Cuarenta y siete
CUARENTA Y SIETE
Beau irrumpió en la sala.
Florian y Henri habían hecho tanto ruido al tropezar en la cocina que todos los sirvientes y damas de la corte habían acudido corriendo.
—Esto es todo culpa tuya —siseó Asonperides, mirando con odio a Beau, mientras este cargaba a una Arabella inmóvil a través de la habitación, hacia el gran hogar donde asaban carne—. ¿Adónde crees que vas? ¡Llévala arriba, a sus aposentos!
—No hay tiempo —dijo Beau—. Florian, ¿cómo va ese caldo? —preguntó por encima del hombro.
—¡Casi listo! —gritó Florian, mientras Phillipe servía el líquido dorado de pollo en una taza.
Beau colocó a Arabella de pie.
Esta se tambaleó, hasta desplomarse hacia un lado. Tratar de mantenerla erguida era como intentar sostener una marioneta sin cuerdas.
—¡Arabella! —Le dio una suave palmada en la mejilla—. ¡Despierta!
La joven apartó la cabeza con un gemido débil. Trató de rechazar su mano, pero Beau le sujetó la barbilla.
—Ponte de pie. Levanta los brazos —ordenó.
Arabella obedeció como pudo, y el joven le quitó el suéter empapado de un tirón, lanzándolo al suelo. Desabotonó su blusa y se deshizo de ella. Una larga hilera de botones bajaba por la espalda de su falda, pero él no se detuvo a desabrocharlos: tomó la cintura y la rasgó. La falda cayó al piso.
—Sal de ahí. Eso es… Acércate al fuego —indicó mientras apartaba la prenda mojada con el pie—. ¿Dónde están las mantas? —Rugió.
En ese momento, Claudette entró corriendo en la cocina, con los brazos cargados de sábanas. Josette la seguía con una bata y zapatillas.
Beau le arrebató una manta y la sostuvo en alto. Cubrió a Arabella de las miradas de los sirvientes y apartó la vista.
—Quitadle la ropa interior.
—¡Esto es el colmo de la indecencia! —chilló Gunezarev.
—Cállate, gárgola —replicó Beau.
Gunezarev soltó un graznido indignado.
—Rápido, señoritas. Rápido —apremió Beau—. ¿Ya está?
—Sí —respondió Josette.
—Frotadla con las toallas. Con cuidado en las orejas, los dedos y los pies. Puede haber sufrido congelación.
Las doncellas obedecieron, secando la humedad de la piel de Arabella y devolviendo algo de calor a su cuerpo.
—Ponedle la bata y las zapatillas —ordenó Beau en cuanto terminaron—. ¡Henri! Trae una silla aquí. Cúbrela con una manta.
Arabella permanecía encorvada, abrazándose a sí misma, temblando sin control.
Beau la guio hasta la silla y la hizo sentarse. Tomó los bordes de la manta y los dobló a su alrededor. Colocó otra sobre sus hombros y cabeza, y se arrodilló para envolverle los pies con una tercera.
Florian apareció con una taza de caldo y se la entregó.
—Tienes que beberte esto —dijo Beau, ofreciéndosela—. ¿Puedes sostenerla?
Arabella asintió.
—G-g-gracias —murmuró, derramando un poco de caldo al tomarla. Sopló con suavidad antes de dar un sorbo. Otro escalofrío la recorrió—. Todavía puedo ver esa cosa —dijo con voz trémula—. Es lo último que recuerdo. ¿Qué pasó después…?
—Salté detrás de ti, pero Henri, el mata-monstruos, ha sido el que ha salvado el día —explicó Beau, con una sonrisa para el chico.
Henri sonrió en respuesta, orgulloso.
—¿De verdad? —preguntó Arabella, volviéndose hacia él—. Gracias, Henri. Yo…
—¿Dónde demonios está? ¡Voy a hacerlo pedazos, lo juro por Dios!
La voz profunda de Valmont retumbó en la cocina. Su cuerpo entró poco después. Se acercó al hogar y su mirada recorrió la habitación: las ropas mojadas de Arabella esparcidas por el suelo, y ella acurrucada junto al fuego. Se remangó, cerrando el puño.
—Se acabó para ti, ladrón —gruñó.
Arabella lo detuvo.
—No, Valmont —dijo—. Ha sido por mi culpa. Beau me ha salvado la vida.
Valmont la miró con escepticismo, pero bajó el puño.
Beau se incorporó para explicarle lo ocurrido, pero casi cayó al suelo.
Florian lo sostuvo a tiempo.
—Beau, ¿qué te pasa? —preguntó Arabella, alarmada.
—No lo sé —dijo él, mirando sus manos. Los dedos estaban azules, y las manos temblorosas.
Desde que Arabella había caído al foso, no había pensado en nada más que en salvarla. Ahora los dientes le castañeteaban, las piernas le flaqueaban y todo su cuerpo temblaba.
—Dadle una manta, rápido —ordenó Arabella.
Florian le envolvió los hombros, y Arabella lo hizo sentar en su propia silla.
—Henri, aviva el fuego —dijo—. Ayudadlo a quitarse la ropa mojada.
Mientras Henri se deshacía de las botas, Percival entró apresurado.
—Haré que retrasen la cena, lady Arabella, y que le preparen un baño caliente —anunció.
Arabella se levantó, sosteniendo las mantas alrededor de sí, y se volvió hacia Beau.
—Si puedes perdonarme por casi matarnos a los dos, me gustaría que cenaras conmigo.
Beau arqueó las cejas.
—¿En el baño?
Florian y Henri se echaron a reír, y las doncellas reprimieron las carcajadas.
Arabella carraspeó.
—No, no en el baño. En mi mesa. Para cenar.
Fue como si hubiese lanzado fuegos artificiales en la cocina. Todos los presentes —sirvientes y damas— contuvieron el aliento mientras sus palabras flotaban en el aire, brillando.
Y Beau, que se había lanzado al agua helada y había enfrentado monstruos infernales sin pensar un segundo en su seguridad, de repente sintió miedo.
Había sido tan estúpido lo que había hecho.
¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué había arriesgado su vida — su vida —, por una chica que ni siquiera tenía la cortesía de darle una respuesta sincera sobre sí misma, de su castillo o de las criaturas que lo habitaban?
No lo sabía. Pero ahora se sentía atrapado. Todos lo miraban.
«¿Creen que debo sentirme deslumbrado por la oferta de Arabella? ¿Agradecido?, —pensó—. ¿Cómo un campesino invitado a la mesa de su señora?».
Pues no lo estaba.
Sí, le había salvado la vida, pero solo porque la necesitaba. Ella construiría el puente para él. Para llegar hasta su hermano. Esa era la razón. La única razón.
Asonperides lo observaba como si sospechara que había algo más que gratitud en él; como si sus ojos oscuros pudieran ver el nuevo y extraño sentimiento que había echado raíces en su corazón.
—No, gracias —dijo Beau—. No tengo hambre.
Su negativa le hizo daño a Arabella; él lo notó. Sus ojos se entrecerraron un instante por el dolor, pero luego los abrió, controlada.
—Por supuesto —respondió con calma, esforzándose por mantener la compostura—. Estoy segura de que estás exhausto por tus actos heroicos. Nos veremos por la mañana. —Se levantó y salió de la cocina.
Sus doncellas y damas la siguieron.
El brillo en el aire se apagó.
Los sirvientes que quedaron exhalaron un suspiro colectivo, liberando la esperanza como humo agrio.
Beau sintió irritación ante sus expectativas. Lo que se reflejó en su voz al hablar:
—¿Alguna posibilidad de un baño para mí, Monty? ¿Y ropa seca, quizá?
Valmont negó.
—Claro que sí: te daré un baño…, lanzándote de nuevo al foso.
Percival intervino:
—Te prepararemos uno en los aposentos de los sirvientes. Quédate junto al fuego, o te vas a morir de frío.
Beau asintió, subiendo la manta hasta el cuello. Sentía más frío que antes.
La temperatura en la habitación había descendido. Hasta estar por debajo de cero.