Cuarenta y cinco
CUARENTA Y CINCO
Se oyó una exclamación, un grito, un chapoteo y luego:
—¡Oh, maldito pequeño bastardo! ¡Asqueroso monstruo! ¡Maldita sea! ¡Maldita sea todo hasta el infierno!
Beau miró a Arabella.
—Eso ha sido un poco impreciso. Piénsalo. Di lo que quieres decir. Alguien me dijo esto en una ocasión.
—¡Condena este desdichado desastre a las fétidas profundidades del inframundo y mételo directo por el trasero del diablo!
—Mucho mejor —indicó Beau, reprimiendo una sonrisa.
Lo que acababa de pasar no tenía nada de gracioso, pero Arabella sí lo era. Descubrió que, cuando estaba enfadada, maldecía como una pescadera.
En ese momento, miraba el foso, con las manos en las caderas, observando los trozos de madera labrada que flotaban en la superficie del agua.
—No podemos seguir perdiéndolos —informó—. No tenemos un suministro infinito.
Eran casi las cuatro.
Desde esa mañana temprano, ella y Beau, junto con Florian y Henri, habían intentado clavar un poste de madera en el barro del foso, para formar el primer par de pilotes del puente.
En el primer intento, no lo hundieron lo suficiente y se cayó.
En el segundo, dieron con una roca, y el poste salió disparado como un corcho, antes de caer al agua.
En el último, lograron anclar uno, pero el segundo resbaló y chocó con el primero con tal fuerza que ambos cayeron, casi arrastrando a Henri y Florian con ellos.
—Estamos perdiendo la luz —anunció Beau, mirando el cielo. Unos cuantos copos de nieve comenzaron a caer—. Está haciendo más frío y estamos cansados. Tal vez, deberíamos dejarlo por hoy.
Aunque Beau temía que Arabella se agotara, la idea de terminar el día sin más resultado que cuatro postes flotando en el foso lo desanimaba profundamente. Cada día sin progreso era otro día en que Matteo no recibía la ayuda que necesitaba.
Arabella, sin embargo, no parecía nada cansada.
—No estoy lista para rendirme —dijo—. Necesitamos saber si esto va a funcionar. Si no, tendré que idear otro plan. Esta noche.
—O mañana.
—O esta noche —replicó Arabella con firmeza.
Beau alzó una ceja.
—Vaya, Su Gracia, si no fuera por lo que sé, diría que quiere deshacerse de mí.
—El tiempo se agota. Has dicho que necesitas cruzar las montañas antes de que la nieve cierre el paso, ¿no es así?
—Sus palabras fueron secas y tajantes, y Beau detectó la ansiedad en ellas.
¿Era por él? ¿O por ella misma? No tuvo mucho tiempo para pensarlo, porque Arabella se alejó con paso decidido, haciéndole señas para que la siguiera.
«Es tan distinta», pensó mientras la observaba atravesar la torre de la puerta hacia el patio donde Henri trabajaba con más postes.
El pañuelo de su cabeza se le había caído hacía rato.
Se había recogido el cabello deprisa, en una coleta, atada con un trozo de cuerda.
Su falda estaba manchada de tierra. Había rasgado su chaqueta.
Pero el cambio en ella iba más allá de la ropa.
No solo parecía diferente; era diferente.
Beau la observaba, buscando qué era exactamente lo que había cambiado.
Era su rostro, decidió. Tan a menudo cerrado e inescrutable, ahora estaba tan abierto como el cielo.
Cuando parecía frustrada por un problema, la irritación lo ensombrecía como nubes cubriendo el azul del cielo.
Pero, cuando encontraba la solución, la satisfacción que él veía era como el sol abriéndose paso entre las nubes.
Beau seguía mirándola mientras se inclinaba junto a Henri y Florian, que acababan de afilar un poste. Entonces, lo comprendió: así es la Arabella feliz.
Por alguna razón que no podía explicar —ni quería—, su felicidad lo conmovía.
—La gente ha hecho esto sin martinetes. Nosotros también podemos —les dijo a los chicos, mirando cómo levantaban el pesado poste, lo llevaban hasta la torre y bajaban la punta al agua.
—Inclinadlo un poco hacia la izquierda… Eso es… Ahora, sostenedlo con firmeza —instruyó ella, y luego se volvió—. ¿Beau? ¿Estás listo?
Este salió de su ensimismamiento y levantó un mazo.
Tras asegurarse de que Arabella estuviera fuera del alcance, alzó el martillo y lo bajó con todas sus fuerzas sobre el pilote.
Era un trabajo duro. Tenía que apuntar bien, golpear en ángulo y descargar todo su peso, una y otra vez, hundiendo el poste más y más en el barro.
El impacto le sacudía los brazos y, aunque hacía frío, el sudor le corría por el cuerpo.
Finalmente, cuando la parte superior del poste quedó a unos sesenta centímetros por encima del umbral, Arabella le hizo una señal para que parara.
Él lo hizo con gusto, jadeando, mientras apoyaba el mazo en el suelo de piedra. Los músculos de sus brazos temblaban, y le dolía la espalda. La nieve, ahora más densa, se acumulaba en su cabello y pestañas.
Arabella sujetó el pilote con ambas manos. Empujó. No se movió. Tiró de él hacia sí. Tampoco.
—¡Sí! —gritó llena de júbilo—. ¡Está firme! —Miró el cielo—. Está cayendo la tarde. Pongamos el segundo y atémoslo al primero. Así podremos empezar mañana con el primer par terminado.
Como antes, Florian y Henri afilaron un extremo de otro poste largo y lo sostuvieron firme mientras Beau lo golpeaba. El segundo pilote fue más rápido. Arabella lo probó de nuevo: resistió.
—¡Hurra! —celebró—. ¡Lo hemos logrado! Sabía que podíamos hacerlo. Solo falta atar los dos postes y terminamos por hoy.
Corrió de nuevo hacia la torre y salió unos segundos después, trotando, con una bobina de cuerda en los brazos.
Lo que ocurrió después, tal vez no habría pasado si el sol no estuviera poniéndose, si la nieve no cayera con más fuerza o si la temperatura no siguiera bajando.
El pie de Arabella pisó un parche de hielo cubierto de nieve. Resbaló, soltó la cuerda y cayó hacia delante.
Hubo un grito, un revoloteo de faldas… y desapareció.