Belleza Feroz Cuarenta y seis
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Cuarenta y seis

CUARENTA Y SEIS

—¡Arabella, no! —gritó Beau.

Se lanzó hacia ella, tratando de agarrarle el brazo, el suéter, la falda… Lo que fuera, pero fue demasiado tarde. La vio golpear la superficie del foso, y cómo el agua gris se cerraba sobre ella.

—No, no, no, no… Vamos, Arabella, sabes nadar, ¿verdad?

—balbuceó, buscándola con desesperación con la mirada.

Pero no había rastro de ella. Por una vez, no pensó, no calculó, no midió los riesgos ni las recompensas—.

Voy a por ella —dijo, tomando una bobina de cuerda—.

El agua está helada. No aguantará más de unos minutos.

—¿Dónde está? —preguntó Florian.

Él y Henri estaban ahora de rodillas en el borde.

Mientras hablaba, Arabella emergió a la superficie, jadeando y escupiendo.

—¡Allí! —gritó Henri, señalando a unos metros a la izquierda de los pilotes.

—¡Arabella! —La llamó Beau—. ¡Nada hacia los postes!

Ella asintió. Sus brazadas eran torpes, frenéticas, y removían el agua a su alrededor.

Beau se ató la cuerda alrededor de la cintura con un nudo firme. Miró hacia abajo otra vez: Arabella había llegado a los pilotes. Trató de aferrarse a uno, pero las manos se le resbalaron.

—B-Beau, l-l-lánzame una cuerda —gritó con dificultad.

Estaba casi congelada, y su ropa empapada. Beau sabía que jamás podría trepar por la muralla del castillo sin ayuda.

—¡Voy por ti! —gritó—. ¡Ya voy! Aguanta… —Pero sus palabras se apagaron. Ya no la miraba a ella, sino que observaba más allá—. Arabella, shhh… No hables. No te muevas.

—P-p-por favor… Beau…, hace tanto frío…

—Arabella, quédate quieta.

—B-B-Beau…, la cuerda…

—¡Maldita sea, Arabella, cállate! ¡Pueden oírte! ¡Pueden sentirte!

Temblando, la joven le lanzó una mirada de confusión, pero luego giró la cabeza hacia donde él miraba.

Beau la escuchó jadear, y volvió a mirarlo con ojos suplicantes.

—Voy a sacarte. Lo prometo. Solo… quédate… quieta.

El miedo le clavó las garras a Beau, como las de un halcón sobre un conejo. Sabía que solo tenía unos minutos para salvarla.

—¡Henri, distráelos! ¡Lanza algo! ¡Cualquier cosa! —ordenó—. ¡Tíralo lejos de ella!

Henri corrió dentro de la torre y volvió con el asa rota del cabrestante, una piedra y trozos de una jarra rota. Los arrojó sobre el umbral y empezó a lanzarlos al agua, lo más lejos de Arabella que pudo.

Beau comprobó el nudo en la cuerda que se había atado a la cintura, y entregó el resto de la bobina a Florian.

—Pásala por ahí. —Señaló un anillo de hierro incrustado en la pared del arco—. Después, recoge la cuerda. Rápido.

Florian obedeció, tirando de la cuerda, mano sobre mano, a toda prisa.

—Bien. Ahora suéltala poco a poco.

Mientras Florian le daba algo de holgura, Beau retrocedió hasta el borde del umbral, con los pies equilibrados en el filo, y empezó a bajar por la pared, paso a paso, con cuidado.

Era difícil: gruesas enredaderas crecían desde el foso y se aferraban a la piedra, enredándole los pies.

Miró por encima del hombro y vio que muchos de los monstruos ya no se movían hacia Arabella, sino que se revolvían en el agua, girando sus horribles cabezas hacia los objetos que Henri lanzaba.

Muchos, pero no todos.

Observó a Arabella. Ella ya no lo miraba a él, sino a la cosa que estaba a una yarda de distancia: algo sin ojos ni labios, con gusanos retorciéndose en lo que quedaba de sus mejillas.

Todo dentro de Beau le gritaba que se diera prisa, pero sabía que, si resbalaba y perdía el equilibrio, perdería segundos preciosos balanceándose sin poder hacer nada.

—Oh, Dios… No, por favor…

Era Arabella.

Beau se arriesgó a echar otra mirada: el monstruo estaba a poco más de un pie de ella. Movía la cabeza como si pudiera olería.

Henri se llevó los dedos a la boca y lanzó un silbido agudo.

—¡Eh! ¡Aquí arriba, preciosa! —gritó—. ¡Mira lo que tengo para ti!

El monstruo se detuvo e inclinó su horrible rostro.

Entonces, Henri, sosteniendo un contrapeso de hierro de casi diez kilos, lo extendió sobre el agua, justo entre Beau —en la pared— y Arabella, que se aferraba al pilote. Murmuró una oración apresurada y lo soltó. El peso golpeó el cráneo del monstruo con un crac y lo hundió bajo la superficie.

Un momento después, Beau estaba en el agua junto a Arabella. Ella temblaba tanto que ya no podía hablar. La tensión de la cuerda en su cintura lo mantenía a flote.

—¡Henri! ¡Lánzanos más cuerda! —gritó.

Henri, asomado aún sobre el borde, asintió.

Desapareció y regresó enseguida con otra bobina.

Sujetó un extremo y lanzó el resto hacia Beau, que la atrapó y la pasó alrededor de la cintura de Arabella.

Sus dedos, entumecidos por el frío, estaban torpes y rígidos.

Le llevó varios intentos hacer un nudo, pero finalmente lo consiguió.

—Tienes que subir por la pared, igual que yo —le dijo—. Florian y Henri tirarán de ti. Ellos cargarán con la mayor parte de tu peso. Es difícil, pero puedes hacerlo.

Arabella asintió. Beau la guio hasta la pared y la ayudó a mover el cuerpo para que apoyara los pies planos contra la piedra. La nieve caía con más fuerza, arañándole los ojos.

—¡Henri, Florian, tirad de ella! —indicó.

Los dos chicos habían pasado su extremo de cuerda por el anillo de hierro del muro, al igual que con la de Beau.

Tiraron con fuerza, y Arabella empezó a subir, pulgada a pulgada, mientras el agua se escurría de su ropa empapada.

El progreso era lento pero constante… hasta que, a mitad del trayecto, el pie derecho se le resbaló.

Cayó hacia delante y golpeó la pared con fuerza, quedando suspendida, impotente.

—¡Vamos, Arabella! ¡Reacciona! —murmuró Beau entre dientes, lanzando una mirada nerviosa detrás de sí. No sabía qué lo alcanzaría primero: los monstruos o el frío mortal.

Con un esfuerzo doloroso, Arabella se enderezó. Con lentitud, siguió subiendo, mientras sus extremidades temblaban por el agotamiento. Cuando por fin estuvo lo bastante cerca, Florian la agarró por el suéter y la puso a salvo.

—¡Tu turno, Beau! —gritó Henri—. ¡Ahora! ¡Ya!

Este vio los ojos del chico fijos en algo que había por detrás de él. No necesitó mirar para saber qué era. En cuanto sintió la tensión de la cuerda, levantó las piernas, apoyó los pies en la pared y empezó a subir.

No había dado más de dos pasos cuando una mano huesuda le sujetó la pierna. Tiró con fuerza, y Beau resbaló. Golpeó la pared, quedó colgando, con ambas piernas luchando contra la criatura. Más monstruos se abalanzaron sobre él, gruñendo y lanzando zarpazos.

Beau pateó con más fuerza, mientras intentaba mantenerlos alejados, y una lluvia de piedrecillas caía sobre él desde arriba.

Levantó la vista.

Florian había resbalado hacia delante, enviando los escombros por el borde del umbral. Se había enderezado, pero su rostro estaba rojo por el esfuerzo. Henri, justo detrás de él, sostenía la cuerda con todas sus fuerzas, luchando contra el peso muerto.

—¡Escala, Beau! ¡No podremos sostenerte mucho más! —gritó Florian.

Beau dio una fuerte patada. Su pie chocó con un cráneo. Los dedos que se aferraban a su tobillo se soltaron. Sus pies, arañando la piedra, encontraron apoyo. Levantó las piernas bajo su cuerpo y comenzó a subir de nuevo.

Paso a paso, Florian y Henri retrocedieron desde el borde. Con los brazos temblorosos y los tendones marcados en el cuello, lograron mantener la cuerda firme mientras ascendía por la pared.

Después de lo que pareció una eternidad, alcanzó el borde y se lanzó por encima de él.

—B-b-bien hecho, chicos —dijo.

Los dientes le castañeteaban sin control; su cuerpo entero parecía hecho de hielo. Intentó desatar la cuerda de su cintura, pero estaba endurecida por el frío, y sus dedos inútiles solo lograban tirar de ella con torpeza.

Florian la cortó con un cuchillo.

—D-d-dónde… —empezó a decir Beau, pero antes de terminar la frase la vio. Estaba tendida en el suelo de la torre, encogida como una bola temblorosa—. ¡Arabella! —gritó, tambaleándose hacia ella.

Esta abrió los ojos. Estaban lejanos y desenfocados.

—T-t-tengo tanto frío —tartamudeó.

—Henri, ¿el asador de la cocina está encendido? —preguntó Beau mientras la incorporaba, sentándola con cuidado.

El chico asintió.

—Aviva el fuego debajo. Florian, dile a Valmont lo que ha pasado. Prepara toallas, mantas y caldo caliente. ¡Rápido!

Florian y Henri salieron corriendo.

Con las últimas fuerzas que le quedaban, Beau levantó a Arabella en brazos y atravesó la torre.

Al poco, corrió.

No por su vida, no esta vez.

Por la de ella.