Sesenta y uno
SESENTA Y UNO
Al bajar de la montura, se tambalea.
Mientras los cortesanos gimen y señalan horrorizados, ella tropieza, se endereza y cae de rodillas junto al cuerpo destrozado del príncipe. Le agarra la mano, la frota e intenta despertarlo.
La sangre de Constantine mancha sus faldas.
No puede respirar. Las emociones revolotean dentro de ella como una tormenta.
Araña su rígido corpiño, el cruel corsé que la oprime por dentro.
Unas manos afiladas se clavan en su hombro. La duquesa está detrás de ella.
—Dios del cielo, Arabella, ¿qué has hecho?
Los pulmones de Arabella jadean, en busca de aire. Intenta calmarse, pero no puede. Ha estado contenida demasiado tiempo.
Los cortesanos gritan, señalándola, condenándola.
Los criados del príncipe levantan su cuerpo y lo llevan al interior del castillo.
El duque intenta ayudarlos, ordenando a sus sirvientes que se unan, pero lo rechazan con frialdad.
—¿Lo ves? —le sisea su madre—. ¿Ves lo que pasa cuando las chicas no se contienen? El príncipe está muerto. Nuestras vidas han terminado. Estamos arruinados.
Su madre tiene razón. Debería haberse callado. Todo es por su culpa.
Arabella se rasga el pecho con las uñas; se asfixia.
Un sonido áspero, parecido a una rasgadura, corta el aire.
Su chaqueta y su corsé se rompen por las costuras.
El aire entra en sus pulmones. Inhala con fuerza, luego lanza un grito desgarrador, vencida, ante la oleada de emoción.
Sus sentimientos, enjaulados durante tanto tiempo, estallan, salvajes.
Entonces, se escucha otro desgarro —más profundo, más fuerte, más temible que el de la tela—, es el desgarro del alma de Arabella.