.
Demasiado tarde, los que aún no han sido tocados entienden lo que sucede. Intentan huir, pero las puertas del patio se cierran de golpe.
Solo Arabella, aún de rodillas, no trata de escapar.
—Por favor…, no castigues a estas personas por mis pecados —suplica—. Sus palabras son interrumpidas por una nueva voz, fuerte y resonante:
—¡ Lady Asonperides! —Truena—. ¡Te ordeno que te detengas!
Asonperides se da la vuelta con brusquedad. Su rostro se retuerce en una mueca de odio. Conoce a esa criatura. Envidia su fuerza; codicia su poder.
El que ha hablado avanza hasta el centro del patio. El golpeteo de su bastón sobre las piedras suena como un metrónomo.
Arabella lo mira a través del velo de sus lágrimas, y lo reconoce.
Es el relojero.