Belleza Feroz Cincuenta y cinco
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Cincuenta y cinco

CINCUENTA Y CINCO

Arabella lo había besado.

Había estado tan cerca de él, tan cerca, que el aire entre ambos había desaparecido.

Ella le había preguntado, él había respondido que sí, y sus labios habían sido todo aquello que nunca había sabido que deseaba. Su cuerpo, apretado contra el suyo, se había sentido como un hogar.

Y luego…, había intentado matarlo.

Beau podía sentir su propia sangre, húmeda y caliente, empapando la servilleta que había improvisado como venda, y filtrándose hasta su manga. Necesitaba una venda de verdad. Una fogata. Un refugio. Necesitaba regresar al castillo antes de morir de frío.

Pero no lo haría. No, hasta encontrarla.

El viento desgarrador, cargado de nieve, le azotaba el rostro, obligándolo a agachar la cabeza. Las capas de hielo le sujetaban las piernas, hundiéndolo a cada paso, y todo su esfuerzo estaba en mantener viva la llama temblorosa de su linterna.

Aun así, siguió avanzando, empujado por una furia blanca y ardiente que ninguna tormenta podía enfriar.

El viento giraba a su alrededor, burlándose de él con la voz de Arabella:

«Hay cosas, Beau… Cosas que es mejor que no sepas…».

—¡Eres una mentirosa, Arabella! —le gritó al aire.

Ese no saber le había costado tres tajos profundos en el brazo. Había terminado con las mentiras, con los secretos, con el no entender.

¿Era Arabella una mujer de carne y hueso? ¿O una bestia cazadora? ¿Era la muchacha fría y contenida que había conocido al principio —esa que podía herir con una sola palabra o mirada—? ¿O la joven con la que había bailado, la del fuego en los labios?

Beau iba a encontrarla y, bestia o no, le diría la verdad.

Mientras avanzaba, adentrándose en el bosque oscuro, el viento empezó a amainar, y la nieve se volvió menos densa. Ya no necesitaba cubrirse los ojos. Se quitó la capucha y levantó la linterna, iluminando el camino.

—¡Arabella! —gritó—. ¡Soy yo, Beau!

No hubo respuesta.

Beau avanzó un poco más, escudriñando los montículos blancos en busca de huellas.

—¡Arabella, sal! ¡Quiero hablar contigo!

Apenas pronunció las palabras, vio algo: una sombra oscura que se deslizó entre un grupo de pinos.

El estómago se le encogió. Su llamada había atraído a una criatura… pero no la que buscaba.

De entre los árboles emergió un lobo negro, que se detuvo a pocos metros de él, con la cabeza baja y los ojos brillando. Y tras él, aparecieron cinco más.

No eran bestias encantadas.

Pero eran igual de peligrosas.