Belleza Feroz Cuarenta y nueve
54%

Cuarenta y nueve

CUARENTA Y NUEVE

La noticia ha corrido entre los sirvientes.

Su señora y el ladrón van a cenar juntos.

Camille remueve la masa para una tarta. Usa el mejor chocolate, granos de café molidos, castañas confitadas y una pizca de pimentón. Todos saben que esa especia despierta la pasión.

Lucile, la esposa del jardinero, se envuelve en su chal de lana roja y se aventura hasta el invernadero para cortar flores para la mesa. Elige camelias para el anhelo y rosas para el amor.

Claudette, Josette, Florian y Henri preparan el gran salón como si Dios mismo fuera a cenar allí. Pulen la mesa, dan cuerda a la caja de música y colocan la mejor porcelana.

Y Phillipe, el chef, empieza a cocinar. No sabe si seguirá vivo dentro de una semana, pero sabe que la comida es amor.

Durante cien años, ha preparado sopa de pollo para su viejo amigo Valmont, que tose mucho tras pasar demasiados años respirando pólvora en los campos de batalla.

Durante cien años, ha asado huesos para Josephine, cuyo dolor de espalda proviene de levantar sábanas mojadas. La rica médula le hace bien.

Durante cien años, ha preparado pato con cerezas ácidas para Percival, el amor de su vida, que poco a poco se está perdiendo ante sus propios ojos. Sus articulaciones se endurecen, su paso se vuelve lento. Intenta ocultarlo tras pliegues impecables y palabras aún más afiladas, pero Phillipe lo ve.

Lucha por ellos —por todos ellos—, en su enorme estufa de hierro, como un general librando una guerra.

Lucha contra enemigos poderosos: la tristeza, el dolor, la desesperanza y la desesperación. Lucha con armas igualmente poderosas: cebolla, ajo, mantequilla y sal.

Pero, desde hace un tiempo, sabe que está perdiendo la batalla.

Lo ve en los hombros encorvados de Gustave. En las lágrimas de Claudette. En los ojos destrozados de Camille. Lo ve en los rincones polvorientos del castillo, en las habitaciones que ya nadie pisa y en los jarrones vacíos.

Arabella se ha rendido. Hace mucho tiempo. Él mismo está a punto de hacerlo. No sabe cómo seguir luchando. Requiere de más fuerza de la que cree tener.

Entonces, toma una trufa blanca que había estado guardando, la acerca a su nariz e inhala su aroma terroso. Le trae el recuerdo de la primera cena que preparó para Percival, hace tanto tiempo: tagliatelle con crema, vino blanco y finísimas láminas de trufa.

Era un joven chef, en la mansión parisina de un duque, y aquella trufa le había costado una semana de salario.

Bertrand, el panadero, le había dicho que estaba loco.

—¿Qué sabe un hongo del amor? —se burló.

—Más que tú —le respondió Phillipe.

Aquella noche sorprendió a Percival, que entonces era un ayuda de cámara. Solo estaban ellos dos en la enorme cocina, con una fuente de pasta, media botella de champán sobrante de la cena del duque y luz de velas.

Percival nunca había probado una trufa, y Phillipe todavía recuerda su expresión al hacerlo. Masticó el primer bocado, lo tragó y luego se inclinó sobre la mesa para besarlo directamente en los labios.

«Me enamoré esa noche», suele decir Percival.

«¿De mí?, —le replica Phillipe con una sonrisa—. ¿O de la trufa?».

Phillipe mira la pequeña joya que sostiene en su mano. Funcionó una vez…, ¿podría funcionar otra?

Aunque le duela tener esperanza, enciende una vez más la gran estufa. Calienta una olla con caldo de pollo, saca una bolsa de arroz y un trozo de parmesano. No hay tiempo para hacer pasta fresca, pero el risotto también sirve.

Valmont entra en la cocina con una bandeja de plata.

Percival lo sigue con un decantador de vino.

Ambos se quedan mirando la trufa.

—No funcionará —dice Percival con un suspiro.

Phillipe le lanza una mirada.

—No pienso rendirme. No puedo rendirme.

—Pero ellos no se aman. Ni siquiera se gustan. Es inútil.

—¿Qué es exactamente lo que es inútil? —pregunta Phillipe, alzando la voz.

—Todo. Absolutamente todo. Lo hemos intentado, Phillipe, ¿no es así? Una y otra y otra vez…

Phillipe golpea la olla contra la estufa y señala a Valmont.

—¡Nuestro viejo amigo no es inútil! —grita—. ¡Gustave, Lucile, Josephine tampoco lo son! ¡Las doncellas no lo son! ¡Ni siquiera Florian es inútil! ¡Importamos, Percival! Cada uno de nosotros. Esta también es nuestra historia.

El mentón de Percival tiembla. Los ojos se le llenan de lágrimas. La visión derrite la ira de Phillipe. Cruza la habitación y apoya su frente contra la de él.

—No eres inútil. Eres mi vida —dice con fiereza—. Y pelearé por ti hasta que el reloj se detenga. Hasta que las paredes se desmoronen en polvo. Hasta que exhale mi último aliento.

Percival asiente. Se seca las lágrimas y toca la mejilla de Phillipe, antes de darse la vuelta para salir de la cocina.

Phillipe lo observa marcharse, para tomar el rallador a continuación.

Este será el mejor risotto de trufa jamás hecho. Tan delicioso, tan seductor, que el ladrón no sabrá qué lo ha golpeado.

Solo cuando termina de rallar el parmesano se da cuenta de que Valmont sigue allí. Está apoyado en la mesa, con una expresión de dolor en el rostro.

El ceño de Phillipe se frunce, preocupado.

—¿Qué te duele ahora, viejo amigo? —pregunta—. ¿El hombro? ¿La rodilla?

Valmont niega con la cabeza.

Se toca el pecho.

En el lado izquierdo.

Donde está el corazón.