Belleza Feroz Cincuenta #3
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Cincuenta #3

—El acordeón —respondió orgulloso el chico.

—No sé por qué no me sorprende —comentó Beau con una sonrisa torcida. Lo hizo salir corriendo a buscar el acordeón, y se volvió hacia los demás—. ¿Y una guitarra? ¿Alguien toca la guitarra?

Valmont carraspeó.

—En su día rasgueaba algunos acordes.

—Yo tengo una pandereta —añadió Henri.

Ellos también se apresuraron a buscar sus instrumentos, mientras el resto de los sirvientes terminaban lo que hacía: lavar platos, apagar el fuego y limpiar el horno.

Cuando todos estuvieron reunidos y afinados, se quitaron los delantales, y sobre la mesa se pusieron pasteles y copas de brandi , a petición de Arabella.

Percival y Valmont habían tocado juntos en alguna ocasión, pero nunca los cuatro a la vez, y sus primeros intentos fueron espantosos.

Beau se tapó los oídos con las manos, giró sobre los talones y se acercó a los músicos.

—¡Parad, parad, parad! —ordenó—. Nada de música elegante. Música de verdad. ¿Nadie conoce El pescador y su largo, largo palo ? ¿No? ¿Y La dulce pistolita del bandolero ? Percival miró a Valmont, y este miró a Percival. Ambos negaron con la cabeza.

Beau suspiró, impaciente.

—Dame eso, Monty —dijo, arrebatándole la guitarra. La acomodó contra su cuerpo, probó unos acordes y empezó a rasguear—. Esta se llama La cuerda floja del verdugo…

—Jamás la he oído —comentó Percival.

—Porque me la acabo de inventar —replicó Beau—. Ahora, atención… Va así.

Empezó a cantar una canción tabernera, divertida y algo picara, acompañándose con la guitarra de Valmont.

Su voz hermosa y sus dedos ágiles obraron magia.

Al principio, los sirvientes se miraron entre sí, sorprendidos por su talento. Pero, en cuestión de segundos, reían, aplaudían y coreaban el estribillo.

Henri hizo una falsa reverencia ante Florian, que le respondió con una inclinación, y los dos comenzaron a bailar. Henri, con pasitos cortos, mientras Florian giraba alrededor.

Cuando Beau terminó la canción, entre vítores y aplausos, hasta Arabella aplaudía.

Valmont, Percival, Florian y Henri arrimaron sillas y se sentaron. Luego, empezaron a tocar la canción de Beau. Poco a poco, el ritmo tomó fuerza.

—¡Más ánimo, chicos! ¡Esto es una fiesta, no un funeral! —gritó Beau—. ¡Uno, dos, tres! ¡Uno, dos, tres! —Marcaba el compás con las palmas.

Martin, el granjero, se subió a una silla y comenzó a gritar los pasos.

Gustave y Lucile iniciaron unos pasos. El viejo jardinero tomó las manos de su esposa, la hizo girar y la condujo entre la fila de bailarines.

Josette, con las mejillas encendidas y riendo, se unió a Claudette; sus faldas volaban mientras giraban.

Camille hizo una reverencia ante el pequeño Rémy.

Phillipe se inclinó ante Josephine.

—¡Eso es lo que digo! —gritó Beau. Tomó a Arabella del brazo y se unieron a la danza—. ¡Sígueme!

Arabella cometió algunos errores, pero pronto logró seguir el ritmo.

Al llegar al final de la fila, se separaron y volvieron al inicio.

Entonces, Henri dejó la pandereta y se lanzó a un vigoroso zapateo, entre los vítores de los demás.

Arabella aplaudió, encantada.

—¡A ver si superas eso, Beauregard Armando Fernández de Navarre! —dijo, con los ojos grises brillando.

—¿Bells, me estás retando? Porque sería un error garrafal.

Arabella asintió con una sonrisa.

—Siento…

—Deberías sentirlo.

—… que seas tan gallina.

Beau fingió ofenderse.

Los músicos aceleraron el ritmo, provocándolo.

Beau aceptó el desafío y se lanzó a su propio zapateado, moviendo los pies aún más rápido que Henri.

En el gran final, giró sobre sí mismo, tropezó con el pie, perdió el equilibrio, cayó de espaldas y aterrizó en el regazo de Valmont con un sonoro golpe.

La guitarra de Valmont se partió en pedazos, la silla se desplomó y los dos hombres quedaron uno encima del otro en el suelo, como tortugas patas arriba.

—¡Maldita sea, quítate de encima! —bramó Valmont.

—¡Ay, Monty! ¡Deja de tirarme del pelo!

—¡Suelta mi pie!

Josephine y Lucile rieron tanto que empezaron a jadear. Las doncellas chillaban de risa.

Percival se dobló en dos, y Phillipe rio hasta que las lágrimas le corrieron por las mejillas.

Arabella se tapó la boca con una mano, pero ni siquiera ella pudo contener la carcajada; le estalló en el rostro, libre y luminosa.

Y Beau, aún en el suelo, apoyado sobre manos y rodillas, tras apartarse de Valmont, la observó maravillado.

La había escuchado reír antes —sin alegría, con burla, con acidez—, pero esto era distinto.

Era risa de verdad: espontánea, desbordante y jubilosa.

Llena y brillante, como un arroyo de plata en primavera. Y era hermosa.

Tan hermosa como ella.

Tenía las mejillas encendidas, los ojos brillantes, y unos mechones de cabello sedoso habían escapado de su recogido, enmarcando su rostro.

Y, de repente, Beau la deseó. Con una intensidad que jamás había sentido en su vida.

Quería sostenerla, besarla, decirle lo hermosa que era.

Pero bajó la vista enseguida, antes de que alguien —antes de que ella—, notara lo que sentía. Sabía muy bien que una criatura tan brillante y hermosa no estaba destinada para él.

Y que oírla decirlo, lo mataría.

Se puso de pie y ayudó a Valmont a levantarse.

Arabella le prometió a Valmont que reemplazaría su guitarra, por una del salón de música del castillo.

Luego, le pidió a Percival que trajera más brandi de las bodegas.

Mientras hablaba, un escalofrío visible la recorrió.

Estaba acalorada por el baile, pero los hornos ya se habían apagado, el fuego se extinguía y la inmensa cocina se había enfriado.

—Iré por tu chal, mi señora —dijo Josette.

Arabella negó con un gesto.

—Gracias, pero puedo hacerlo yo.

—Voy contigo —se ofreció Beau—. He dejado el abrigo de tu padre allí. Percival me matará si le pasa algo.

—Sin duda lo haré —intervino Percival, escuchándolo.

Cuando llegaron al gran salón, Beau apenas podía ver. La mayoría de las velas se habían derretido, y las que quedaban eran simples muñones temblorosos. Solo quedaba una penumbra dorada.

—Pobre Valmont —comentó Arabella, recogiendo su chal—.

No solo le has roto la guitarra, sino que también le he pisado el pie durante la gavota.

¡Os movíais demasiado rápido! No he podido seguir los pasos que van justo antes del salto.

—Dejó el chal a un lado, levantó un poco la falda y miró sus pies—.

Paso y cierra. Paso y cierra. Cruza, toca…

Cruza, levanta, ¿y luego un brinco? —Alzó la vista hacia Beau.

—Casi —dijo él, acercándose—. Es así… —Le mostró los pasos y, tras dos intentos, los hizo a la perfección—. Bien, pero un poco más rápido —indicó Beau, acelerando el ritmo.

—Necesito música —protestó ella.

—Sin problema —señaló Beau, tomándola de las manos.

Comenzó a cantar La cuerda floja del verdugo , otra vez, pero inventando letras nuevas mientras la guiaba con los pasos.

—Eh, Arabella, ¿quién es ese apuesto caballero?

»El de rostro tan bonito, que hace suspirar a las damas.

»Tan listo como un profesor, y con tal porte y esplendor…

Arabella, girando bajo su brazo, lo interrumpió antes de que pudiera cantar la siguiente línea:

—Eh, Beauregard, haces este baile un poco difícil,

»Has pisado mis pies tantas veces, que parecen de pato,

»No quiero ser quisquillosa ni ruda,

»pero mis deditos sangran, y si no aprendes a pisar suave, seguro van a estar j…

—¡Arabella! —la reprendió Beau, cortándola.

—¿Qué? —dijo ella con fingida inocencia, mientras caminaban uno al lado del otro.

Beau la miró con severidad.

—Ibas a decir una palabra muy mala y poco imaginativa. Una de seis letras, que empieza con jota.

—Iba a decir jorobados —replicó Arabella—. No imagino en qué estabas pensando tú.

A Beau se le escapó una sonrisa. La hizo girar, y siguieron bailando y cantando letras inventadas, haciéndose reír el uno al otro, hasta que se quedaron sin palabras y se detuvieron, jadeando, apenas a unos centímetros de distancia, aún tomados de las manos.

Ya no reían.

«Suéltala, —le advirtió una voz interior—. Ahora. Ella no quiere esto».

Beau la soltó. Antes de avergonzarla. Antes de avergonzarse a sí mismo.

Pero Arabella no se apartó.

En cambio, lo miró, con la pregunta en los ojos.

Sin palabras, le respondió.

Entonces, ella lo besó.