Cuarenta y cuatro
CUARENTA Y CUATRO
Arabella estaba en el umbral de la torre que guardaba la puerta, mirando fijamente al otro lado del foso, con el ceño fruncido.
Beau estaba junto a ella, inquieto como un caballo de carreras, con cada nervio de su cuerpo vibrando de impaciencia. Quería empezar, moverse, tomar un martillo y clavar cosas, y construir el puente.
Pero Arabella aún trataba de averiguar cómo hacerlo sin que nadie muriera.
—Para que mi plan funcione, mucho depende de la resistencia a la tracción de la madera —dijo, y enseguida se lanzó con una explicación sobre la fuerza de carga, el centro de masa, la deflexión y varios otros términos que él no entendía.
Mientras ella hablaba, Beau cambió de peso y, sin querer, empujó una piedra con el pie, que cayó al agua con un plunk profundo.
Unos segundos después, una docena de rostros horrendos emergieron, gruñendo y chasqueando los dientes.
Más se unieron al bullicio, atraídos por el ruido, hasta que el foso se convirtió en una masa hirviente de monstruos podridos.
—¿Tenías que provocarlos? —preguntó Arabella—. No puedo oírme pensar.
Beau no respondió. Solo miraba a un muerto sin mandíbula del que salía una salamandra por la cuenca del ojo.
Quería preguntarle cómo era posible que un cadáver nadara en el foso, gruñéndoles así.
Deseaba preguntarle tantas cosas…, pero Arabella había dejado claro que no iba a responder.
Sus preguntas la enfadaban, lo cual no le importaba; pero también la asustaban, y eso sí lo inquietaba.
Ojalá supiera por qué le temía a Esperanza y a Fe.
Ojalá confiara en él lo suficiente como para contárselo.
Y, lo peor de todo, ojalá supiera por qué deseaba saberlo.
¿Por qué le importaba? Arabella, su vida, este lugar, la gente que vivía aquí…
Nada de esto debía importarle. Matti era lo único que importaba. Su única prioridad.
—¿Estás segura de esta idea tuya? ¿Los pilotes de madera, las tablas? —preguntó con frustración contenida en la voz.
—En absoluto.
—¿Por qué no lanzamos una cuerda al otro lado? Podría cruzar el foso a pulso. Soy lo bastante fuerte.
—¿Y quién va a atar la cuerda al otro lado?
—Alguien.
—Eso suena un poco vago.
—Alguien tiene que rondar por el bosque, haciendo algo, yendo de algún sitio a otro —refunfuñó.
Arabella le lanzó una mirada de reojo que le decía que estaba siendo tonto e inútil.
—¿Y si atamos la cuerda a una flecha? —propuso—. ¿Y la disparamos contra un árbol?
Arabella lo consideró un momento y luego respondió:
—Una flecha disparada desde un arco largo, que tiene una tensión de unas ciento cincuenta libras, viajando, digamos, a unos ciento setenta pies por segundo, sobre una distancia de unas cuarenta yardas…
Probablemente generaría la fuerza suficiente para perforar el tronco de un árbol, pero ¿se clavaría lo bastante profundo?
Y aunque lo hiciera, la cuerda estaría unida solo al asta de la flecha.
—Miró hacia abajo, a los monstruos—. ¿De verdad quieres confiar tu vida a un pedazo delgado de madera?
—¿Y si hacemos la flecha de metal, como un atizador? Y la disparamos con un arma.
—Eso se llama arpón. ¿Tienes uno?
La frustración de Beau estalló. Echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un largo y sonoro gemido. Llevaban allí media hora y no habían avanzado nada. No estaba ni un centímetro más cerca de Matti. Cada minuto que pasaba era como un rastrillo de dientes afilados arrastrándose sobre su corazón.
Arabella, indiferente a su queja, siguió concentrada en el espacio entre el castillo y la orilla opuesta.
—Durante sus conquistas —habló al rato—, en lo que ahora llamamos Alemania, Julio César construyó un puente de madera de trescientos metros sobre el Rin. ¿Lo sabías?
—No, pero sea lo que sea lo que hizo, hagámoslo nosotros también.
—Él tenía los bosques de la Galia para talar madera y cuarenta mil hombres para cortarla.
Construyeron enormes martinetes en la orilla, los movieron al agua y clavaron soportes en lo más profundo del lecho del río.
Luego, conectaron los soportes con vigas horizontales, pusieron tablones encima y marcharon al otro lado.
Todo eso en solo diez días. —Se volvió hacia Beau—. Podemos hacer una versión modificada.
—¿Y ahora quién es el tonto? —replicó Beau.
—De verdad creo que podemos. Basé mi dibujo en los sencillos y elegantes puentes peatonales de bambú construidos por los pueblos rurales de la India. Funcionan igual que el puente de César, en esencia, pero son mucho más fáciles de construir.
—Arabella…, no tenemos bambú.
—No, no tenemos. Tendremos que usar tablones de roble. No son tan flexibles, pero servirán… Creo.
— Crees —repitió Beau, mirando de nuevo a los monstruos.
Arabella desenrolló su dibujo.
—Verás, si simplemente…
Pero antes de que pudiera terminar la frase, una ráfaga helada le arrancó el papel de las manos. El viento sostuvo el dibujo unos segundos sobre el foso y luego lo dejó caer al agua. Los monstruos lo destrozaron.
—Vaya, un buen presagio —indicó Beau.
Sin inmutarse, Arabella tomó un trozo de carbón de uno de los braseros del arco de la puerta y entró en la torre. Las paredes interiores, protegidas del clima, eran lisas y de un gris claro. Se acercó a una y comenzó a dibujar.
—Clavaremos los pilotes en pares diagonales, formando equis.
No debería ser muy difícil, mientras haya suficiente capa de barro para hundirlos.
El primer par va aquí. —Marcó una equis en la pared—.
A unos treinta centímetros de la puerta.
El siguiente par va a un metro del primero.
—Trazó otra equis—. No podemos espaciar más porque cada soporte servirá de plataforma para construir el siguiente, ya que no tenemos el lujo de usar martinetes móviles…
El entusiasmo coloreó la voz de Arabella. Sus movimientos, siempre contenidos y precisos, se volvieron amplios y expresivos. El esfuerzo le dio color a las mejillas pálidas. Sus ojos, normalmente velados, brillaban ahora como mercurio líquido.
Beau la observaba, asombrado y en silencio, mientras dibujaba, fruncía el ceño, borraba un error con la manga y volvía a empezar. Le parecía como si una mariposa acabara de salir del capullo y desplegara sus magníficas y resplandecientes alas.
Ella seguía hablando, seguía dibujando, girando hacia él de vez en cuando, pero Beau no estaba seguro de que realmente lo viera. Arabella veía otra cosa, algo que él no podía. Veía líneas y ángulos, fuerzas y contrafuerzas, tensión y equilibrio. Veía elegancia, belleza y fortaleza.
Y, por primera vez, por primera, vez , Beau la vio de verdad.