Belleza Feroz Sesenta
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Sesenta

SESENTA

—Ayer visité a la duquesa de Orleans —informa la marquesa d’Alençon—, y tenía el juego de té más encantador que puedas imaginar.

—¿Has visto el bonito sombrero de montar de lady Louise? —pregunta la condesa de Marignac—. Debo averiguar el nombre de su sombrerera.

—Si me preguntas a mí, las hortensias no tienen cabida en un jardín de hierbas —dice la baronesa de Beauvais con un resoplido de desdén.

Arabella está en el patio de las caballerizas del castillo, sentada sobre una yegua dócil.

Su sonrisa está pintada, como la de un muñeco de feria.

Lleva un traje de montar rosa con ribetes negros, porque el príncipe considera que el rosa le sienta de maravilla.

Las rígidas enaguas susurran bajo su falda.

Un corsé de lino almidonado encierra su torso, con los cordones tan apretados que crujen al moverse.

Ya no aprieta los dientes ante las conversaciones triviales, y solo de vez en cuando clava las uñas en sus palmas. Si su corazón se rompe un poco cada vez que pasa frente a un castillo o una catedral, bueno… ¿Qué importa? Está encerrado en una jaula de hueso donde nadie puede ver las grietas.

El príncipe está montado en Horado, el magnífico semental de Arabella, ya que se considera impropio que una futura princesa cabalgue a un animal tan indómito.

Un destello de celos cruza los ojos de Arabella al verlos juntos, pero lo apaga antes de que alguien lo note. Su padre ríe esa mañana; su madre sonríe. No les arruinará su felicidad.

—¡Una copa de oporto por aquí! —grita Constantine, chasqueando los dedos en el aire—. ¡Por Dios! ¿Dónde está ese maldito muchacho?

Henri, que lleva una bandeja con una botella y copas, se apresura hacia el príncipe y le sirve una.

Constantine se la arrebata de la mano.

Henri hace una reverencia.

Al darse la vuelta para marcharse, Constantine se inclina desde la silla y le da una patada en el trasero.

El muchacho cae de bruces y la bandeja resuena contra el empedrado del patio.

La botella y las copas se hacen añicos. Mientras intenta levantarse, con el rostro raspado, una carcajada burlona y sonora llena el aire.

Los nobles de la corte saben bien que quedarse con el rostro serio ante un príncipe que ríe y vocifera es peligroso. Primero se escuchan risitas; luego, cuchicheos alegres; al final, carcajadas abiertas.

La sonrisa pintada de Arabella se desvanece. La ira amenaza con salir.

Alarmada, cierra los ojos y respira como puede; el corsé de ballena no le permite hacerlo más profundo.

Escucha la voz de Constantine, su prometido, el hombre con quien pasará el resto de su vida, gritarle a Valmont que pula una mancha en su bota, ordenarle a Florian que apriete la cincha de Horatio, y mandar a Percival, como si fuera un sirviente de cocina, a buscarle un plato de pasteles.

Cuando abre los ojos de nuevo, su sonrisa ha vuelto. Charla con la duquesa sobre teteras, aliviada de sentir solo aquello para lo que se ha entrenado durante años: nada.

Los jinetes ya están montados. Los perros salen de las perreras, ladrando y aullando, impacientes por partir. La cacería está a punto de comenzar. Pero entonces Horatio relincha con desagrado y cocea a otro caballo. El animal se encabrita, y su jinete casi se cae.

—Afloja las riendas —susurra Arabella.

Sabe que el semental es orgulloso y testarudo, y no tolera a los necios.

Es un caballo digno de un príncipe, pero el príncipe no está a la altura del caballo.

Constantine tira con más fuerza, intentando dominarlo, jalando cruelmente del freno.

Las narinas de Horatio se abren; el animal sacude la cabeza y gira en círculos, tratando de deshacerse del monstruo que lo monta.

El archiduque austríaco ríe, al verlo perder el control.

El orgullo herido se convierte en furia en el hermoso rostro de Constantine, encendiendo sus mejillas de un rojo intenso.

—¡La cincha está demasiado apretada, imbécil! —le grita a Florian, golpeándolo con el látigo.

Arabella palidece al verlo. Aprieta los labios, consciente de que no debe decir nada. Fuerza su rostro a permanecer impasible, aunque por dentro piensa: ¿cómo puede un hombre tan bello ser tan monstruoso?

El príncipe golpea de nuevo, pero esta vez el látigo abre una herida en la mejilla de Florian.

Arabella jadea.

—¡Detente! —dice.

Las palabras escapan de sus labios sin que lo planee, pero nadie las escucha. Quedan ahogadas entre los gritos del mozo, los alaridos del príncipe y los relinchos frenéticos del caballo.

Arabella necesita hacerse oír. Intenta coger aire, pero el corsé le oprime tanto que apenas puede respirar, y mucho menos gritar.

La duquesa, montada a su lado, le agarra del brazo, clavándole las uñas.

—Calla. No te corresponde reprender al príncipe.

«Pero alguien debe hacerlo, —desea con desesperación—. Alguien tiene que pararlo. Su padre, su hermano… Alguien».

Horatio patalea frenético. Los mozos y criados se dispersan. El príncipe lo azota sin piedad y el pobre animal emite un relincho de dolor.

Algo se rompe dentro de Arabella.

—¡Dios santo! —grita, tirando de las riendas—. ¿Nadie va a detenerlo?

La duquesa le arrebata las riendas.

—¡Quédate donde estás, niña insensata! —le ordena.

Pero ya es demasiado tarde.

Arabella libera las riendas de su madre y clava los talones en los flancos de su caballo.

—¡Detente! ¡Detente, bestia! —grita.

Levanta su propio látigo, con la intención de golpear el del príncipe y quitárselo, pero el pobre Horatio no lo sabe. La ve acercarse y su terror se multiplica.

Todo sucede tan rápido, apenas un latido, pero, para Arabella, durará cien años.

El semental se encabrita.

El príncipe cae de la silla.

Un crujido seco retumba cuando su cuerpo golpea el empedrado. Se estremece y gime, y entonces el aire abandona sus pulmones, antes de quedarse inmóvil, con los ojos vacíos, mientras su sangre se filtra entre las grietas de la piedra.