Cincuenta y nueve
CINCUENTA Y NUEVE
Beau sintió que su corazón era de vidrio y que las palabras de Asonperides habían abierto una grieta, delgada y ramificada, en su interior. Luchó contra ellas, negándose a creer lo que acababa de escuchar.
—Eso no es cierto. No lo es, ¿verdad, Arabella? —preguntó.
La joven cerró los ojos y asintió. La grieta se hizo más grande.
—¿Cuándo… cuándo eras una bestia? —dijo Beau, recordando las garras afiladas y los colmillos curvados.
—Oh, no —intervino Paluc—. Fue cuando aún era muy humana.
—¿Y ese Constantine… quién era? —interrogó Beau.
—El prometido de Arabella —respondió Lubijo, con voz temblorosa cargada de emoción—.
¡Jamás verás a un hombre así! No es que tú estés mal, Beau —añadió, dándole un golpecito en el brazo—, y desde luego no te echaría de mi sofá, pero el príncipe…
—Su expresión fue similar a la que se tiene cuando acabas de probar el bocado más delicioso—. Era tan guapo como un dios.
—Y apestaba a dinero —añadió lady Cadicio, cogiendo un panecillo de la bandeja del desayuno de Beau.
—El duque y la duquesa decidieron que sería el esposo de Arabella —explicó Paluc—. Querían una alianza con una casa real.
Lubijo tiró de la manga de Beau y señaló un espejo colgado en la pared cercana.
—Aquí sucedió una magia poderosa —dijo con tono teatral—. Tan poderosa que quedó grabada en los espejos. Ahora la repiten para Arabella, una y otra vez, para que nunca olvide. Es parte de la maldición.
—¿Maldición? —repitió Beau.
Lubijo se llevó una mano al pecho.
—¡Sí! —exclamó—. ¡La más terrible que puedas imaginar! Todo sucedió durante la cacería del ciervo.
—Basta, lady Lubijo. —La voz provenía de lady Diermontirem. Llevaba un vestido del color de las ciruelas machacadas. Su rostro, sus manos, cada centímetro visible de su piel, estaba cubierto de moretones, algunos antiguos, pero otros recientes.
—Se los hace ella misma, ¿sabes? —le susurró Lubijo, ahogando una risita.
—Siéntate, Lubijo —ordenó Diermontirem—. No te lo repetiré.
Lubijo bajó los hombros.
—Siempre lo arruinas todo —bufó, caminando hasta una silla, arrastrando los pies.
—Antes de una boda real —explicó Diermontirem—, la tradición exige que las familias del novio y la novia celebren una cacería del ciervo. El padre de Arabella fue el anfitrión. —Se acercó al espejo y señaló el cristal—. Mira ahí…
—No —dijo Beau—. No lo haré.
Se volvió hacia Arabella.
—A menos que tú me lo permitas. Tú. No, ellas.
Ahora comprendía algo que antes no: que esas imágenes no eran simples recuerdos, sino recuerdos que vivían dentro de Arabella, y verlos sería un acto contra su intimidad.
Arabella seguía con los ojos cerrados. Las lágrimas que había contenido rodaron por sus mejillas.
Esperanza se acercó a ella, con Fe a su lado como guardiana, y le tomó la mano.
—Puedes hacerlo —le susurró—. Puedes.
Arabella abrió los ojos, y pronunció una sola palabra, en apenas un suspiro:
—Sí.