Belleza Feroz Cincuenta #2
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Cincuenta #2

Beau se quedó petrificado.

—Oh, Dios mío.

Sus ojos se abrieron, horrorizados, al darse cuenta de lo que acababa de hacer.

Arabella apartó su mano con lentitud y tomó su propia cuchara.

Beau arrugó la servilleta mojada entre los dedos. Luego, la alisó. Luego, la dobló otra vez.

—Yo… no tengo ni idea de qué decir —murmuró.

No se reconocía. Siempre había sido un encanto con las mujeres; siempre elocuente, seguro… Pero esta noche estaba torpe, desgarbado, como un adolescente de catorce años con voz chillona y las rodillas temblando.

Percival volvió a salvarlo.

Entró con el decantador de vino blanco, rellenó sus copas y le indicó a Florian y a Henri que retiraran los platos.

—¿Qué sigue ahora, Percival? ¿Lo sabes? —preguntó Arabella mientras Beau daba un trago grande de vino.

—Me temo que no, Su Gracia. Phillipe solo me avisa cuando el plato está listo para servir.

—Qué pena —dijo Arabella—. A nuestro invitado le gusta estar al tanto de todo.

Beau soltó un bufido, pero logró no escupir el vino por toda la mesa.

Percival miró de un lado a otro —a Beau, que se sonaba la nariz en la servilleta, y a Arabella, que fingía una mirada de absoluta inocencia—, y luego se retiró hacia la cocina con expresión confundida.

—Eres malvada —indicó Beau, cuando pudo hablar de nuevo.

—Eso me han dicho —respondió Arabella.

Percival había dejado el decantador de vino sobre la mesa, en su prisa por traerle una servilleta nueva. Arabella lo tomó y llenó la copa de Beau. Cualquier resto de incomodidad entre ellos se había desvanecido.

—Hoy no hemos avanzado tanto como esperaba —comentó ella con un toque de pesar.

—Supongo que no, pero los pilotes que hemos logrado clavar en el foso van a quedarse ahí —respondió Beau—. El desafío es cómo meter el siguiente par.

Arabella, ya resignada a no encontrar sus dibujos, reunió la cubertería —la suya y la de Beau—. Colocó un cuchillo para untar de manera horizontal sobre la mesa.

—Como te decía, creo que ya tengo la solución. Digamos que esto es el umbral de la torre que hay en la puerta… —Puso dos tenedores cruzados unos centímetros más arriba—. Y estos son el primer par de pilotes…

Beau se inclinó hacia delante, con los codos sobre la mesa y la barbilla apoyada en la mano, observándola mientras explicaba la logística de colocar el segundo par de pilotes.

Le gustaba verla así, tan desarmada, tan apasionada por construir cosas.

Cómo fruncía la nariz, cómo entornaba los ojos, cómo se reclinaba en la silla tamborileando los dedos y luego se lanzaba hacia delante, entusiasmada por un nuevo hallazgo.

—Así que el mayor problema que tendremos mañana será la estabilidad…

La nuestra —indicó—. Tendremos que improvisar una especie de plataforma en la hendidura del primer par de pilotes, para apoyarnos mientras colocamos el segundo.

—Frunció el ceño, ante el diagrama que había hecho, y esbozó un par de ideas más—.

¿Qué opinas? —preguntó al terminar, pero Beau no la había escuchado.

Estaba demasiado absorto en el fuego de sus ojos y en la pasión de sus gestos—.

¿Beau…? ¿Beau? —Arabella golpeó con la palma la mesa, frente a él.

—¿Umm?

—¿Has escuchado una sola palabra de lo que he dicho?

Percival volvió a salvarlo.

—Chateaubriand con risotto de trufa y espárragos al vapor —anunció, reapareciendo con Florian y Henri.

Cuando colocaron los platos sobre la mesa, sirvió un vino tinto añejo, tan oscuro que parecía negro bajo la luz de las velas. A continuación, los tres regresaron a la cocina.

Beau tuvo que contenerse para no lanzarse de inmediato sobre su comida.

El filete, perfectamente sellado por fuera; la salsa bearnesa amarilla cubriéndolo con su aroma a mantequilla y estragón; el perfume embriagador del arroz trufado…

Se le retorció el estómago del hambre. Pero sabía que no debía empezar antes que su anfitriona, así que esperó a que Arabella tomara el primer bocado.

Entonces, cortó un trozo de carne y se lo llevó a los labios.

—Oh… Wow. Quiero decir… Maldita sea —exclamó.

La comida de Phillipe estaba hechizando tanto a Beau como a Arabella.

Cuando terminaron sus platos principales, Percival trajo el postre: una imponente tarta de chocolate, con capas de crema de mantequilla al café, ganache de chocolate y merengue de castaña.

Después, vinieron los quesos —unos desmenuzables, otros cremosos, otros mohosos y olorosos—.

Cerezas confitadas en azúcar, higos macerados en brandi , pequeños merengues y coñac.

Tras casi dos horas sentados a la mesa, Beau se recostó en su silla y gimió:

—Si doy un bocado más, los botones de esta chaqueta van a saltar por los aires.

«Y si bebo otro trago más, mi cabeza va a despegarse del cuello», pensó.

Arabella rio.

—Esa chaqueta te queda bien. De hecho, podrías pasar por un joven noble con ella. —Tomó un sorbo de vino, se recostó en su asiento y añadió—: ¿Por qué no lo haces?

—¿Por qué no hago qué? —preguntó Beau, confundido.

—Fingir ser un conde, o un vizconde. Que te inviten a bailes y fines de semana de caza en los grandes castillos. Tal vez, incluso a Versalles. ¿Por qué no? Así podrías robar con mucha más eficiencia.

Beau sonrió, sorprendido al descubrir que Arabella tenía un lado travieso, y fascinado por ello.

Se inclinó hacia delante, con los codos sobre la mesa.

—Nunca te había imaginado como una mente criminal, Bells.

Arabella también se inclinó hacia él.

—Piénsalo. ¿Dónde crees que están los diamantes más grandes? ¿En el cuello de la esposa de un terrateniente? ¿O colgando del escote de una gran duquesa?

—Tienes razón.

—Tendría que entrenarte primero.

—¿Entrenarme? —repitió Beau con una risa incrédula—. ¿En qué?

Arabella, con una sonrisa picara, respondió:

—En etiqueta cortesana. Títulos. Jerarquías. Por ejemplo: en un desfile real, ¿quién precede inmediatamente al rey, un duque o un vizconde? En una cacería, ¿cuándo puede un conde entregar su escopeta a un príncipe?

—Umm…

—Podrías hacerte pasar por un noble de un país lejano; así se te perdonaría cierta torpeza. Pero, al menos, tendrías que saber cómo disparar faisanes, pasar pastelitos, hablar de nada… y bailar.

—Sé bailar, Arabella.

—Ah…, ¿sí? ¿El minué? ¿Una contradanza?

—Bueno…, quizá no esas —admitió Beau.

—Te enseñaré —dijo Arabella. Se quitó el chal de los hombros y fue hacia la caja de música—. Este aparato toca distintos tipos de melodías.

Abrió un costado, cambió un cilindro de bronce por otro, y se dirigió hacia el espacio abierto del salón.

Beau la siguió, sintiéndose de pronto algo fuera de lugar, cohibido con sus ropas prestadas.

Había comido demasiado. Bebido más de la cuenta.

Se sentía exactamente como lo que era: un chico de la calle que no sabía comportarse.

Ropa cara, vinos finos, bailes cortesanos…

Todo eso pertenecía al mundo de Arabella; un mundo que él solo podía visitar.

Arabella hizo una reverencia, y él le devolvió una inclinación.

Ella se acercó a su lado y levantó un brazo.

Beau la miró sin saber qué hacer, cada vez más torpe. Entonces, ella tomó su brazo, lo alzó también, y colocó su mano sobre la de él, sonriendo. Su sonrisa era sincera. Su piel, sedosa. Su toque, cálido y suave. Lo calmó al instante.

—Paso y desliza, paso y desliza… Eso es —le indicó—.

Cabeza erguida, mentón alto. Brazos extendidos…

¡No! No, como una cigüeña. Así. —Beau suspiró.

La música era lenta; los pasos, complicados—.

Manos gráciles. Muy bien, ahora gira —lo animó Arabella—.

No, no… Hacia mí… Y ahora al otro lado. Eso es.

Ahora apoyo mi mano sobre la tuya y caminamos.

Los pasos son ligeros… ¡Ligeros, Beau! Y gira otra vez… Muy bien. Ahora repite.

Beau dejó caer los hombros.

—¿Repetir? ¿Quieres decir que tenemos que hacer esto otra vez? Voy a morir.

—¿Puedes dejar el drama?

—Pero es cierto. Me estoy muriendo.

Arabella lo soltó y se apartó un paso, con las manos en la cintura.

—¿De qué?

—De aburrimiento.

—Es una pavana, Beau. Una danza cortesana, refinada y elegante.

—Es una marcha fúnebre —dijo él con fastidio.

—¿Y qué harás si te invitan a un baile de la condesa viuda Von Bismarck y te pide que seas su pareja?

Beau se encogió de hombros.

—No iré.

Arabella alzó una ceja.

—Sería una pena. La condesa posee los pendientes de rubí más grandes que he visto.

Beau decidió devolverle la jugada.

—¿Y qué harías tú si te encontraras en la taberna del Cordero Desollado, bailando con Raphael, Señor de los Ladrones?

—La retó—. Ha robado la llave del cofre del posadero.

Podrías quitársela. Eres la mejor carterista de París…

, pero primero tienes que acercarte a él.

Y al Señor de los Ladrones le encanta bailar, pero no una pavana.

—Supongo que perdería mi oportunidad —respondió Arabella con una sonrisa resignada—. Solo conozco los bailes de la corte.

—Entonces, tienes suerte de que esté yo aquí —dijo Beau, animándose.

Se quitó la chaqueta prestada y la dejó sobre una silla. Luego, aflojó la corbata de seda que le rodeaba el cuello.

—Te enseñaré un baile de verdad —indicó—. Una gavota. Un rigodón. Una auténtica fiesta de campesinos. Solo necesitamos la música adecuada.

Caminó hacia la caja de música y revolvió los cilindros. Los títulos estaban grabados en ellos, pero no encontró lo que buscaba. Frunció el ceño, frustrado, hasta que chasqueó los dedos.

—¡Vamos! —dijo, tomándola de la mano, para atraerla hacia él.

—¿Adónde vamos?

—A bailar.

Casi todos los sirvientes estaban en la cocina cuando Beau y Arabella irrumpieron por la puerta. No tuvieron tiempo de hacer reverencias ni inclinaciones antes de que Beau gritara.

—¡ Lady Arabella quiere bailar! ¡Ey, Perce! ¿Sabes tocar algo?

—Bueno…, sí. Sí que puedo —dijo Percival, una vez superada su sorpresa.

El violín.

—¡Ve a por él!

—¿Perce? —articuló Arabella, incrédula, mirando a su mayordomo.

Percival puso los ojos en blanco.

—¿Y tú, Florian? ¿Tocas algo? —preguntó Beau.