Belleza Feroz Cincuenta y ocho
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Cincuenta y ocho

CINCUENTA Y OCHO

Arabella se sentó en el borde de la cama de Beau.

Tantas preguntas queriendo salir de su boca; ella lo veía, lo sentía. ¿Cómo podría responderlas? En cuanto lo hiciera, lo perdería. Él la odiaría cuando supiera la verdad, como todos los demás antes que él. Verlo apartarse, ver sus ojos hermosos llenarse de furia… era más de lo que podría soportar.

—Los secretos son secretos por una razón —dijo, apartando la mirada.

—Te vi transformarte en una bestia —replicó Beau—. Frente a mis ojos.

Te vi con pelaje, orejas puntiagudas y dientes afilados. —Su voz se elevó con cada palabra, y su ira empezó a dominarlo—. Te besé, Arabella. Justo antes de que intentaras matarme. Así que basta ya de tus malditos secretos.

Una parte de Arabella ansiaba contarlo todo, y liberarse de esa carga, pero una parte aún mayor tenía miedo, y las palabras se le quedaron atascadas en la garganta como espinas.

En ese momento, lady Lubijo entró dando saltitos sobre la punta de los pies, con su rostro cubierto con su habitual maquillaje de payaso: círculos rojos en el centro de las mejillas blanqueadas, cejas negras y arqueadas, y los labios en forma de corazón.

—¡Pero qué reunión tan encantadora! —exclamó, mirando a Beau, a Arabella y al resto de la corte.

—Oh, demonios, no —dijo Fe, saliendo de detrás de las cortinas.

—Cuidado con Lubijo, Beau, está loca —advirtió Esperanza, uniéndose a su hermana.

Arabella escuchó las voces y se volvió hacia ellas, como quien se vuelve hacia su verdugo.

—¡Tened cuidado, señora! —gritó lady Diome, escondiéndose tras lady Ari—. ¡Solo Dios sabe lo que harán!

Ari lanzó un gruñido a las dos muchachas y avanzó hacia ellas.

Fe sacó una daga de los pliegues de su falda y la apuntó directamente.

—Anímame el día —soltó.

Ari retrocedió.

Entonces, lady Confendizasa se acercó con sigilo a Arabella, lanzándole una mirada a Beau. Llevaba un vestido del color de la hiedra húmeda. Su cabello era negro y grasiento, y su piel tenía el tono pálido y translúcido de una criatura que vive bajo una piedra.

—Fue él —le susurró al oído a Arabella—. Él las liberó. Robó la llave maestra.

Lo supe. Lo supe desde el principio.

Arabella se volvió hacia Beau, horrorizada.

—¿Tú las has liberado?

La ira de Beau, que hasta entonces había contenido, estalló.

—¡Maldita sea, Arabella, ahora soy yo quien hace las preguntas!

Lubijo corrió hacia el lecho de Beau y le pasó un brazo por los hombros. Este intentó apartarla, pero lo sujetó con fuerza.

—¡No te preocupes, ni un poquitititito! —canturreó con voz melosa, tocándole la nariz con el dedo—. Si ella no te responde, ¡yo encontraré a alguien que lo haga! —Lo soltó y sonrió…, con tanta fuerza que las grietas se abrieron en su maquillaje, como en un jarrón roto.

Beau palideció ante la visión.

Lubijo soltó una risita por su reacción y salió corriendo entre la multitud de damas.

—¡Gunezarev! ¡Paluc! ¿Dóóóóónde están? —cantó, desapareciendo entre la gente—. Vamos, queridas, no es momento para la timidez. ¡Ah! ¡Aquí estáis!

Un momento después, el grupo de cortesanas se abrió, y Gunezarev apareció empujada por Lubijo. Como una rata sacada de su madriguera, intentó volver a esconderse, pero la otra dama no se lo permitió.

—¡Ah, ah, ah! —la reprendió, moviendo un dedo. La giró y le dio otro empujón.

Gunezarev vestía un saco gris sin forma, más propio de una prisionera que de una dama de la corte. Lubijo la empujó, guiándola hacia Beau. Cuando llegó hasta él, encorvada y temblorosa, empezó a hablar, pero su voz era tan débil que el joven tuvo que inclinarse para oírla.

—No, Gunezarev. Detente —ordenó Arabella, poniéndose en pie. Sus uñas se clavaban en las palmas de sus manos—. Basta.

Lubijo se volvió hacia su señora.

—Tiene derecho a saberlo, ¿no crees? —preguntó con una sonrisa que se volvió repentinamente cruel.

—No tienes derecho a contárselo. Te lo he prohibido.

—Lo sé —dijo Lubijo con tono despreocupado—, pero ¿y qué? ¡Voy a traicionarte! ¡Todas lo haremos! ¡Es lo que hacemos! —canturreó y miró de nuevo a Gunezarev—. Vamos, tonta, ¡habla!

—¡Todo es por culpa suya!

No fue Gunezarev quien habló, sino Paluc, que apuntaba directamente a Arabella.

Al sentir todas las miradas de la corte sobre ella, Paluc encogió los hombros y bajó la cabeza. Habló otra vez, pero su voz salió ahogada entre los mechones grasientos que le cubrían el rostro.

Lubijo corrió hacia ella.

—¡Querida, no te oímos! ¡Y no vemos tu preciosa carita! —dijo mientras le apartaba el pelo y se lo sujetaba tras la oreja, revelando un rostro de todo menos bonito: ojos apagados y huidizos, mejillas con costras y labios mordidos hasta sangrar.

—Ella lo hizo —insistió Paluc, mirando a Arabella con odio—. Siempre fue una chica monstruosa.

—¿De qué habla? —preguntó Beau.

—¡No debes contar eso! —gritó Arabella.

Lubijo la miró con una expresión brillante y venenosa.

—Eso no es muy justo para él, ¿no crees? —dijo en tono teatral, señalando a Beau con el pulgar—. Quiero decir…, ¿no te gustaría saberlo si fueras tú…?

—Por el amor de Dios, basta —suplicó Arabella, con la voz quebrada.

—Como desees —ronroneó Lubijo—. No diré ni una palabra más.

—Pero yo sí.

Asonperides avanzó y se colocó junto a Arabella, posando una mano marchita sobre su hombro. La joven se derrumbó bajo ese toque, sin fuerzas, y las lágrimas comenzaron a llenarle los ojos.

—Hace cien años —dijo Asonperides con voz grave—, Arabella mató a alguien.

—A un joven —agregó Gunezarev.

Asonperides sonrió.

—Al príncipe Constantine.