Belleza Feroz Cincuenta y tres
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Cincuenta y tres

CINCUENTA Y TRES

Arabella era una pesadilla hecha realidad.

Un hilo plateado de saliva le caía del hocico. El terciopelo de su pelaje estaba erizado, y los labios retraídos en un gruñido feroz.

Pero fueron sus ojos los que hicieron que el estómago de Beau se encogiera. No había nada en ellos. Ni compasión, ni piedad. Solo fría y metódica inteligencia. Lo observaba como un lobo estudia a un ciervo, calculando la mejor manera de hacerlo caer.

Cada vez se acercaba más, la cabeza baja, los ojos clavados en él.

«No te molestes en correr, —decían—. No lo lograrás».

Pero Beau no podía creer que ella fuera a atacarlo. No, hasta el último segundo.

Fue como si una cuerda invisible se rompiera. Ella se lanzó sobre él, rugiendo, con los colmillos desnudos.

Beau apenas tuvo tiempo de levantar un brazo para protegerse la garganta.

Las garras fallaron su objetivo y, en su lugar, desgarraron tela y piel, haciéndolo sangrar.

El impacto lo lanzó al suelo. Mientras caía, la bestia chocó con una pared, pero con la agilidad felina de un depredador, se giró antes de golpearla.

Sus ojos se estrecharon llenos de furia; las orejas se aplanaron contra su cráneo y se preparó para embestir de nuevo.

Beau no tuvo tiempo de levantarse antes de que ella volviera a lanzarse sobre él.

—¡Arabella, soy yo… yo ! —gritó, sujetándola por los hombros.

Ella se abalanzó otra vez, con los dientes chasqueando a pulgadas de su rostro.

Mientras forcejeaba para mantenerla alejada, percibió varias voces a su alrededor.

Le gritaban a ella. Valmont blandía una barra de hierro y Percival había agarrado un leño de la pila junto a la chimenea.

Beau oyó también la voz de Camille, que llevaba un cuchillo de trinchar.

Todos intentaban ayudarlo, distraerla y salvarlo.

—Para, Arabella, por favor… , antes de que me mates —jadeó Beau.

Sus palabras lograron lo que los gritos y las armas no pudieron.

Con un rugido, ya no de ira, sino de angustia, Arabella retrocedió. Por un instante, la chica humana —asustada y atormentada—, emergió en lo profundo de sus ojos plateados.

Beau se incorporó con lentitud.

—Está bien. No debes tener miedo —le dijo con suavidad.

Arabella vaciló.

Beau sintió que lo escuchaba. Sintió que quería creerle. Pero entonces se sacudió, como un lobo que se quita el agua, y con un último rugido desgarrado, se fue. Salió del gran salón, atravesó las puertas del castillo, y se perdió en la tormenta de nieve.

Beau, apretando su brazo herido, la vio marcharse. Luego, se volvió hacia los demás.

—¿Arabella es la bestia? ¿ Arabella ? —preguntó, con la voz quebrada.

Percival asintió.

Dentro de Beau, la ira estalló, y se plantó frente a Valmont.

—¡Maldito mentiroso, hijo de…!

—Cuida tu lengua, muchacho —gruñó Valmont.

—¡Me debías la verdad! —le gritó Beau, empujándolo.

—No te debo nada, ladrón —escupió Valmont, cerrando los puños.

—¡Basta! —gritó Camille, interponiéndose entre ambos.

Beau dio un paso atrás, temblando de furia.

—¿Adónde ha ido? —le preguntó a Camille.

—Al bosque. A la oscuridad —respondió ella—. Es peligroso cuando se transforma. Apenas se reconoce a sí misma, y apenas nos reconoce a nosotros. Ahora está perdida, hasta que amanezca. Hasta que la luz la cambie de nuevo.

Beau tomó una servilleta de la mesa y se la ató al brazo como un torniquete. Luego, se dirigió a la puerta.

—¿Adónde crees que vas? —exigió Valmont.

—A buscarla.

Y se marchó, corriendo por el largo pasillo de los sirvientes hacia la cocina.

Se detuvo junto a la puerta, arrancó un abrigo con capucha del perchero y un par de guantes de una cesta.

Agarró una linterna encendida que estaba sobre una mesa y salió al exterior.

El lobo de la tormenta aulló sobre él, como si lo estuviera esperando.

El viento desgarró su ropa y la nieve lo cegó.

Dio unos pasos, protegiendo la linterna con una mano, antes de que el lobo de la tormenta se cerrara sobre él y lo devorara entero.