Cincuenta y siete
CINCUENTA Y SIETE
«Así que esto es la muerte», pensó Beau.
No era tan terrible como había imaginado. Al menos, era cálida. Y estaba recostado sobre algo blando.
«¿Estoy en el cielo?, —se preguntó—. ¿Encontraría allí a su madre? ¿Qué le diría? ¿Cómo le explicaría que había fallado, que había dejado a Matteo completamente solo?».
Abrió los ojos con esfuerzo, buscando su rostro, esos ojos marrones tan cálidos y llenos de bondad que recordaba, pero, en su lugar, vio un par de ojos grises observándolo, suaves como el ala de una gaviota y llenos de preocupación.
—¿Arabella? —susurró con la garganta seca, como si le hubieran pasado papel de lija por dentro—. ¿Estoy… vivo?
—¿Ya has tenido suficiente de holgazanear, Bella Durmiente? —replicó ella—. Es hora de que levantes tu flaco trasero.
Beau giró la cabeza y vio otro rostro inclinado sobre él, uno cubierto de bigotes y con una expresión gruñona.
—Parece que no he entrado en el cielo —dijo con voz ronca—. Parece que estoy en el infierno…, con el mismísimo Satán.
Valmont se irguió, ofendido.
—Yo te he limpiado, ladrón. Te he cosido las heridas, te he lavado, y me he quedado contigo la mitad de la noche.
—No sabía que te importaba tanto, Monty.
Valmont se volvió hacia Arabella.
—Haré que le lleven el desayuno, Su Gracia —dijo con frialdad, y salió de la habitación.
—Has herido sus sentimientos —lo reprendió Arabella.
Beau cerró los ojos. No le importaban los sentimientos de nadie. Le habían mentido, todos, y sus mentiras casi le habían costado la vida.
Después de tragar un par de veces para aliviar su garganta reseca, habló de nuevo:
—¿Cómo llegué aquí?
—Valmont y Florian —respondió Arabella—. Salieron a buscarte, te encontraron en el bosque y te trajeron de vuelta.
—Pero los lobos…
—Yo me ocupé de ellos.
Sirvió un vaso de agua y se lo entregó, explicándole que había huido del castillo, internándose en el bosque, pero que, al escuchar los aullidos de los lobos y sus gritos, había regresado y los había ahuyentado.
«¿Debería agradecerle por ello?», se preguntó Beau.
No lo hizo.
Abrió los ojos y miró a su alrededor. Estaba acostado en una cama con dosel, en una habitación grande y lujosamente decorada. Se incorporó con un gesto de dolor, cuando las punzadas en el brazo y la pierna hicieron su aparición.
—¿Por qué no estoy en mi habitación de la torre? —preguntó con voz rasposa.
—Esta está más cerca de la cocina —explicó Arabella—. Es más fácil traer aquí agua caliente, medicinas y ungüentos para evitar infecciones.
Entonces, la miró. Estaba sentada en una silla junto a la cama, con un batín de noche. Parecía recién llegada del bosque: el cabello suelto, enredado, con hojas y ramitas pegadas. Le sostuvo la mirada un instante, antes de bajarla a sus manos, entrelazadas sobre su regazo.
—Me viste —dijo él—. La primera vez que intenté escapar. Bajé por las escaleras de la torre hasta el rellano. Me seguiste…
—Solo quería asustarte. Evitar que vagaras por el castillo y descubrieras sus secretos.
Si hay alguien con quien deberías enfadarte, es conmigo, y no con Valmont.
Por perseguirte. Por atacarte en el comedor.
Por las heridas en el brazo. Yo… no siempre puedo controlarlo.
Lo siento, Beau. Lo siento mucho. Por todo.
Florian, Henri y yo construiremos el puente para ti.
Te lo prometo. Valmont también ayudará. Y Martin, y Gustave, y cualquiera que sepa afilar una estaca o manejar un martillo.
—Mientras hablaba, algunas de sus damas entraron en la habitación de Beau.
Se agruparon al fondo, murmurando entre ellas y lanzándole miradas curiosas.
—Creo que va a morir —dijo lady Diome—. De alguna horrible infección. Tal vez, sepsis. O gangrena. O rabia.
Lady Densed frunció la nariz.
—Esperemos que lo haga rápido y no deje un olor desagradable.
Más miembros de la corte fueron entrando, amontonándose en la puerta, seguidos de Josette, que traía una bandeja con el desayuno. Había tanto murmullo que nadie notó a las dos niñas pequeñas que se colaron tras ella y se escondieron entre las cortinas.
Josette dejó la bandeja sobre una mesa, hizo una reverencia y se marchó.
Arabella se levantó, sirvió un plato para Beau y lo colocó sobre su mesilla. Sus damas observaban cada movimiento con ojos vivaces y ansiosos.
—Me voy. Debes descansar —indicó la joven, dándose vuelta.
Había algo evasivo en su voz, un temblor nervioso en su forma de moverse.
—No —dijo Beau.
Arabella se detuvo en el umbral.
—¿Sucede algo con el desayuno? ¿Quieres otra cosa?
—Basta, Arabella.
Ella asintió, como si lo hubiera estado esperando.
—Entonces, ¿qué quieres? —preguntó.
—La verdad.
Arabella soltó una risa amarga.
—¿Y por dónde se supone que debo empezar?
No se lo preguntó a él, sino a sí misma, pero Beau respondió de todos modos.
—Te vi. En el espejo que hay en tus antiguos aposentos. Con tu madre y tu tía.
Te probabas vestidos para un baile. Empieza por ahí.