Cincuenta
CINCUENTA
Beau observó su reflejo en el espejo, girando de un lado a otro.
Jamás había visto una prenda tan bonita, y mucho menos había llevado una.
Ponerse aquella levita era como envolverse en un trozo de medianoche.
La seda índigo brillaba bajo la luz de las velas; los botones de plata, engastados con zafiros, centelleaban.
Beau pellizcó uno entre el pulgar y el índice, examinándolo.
—¿Cuánto crees que vale uno de estos, Perce?
—No lo sé. Soy mayordomo, y no un traficante de objetos robados —replicó Percival con un resoplido, pasando las manos por los hombros de Beau para alisar la tela.
Lo miró por encima de las gafas, y sus ojos se encontraron en el espejo—.
Sin embargo, sé que hay seis botones al frente de la chaqueta y tres más en cada puño.
Será mejor que sigan todos ahí cuando me la devuelvas.
—¿De dónde ha salido esto? ¿Es tuya?
Percival soltó una risa.
—Dios mío, no. Pertenecía al duque, el padre de Arabella. —Rodeó a Beau y le ajustó el cuello del abrigo. Una sonrisa nostálgica curvó sus labios—. En sus años mozos, era un hombre realmente apuesto.
Beau llevaba altas botas de cuero negro, calzones color marfil y una suave camisa de lino blanco bajo el abrigo, con volantes en el cuello y los puños.
Percival tiró de uno de los puños, haciendo que el volante cayera justo en su lugar.
—La buena ropa es importante. Te hace querer mantenerte más erguido, alzar la cabeza. Te hace querer ser…
—Mejor —terminó Beau en voz baja. La palabra había salido sin pensar.
Percival dejó de arreglar el puño y lo miró, entrecerrando los ojos, como si viera algo que antes no había notado.
—Sí —afirmó—. Mejor. —Le dio una última vuelta, inspeccionándolo, y luego anunció—: Es hora de marcharnos.
Beau asintió y lo siguió, diciéndose que solo hacía esto por cortesía, para mantenerse en buenos términos con Arabella. Hasta terminar el puente, necesitaba su ayuda.
Pero la verdad era otra.
Ahora quería otra llave: la llave del misterio que era Arabella.
Quería girarla y ver qué abría. Nunca antes había deseado algo así; nunca se lo había permitido. Había aprendido hacía mucho que era mejor no querer nada, porque así dolía menos cuando no lo conseguías.
Las grandes puertas dobles del salón estaban cerradas.
Percival tomó los tiradores, las abrió de par en par, y Beau quedó maravillado, al igual que la primera vez que había puesto un pie en el castillo.
Las llamas crepitaban en la chimenea, llenando la sala de calor.
Rosas blancas y camelias, entrelazadas con hiedra, caían de los jarrones.
Delicados candelabros de plata sostenían velas encendidas.
La caja de música tocaba una melodía suave y acogedora.
Todo lucía aún más hermoso que aquella primera noche.
Excepto la cabecera de la mesa, que era un espectacular desastre.
Arabella estaba sentada allí, rodeada de pergaminos, libros, plumas y un tintero.
Había despejado un espacio para trabajar empujando el mantel, los candelabros, los floreros, los platos, las copas y los cubiertos, hasta formar una pila desordenada.
Tenía la cabeza inclinada. Dibujaba otra vez, con una intensidad casi maníaca.
Eso lo desconcertó.
Beau notó que llevaba un vestido de seda verde esmeralda.
El cuello se alzaba en la parte posterior; el corpiño, bordado con hilos dorados y perlas, caía en línea recta de un hombro al otro, ajustándose en la cintura.
Su brillante cabello estaba recogido y sujeto con una peineta de perlas.
Un chal azul oscuro descansaba en el hueco de sus brazos.
«Qué hermosa eres», pensó.
Entonces, sintió cómo el miedo le convertía los huesos en arena, y deseó con todo su corazón no haber venido. Quiso darse la vuelta y marcharse, pero ya era demasiado tarde.
Percival carraspeó.
—Perdón, Su Gracia… —empezó.
—Déjalo en cualquier parte, Percival —respondió Arabella sin levantar la vista.
—No puedo, Su Gracia. No es una bandeja. Es el señor Beauregard.
Arabella alzó la cabeza.
—¿Beau? —dijo.
Antes de poder evitarlo, su boca, sus ojos y todo su rostro se iluminaron en una sonrisa.
—¿Sigue en pie esa invitación para cenar? —preguntó él.
—Sí, por supuesto —respondió Arabella.
Beau se quedó inmóvil, hasta que Percival volvió a carraspear. Entonces, recordando dónde estaba, tomó una rosa de un jarrón, hizo una reverencia y se la ofreció.
—Oh, no tenías por qué molestarte —señaló ella con una sonrisa picara, aceptándola.
—Bueno —dijo, algo cohibido—. He intentado comprarte un ramo en el pueblo, pero todas las floristerías estaban cerradas.
Arabella soltó una risita, y los hombros de Beau se relajaron un poco. Volvían a su ritmo habitual de burlas y medias pullas.
—Siéntate… aquí —le indicó el asiento a su derecha, frunciendo el ceño ante el desastre que había montado.
Percival también frunció el ceño; parecía al borde del drama.
—La ayudaré, milady —dijo.
—No hace falta —respondió ella, empujando el mantel, los floreros, los saleros y las salseras más allá, en una maraña de lino arrugado y plata tintineante—. Listo. Ahora hay espacio de sobra.
Percival suspiró, extrajo dos juegos de cubiertos y los colocó frente a Arabella y Beau.
—¿Estabas trabajando en el puente? —preguntó Beau.
—Sí, y creo que ya he descubierto cómo hundir el segundo grupo de pilotes —respondió, señalando su dibujo.
—¿De verdad? ¡Eso es genial, Arabella! —indicó Beau con entusiasmo, aunque este se desvaneció cuando se sentó y vio todo el despliegue de cubiertos frente a él.
Había estado en muchos grandes salones antes, pero siempre como sirviente. Nunca como invitado.
—Perce —susurró por lo bajo—, los cubiertos.
—Tampoco debes robarlos —le advirtió Percival, severo.
—¡No iba a hacerlo! ¡Es solo que he olvidado cuál es para qué!
La expresión de Percival se suavizó, y le dio una palmada en la espalda.
—Empieza por fuera y ve hacia dentro.
El consejo hizo poco por calmarlo, pero, por suerte, Percival tenía un remedio más eficaz: una botella de champán enfriándose en una cubitera de plata.
Sacó dos copas de cristal y buscó un sitio donde colocarlas.
—Oh, Percival, no te compliques —reprendió Arabella—. Déjalas donde sea.
Percival apartó los dibujos de Arabella y una pila de libros. Luego, puso las copas y sirvió el champán. Cuando terminó, limpió el cuello de la botella, la devolvió a su baño de hielo y salió en dirección a la cocina.
Arabella levantó su copa.
—Por no ser devorados por los monstruos del foso.
Beau chocó su copa con la de ella.
—Salud —dijo, y se bebió la mitad de un trago. Para su profunda irritación, se sentía extrañamente tímido frente a ella. Nunca se sentía así con una mujer. Nunca.
Terminó de un trago el resto del champán.
—¿Ya estás seca y calentita? —preguntó.
«¿Ya estás seca y calentita?», repitió una voz dentro de su cabeza. «Acabas de sonar como una abuela».
—Lo estoy, gracias —respondió Arabella—. ¿Y tú?
—Un baño caliente me devolvió el alma al cuerpo —indicó, señalando su atuendo—. Percival me ha conseguido esto.
—Recuerdo esa chaqueta —dijo Arabella con una sonrisa melancólica—. Era la favorita de mi padre.
Beau no supo qué responder.
—¿Ya no está aquí? —preguntó con cautela.
Arabella no contestó, pero sus ojos se llenaron de tristeza, y Beau dedujo que había muerto.
—Pero sigue aquí… En tu corazón, me refiero, ¿verdad? —Añadió enseguida, haciendo una mueca ante su propia torpeza—. Lo siento, no debí tocar un tema tan delicado. Parece que tengo talento para eso.
En ese momento, Percival regresó con un paño de lino blanco, doblado sobre un brazo, y Beau se alegró de verlo —y de poder cambiar de tema—.
Tras él, iban Florian y Henri, con platos cubiertos por domos de plata.
Florian dejó el suyo frente a Arabella, y Henri frente a Beau.
Con una señal de Percival, levantaron las tapas.
—Vichyssoise con guarnición de crème fraîche y caviar —anunció Percival. Luego, se inclinó hacia Beau y le susurró al oído—: Eso, para ti, es sopa fría de patata.
Sirvió un vino blanco seco, perfectamente enfriado, y se retiraron a la cocina.
El incómodo silencio que Beau había provocado al mencionar al padre de Arabella se disipó, pero, mientras miraba su plato, una nueva incomodidad se instaló.
Nada en esa descripción —ni «fría», ni «patata», ni «sopa»—, sonaba apetecible.
Era el tipo de comida que él, Raphael y los demás comían cuando no tenían un centavo.
Aun así, hundió la cuchara en el tazón, se la acercó a los labios…
y se llevó una maravillosa sorpresa. La sopa era como terciopelo líquido sobre su lengua.
Sabía a un caldo rico, cocido a fuego lento, con patatas terrosas, crema fresca y pimienta negra.
El caviar era un punto de exclamación salado.
—Esto está increíble —dijo. Tomando otra cucharada—. Arabella, tienes que probarla.
—Umm, sí —respondió la joven distraída, estirando un brazo hacia los dibujos que Percival había movido, sin tomar siquiera la cuchara.
—No, en serio. Está buenísima —insistió Beau, entusiasmado por el placer que le daba la comida de Phillipe—. Tienes que probarla. Mira…
Metió de nuevo la cuchara en su plato, la llenó y se la acercó a Arabella. Pero, en su emoción, inclinó demasiado la cuchara y derramó el contenido sobre el hermoso corpiño verde de ella. Parecía que una gaviota hubiera volado justo encima.
Beau contuvo el aliento, horrorizado consigo mismo. ¿Cómo podía ser tan torpe? ¿Qué demonios le pasaba esa noche?
—Oh, Dios. Lo siento muchísimo —balbuceó—. Espera, lo arreglo.
Mojó una esquina de su servilleta en una jarra de agua y empezó a frotar con brío la mancha, decidido a eliminarla antes de que quedara marca. Tan concentrado estaba en su tarea que no notó cómo Arabella se tensaba, ni la expresión de mortificación que apareció en su rostro.
—¿Beau? —dijo ella, con la voz un poco más alta de lo normal.
—No te preocupes, de verdad, Arabella. Ya casi sale; la mancha está casi…
Arabella carraspeó.
—Beau, eso es mi escote —indicó con calma helada—. ¿Podrías no hacerlo?