Belleza Feroz Cuarenta y ocho
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Cuarenta y ocho

CUARENTA Y OCHO

—¡Beau! ¿Beau? ¡Oye, Beau! Percival dice que tu baño está listo.

El joven despertó sobresaltado, sin saber dónde se encontraba.

Vio el rostro de Florian inclinado sobre él y comprendió que se había quedado dormido frente a la chimenea. Se frotó los ojos y se puso de pie poco a poco, listo para ir a los aposentos de los sirvientes.

—¡Ah, espera! Se me ha olvidado —continuó Florian—. No hay toallas. Claudette ha utilizado un montón para secar a la señora. Percival ha dicho que se las pidamos a Josephine.

Beau puso los ojos en blanco.

Camille levantó la vista de la masa que mezclaba.

—Josephine está en las habitaciones de la señora —dijo—. Ve al armario de la ropa blanca, Florian. Hay más toallas apiladas allí.

Este salió corriendo, y Beau se acercó a la mesa de trabajo de la panadera.

—¿Podría tomar una taza de café caliente? —pidió. Necesitaba algo que lo mantuviera despierto o se quedaría dormido en la bañera.

Camille se dispuso a llenarle una taza de la olla que había sobre la estufa y que siempre parecía estar caliente.

—Aquí tienes —dijo Florian al regresar, sosteniendo dos toallas. Se las entregó a Beau. Miró alrededor, y se inclinó hacia él para que Camille no lo oyera—. Creo que te has precipitado un poco al rechazar esa invitación para cenar.

Beau gimió.

—Tú también, no…

—El chef está en la despensa, cortando unos filetes gruesos.

—Gracias, Florian, pero eso sería un gran error…

—¿Eh?

—Olvídalo.

Con las toallas bajo un brazo, tomó la taza que Camille había dejado sobre la mesa. Quiso darle las gracias, pero ella ya estaba al otro lado de la cocina, hablando con Phillipe. Bebió un sorbo largo, y cerró los ojos mientras el calor se extendía por su pecho.

—¡Ey, son macarons ! ¡Esta sí que es mi noche de suerte!

Los ojos de Beau se abrieron de golpe. Fe estaba allí, con los dedos sobre una bandeja de dulces de Camille. Esperanza la acompañaba. La primera tomó uno y le dio un mordisco.

—Sin lugar a dudas, eres un idiota —dijo, masticando.

—También me alegro de verte, Fe —respondió Beau, dejando su taza sobre la mesa.

—¿No hueles eso? Phillipe está cocinando como loco —prosiguió ella, terminando su dulce, mientras caminaba en dirección a la estufa y metía un dedo en una olla—. ¡Umm! —exclamó, lamiéndoselo—. Esta salsa… está de muerte.

—Deberías cenar con Arabella —indicó Esperanza. Beau se negó, obstinado.

—No.

—¿Por qué? —insistió Fe—. ¿Estás enfadado porque no te ha contado todo lo que quieres saber? ¿Porque no te ha entregado la llave de su alma? No puedes robar todas las llaves, chico. Algunas tienes que ganártelas.

—Mides metro veinte —replicó Beau—. Deja de llamarme chico.

—¿Vas a cenar con ella o no? Tienes que comer, ¿no? ¡Y es noche de filete!

Beau vaciló, inseguro. Esas dos niñas insoportables tenían la costumbre de hacerlo dudar, de sacudirlo, haciendo que sus certezas se tambalearan, y lo empujaran hacia el terreno de las posibilidades.

—Nunca he cenado con la nobleza. ¿Qué se supone que hago? ¿Comportarme como un cortesano? No tengo ni idea —admitió. Luego, odiando haber mostrado siquiera un atisbo de vulnerabilidad, sonrió con arrogancia—. Supongo que siempre puedo ser el encantador y devastador rompecorazones que soy.

—¿Y si intentas ser su amigo, Beau? —aconsejó Fe, pero antes de que pudiera responder, escucharon pasos—. ¡Adiós! —susurró la niña, tomando otro macaron antes de salir corriendo de la cocina.

Esperanza se quedó un instante más.

—La culpa nunca ha construido un puente. Ni ha salvado una vida.

Un escalofrío recorrió a Beau. Era como si Esperanza hubiera mirado dentro de él, hasta dar con el verdadero motivo por el que no quería aceptar la invitación de Arabella: porque sentía que no debía estar sentado en un gran comedor, comiendo comida exquisita, mientras su hermano apenas tenía un plato de sopa caliente.

—¿Cómo sabes eso…? —empezó a preguntar.

Los pasos se acercaban.

—La bondad es un don raro en este mundo, Beau. Acéptala cuando te la ofrezcan.

—No necesito su bondad. No me servirá de nada.

—¿Quién ha dicho que hablo de ti? —respondió ella, y desapareció.

Percival entró en la cocina, seguido de Rémy. Llevaban varias bandejas en las manos. Mientras las colocaban sobre la mesa, Percival dijo:

—¿Por qué sigues aquí? Tu baño se enfría.

Beau asintió. Empezó a dirigirse hacia la escalera de los sirvientes, pero se detuvo y se dio la vuelta.

—Oye, Perce… —empezó.

—No me llames… —lo cortó Percival.

—Dile al chef que vamos a ser dos para la cena.