Belleza Feroz Cincuenta y uno
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Cincuenta y uno

CINCUENTA Y UNO

Cuando Beauregard Armando Fernández de Navarre besaba a una mujer, solo pensaba en robar.

Su mente nunca estaba en ella; siempre estaba en otros cien lugares, tratando de averiguar cómo sacar una llave de su bolsillo, deslizar una pulsera de su muñeca o sonsacarle con dulces palabras la ubicación del cofre del amo.

Pero ahora, por primera vez, por única vez en su vida, no pensó en nada.

Solo sintió.

Sintió el calor dulce de los labios de Arabella sobre los suyos, el sabor de ella — brandi y chocolate amargo.

Sintió la calidez de su cuerpo presionándose contra el suyo.

Y sintió puertas abrirse en su corazón que sabía que jamás podría volver a cerrar.

Nada —ni las balas, ni los cuchillos, ni las celdas—, lo había asustado tanto como eso.

Rompió el beso, dominado por el miedo, y dio un paso atrás, luchando contra el pánico, contra el impulso de salvarse, de salir de la habitación y de alejarse de ella sin mirar atrás.

Los ojos de Arabella, primero interrogantes, se llenaron de dolor de inmediato, y Beau no pudo soportarlo. Tomó su rostro entre las manos y la besó otra vez. Pero entonces, detrás de ellos, se oyó un sonido: el siniestro traqueteo de los contrapesos del reloj subiendo por sus cadenas.

El reloj dorado cobró vida. Engranajes, ruedas dentadas y trinquetes se pusieron en marcha. Una compuerta se abrió junto a la gran campana de plata. El relojero mecánico emergió con su martillo y comenzó a marcar la hora: medianoche.

Las campanadas, brillantes e insistentes, sonaban como una alarma. Golpeaban la conciencia de Beau, irrumpiendo, tratando de advertirle de algo. Él las bloqueó; no quería oírlas. Solo deseaba permanecer así, con los labios sobre los de Arabella y las manos hundidas en la seda de su cabello.

Pero antes de darse cuenta de lo que pasaba, Arabella se apartó de golpe, retrocediendo, con los ojos desorbitados por el terror.

—¿Qué pasa? —preguntó Beau, confundido.

Ella no respondió. Solo siguió retrocediendo, con la mirada fija en el relojero y las manos levantadas como para expulsarlo de la habitación.

—¿Arabella? —insistió. Entonces, lo comprendió. Medianoche—. Dios mío…, la bestia —murmuró.

Arabella lo miró, pero sus ojos estaban muy lejos. No estaba seguro de que en realidad lo viera.

Beau sabía que la criatura salvaje saldría a rondar el castillo en cualquier momento, si no lo hacía ya. Estaban en grave peligro. Ambos. Y también los sirvientes.

—Todo está bien —dijo, intentando calmarla mientras la alcanzaba—. Te llevaré a tu habitación. Estarás a salvo allí.

Los ojos de Arabella se enfocaron en él… y se abrieron de par en par ante el miedo. Con voz ahogada, susurró una sola palabra:

—Corre.