Belleza Feroz Cincuenta y seis
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Cincuenta y seis

CINCUENTA Y SEIS

La manada salió de entre los árboles. Parecían sombras bajo la débil luz de la linterna. El líder avanzó hacia Beau en cuclillas, mientras los otros se desplegaban a su alrededor, cerrando el círculo.

Supo en ese instante que estaba en serios problemas.

Había salido del castillo y se había adentrado en el bosque armado solo con su rabia. Fue un acto estúpido que no tenía perdón. Si moría allí fuera, Matti moriría también.

Giró sobre sí mismo, pisoteando la nieve, blandiendo la linterna y gritando, tratando de parecer más grande de lo que era, pero los lobos seguían avanzando, cada vez más cerca, apretando el lazo.

No vio al lobo plateado. Solo escuchó sus patas rozando la nieve detrás de él, un susurro antes del salto.

El impacto lo lanzó sobre las rodillas.

La linterna cayó y se apagó con un siseo.

Beau golpeó al lobo plateado, y la criatura retrocedió, pero la oscuridad envalentonó a los demás. Uno se acercó demasiado y se lanzó sobre él.

Lo vio venir por el rabillo del ojo, le propinó una patada y sintió cómo su bota chocaba con el hocico del animal.

El lobo chilló y retrocedió.

Un tercero se abalanzó y le mordió el hombro, pero Beau logró moverse a tiempo: los dientes se hundieron en la tela de su abrigo, y no en su carne.

El tirón lo hizo trastabillar hacia un lado, y agitó los brazos buscando el equilibrio.

El lobo plateado vio otra oportunidad y saltó hacia su abdomen, pero falló el golpe y le clavó los colmillos en la pierna.

Beau rugió de dolor. Golpeó al lobo con los puños, una y otra vez, pero la bestia no soltaba. Entonces, escuchó gruñidos, chasquidos y, de pronto, un rugido tan poderoso y furioso que sacudió la nieve de las ramas de los pinos. ¿Se peleaban entre sí?

No podía ver casi nada en la oscuridad, pero oyó al líder aullar con fuerza y, un instante después, lo soltó y retrocedió hacia las sombras junto con el resto de la manada.

Beau cayó de espaldas en la nieve, jadeando.

La sangre de su herida se extendía sobre el blanco suelo, tiñéndolo de rojo.

Parecía estar acostado en un campo de amapolas carmesí, deformes y obscenas.

No sabía por qué los lobos habían huido, pero sabía que tenía que volver al castillo antes de desangrarse.

El frío de la noche ya estaba endureciendo sus miembros.

Pronto llegaría a su pecho y congelaría su corazón.

Intentó incorporarse, pero una marejada de vértigo lo derribó otra vez. Miró hacia el cielo, buscando una estrella en la que fijarse, algo que detuviera el horrible remolino en su cabeza, pero, en su lugar, las imágenes comenzaron a girar; un torbellino de color y sonido.

Vio una calle sinuosa de ciudad. Una monja, la cabeza inclinada, un rosario entre los dedos. Escuchó una tos húmeda y entrecortada. Una campana de iglesia repicando.

—Levántate… Levántate, inútil bastardo —jadeó, con la voz rota.

Pero no pudo. Su cuerpo había soportado demasiado. Su fuerza se escapaba con su sangre. Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Apenas tuvo tiempo de susurrar unas últimas palabras al cielo, antes de que la oscuridad lo envolviera por completo.

—Lo siento, Matti… Lo siento tanto…