Cincuenta y dos
CINCUENTA Y DOS
—No me voy a ir. No dejaré que te haga daño. Toma mi mano, Arabella.
Pero la mirada de Arabella estaba ahora perdida. Parecía incapaz siquiera de escuchar a Beau.
Este dio un paso hacia ella, decidido a ponerla a salvo, pero antes de avanzar tres pasos, Arabella gritó y se dobló en dos.
—¡Arabella! ¿Qué pasa?
—¡No la toques! —Tronó una voz detrás de él.
Beau se dio la vuelta: era Valmont. Corría hacia él, alcanzando el aro de hierro que colgaba de su cadera, y con dedos temblorosos soltó una llave maestra. Percival venía justo detrás. Sus rostros eran un retrato del terror contenido.
—Algo le pasa… Está herida —dijo Beau.
—Aléjate de ella —ordenó Percival.
Beau se quedó atónito ante tanta frialdad.
—¡Pero está sufriendo!
—¡Vete, insensato! —Rugió Valmont, y le metió la llave en la mano—. ¡Vete a tu habitación! ¡Ahora! ¡Enciérrate!
—¡No me voy a ningún lado! ¡Necesita ayuda! —gritó Beau—. ¡Mírala!
Arabella se había desplomado de rodillas, gimiendo de dolor, retorcida en la agonía que sufría.
Valmont lo agarró por la espalda del abrigo, lo empujó con fuerza hasta la puerta y lo lanzó al vestíbulo. Beau tropezó, se sostuvo del borde de una mesa, y enseguida se giró, dispuesto a regresar, pero las puertas se cerraron de golpe frente a él.
—¿Ah, sí, Monty? ¿Eso crees? —Gruñó.
Corrió escaleras arriba, cruzó la galería, giró por un pasillo estrecho y bajó como un rayo por la escalera de servicio hasta la cocina. Un momento después, entraba otra vez al gran salón, con la furia brillándole en los ojos.
—¡Beau, no! —gritó Percival, lanzándose hacia él.
Pero este, ágil como una pantera, lo esquivó. Corrió hacia la figura encogida en un rincón oscuro.
—Arabella, háblame —ordenó, tomándole el brazo—. ¿Qué está…?
Un grito desgarrador de dolor y furia llenó el aire, y lo siguiente que Beau supo fue que estaba tendido de espaldas, con la cabeza martilleándole, tras golpear el suelo de piedra. Se incorporó tambaleándose y miró a su alrededor. Arabella lo había lanzado al otro extremo de la habitación.
—¿Por qué…? ¿Cómo…? —balbuceó, aturdido.
—Levántate, Beau. Despacio. Muy, muy despacio —dijo Valmont en voz baja—. Luego, vuelve a la cocina y escóndete. Es tu única oportunidad.
—Arabella… —repitió Beau, ignorándolo—. Háblame. Por favor.
Un gruñido resonó, profundo y gutural. Entonces, Arabella emergió de las sombras, lenta, como una depredadora al acecho.
El horror paralizó a Beau al cruzar su mirada con la de ella.
Sus ojos se habían agrandado, las pupilas estaban dilatadas hasta lo imposible.
Los colmillos se habían alargado, curvándose con filo brillante contra sus labios, ahora oscurecidos.
Su mano se extendió y se aferró al respaldo de una silla…
Solo que ya no era una mano. Era una garra cubierta de pelaje, rematada con uñas como cuchillos.
Su ropa había desaparecido, hecha jirones tras ella.
Un denso manto de pelo oscuro cubría su cuerpo y, aunque se mantenía sobre dos piernas, su espalda estaba arqueada y sus extremidades torcidas, con un aspecto muy animal.
Mientras el último tañido de medianoche se desvanecía en el aire, Beau alzó la vista hacia los ojos de la mujer que momentos antes había tenido entre sus brazos… y se encontró mirando de frente el rostro de la bestia.