Belleza Feroz Cuarenta y dos
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Cuarenta y dos

CUARENTA Y DOS

La suave luz de la mañana bañaba a Beau mientras dormía.

Uno de sus brazos estaba extendido sobre la cama, y una pierna colgaba del borde. Roncaba. También babeaba. Necesitaba afeitarse. Pero, aun así, era hermoso.

Los ojos de Arabella se lo bebieron entero. Deseaba poder acariciar el cabello oscuro que caía sobre su almohada, deslizar los dedos por sus labios llenos, presionar los suyos sobre el pedazo de piel que se asomaba en la uve de su camisa.

«Basta, —se dijo—. No está bien mirar a un hombre dormido, que no sabe que lo observan y que estaría horrorizado si lo supiera».

—Ejem…

Beau no despertó.

Arabella se mordió el labio.

—¿ Monsieur Beauregard Armando Fernández de Navarre? Disculpe…

Beau rodó sobre su espalda y roncó más fuerte.

Sin saber qué hacer, Arabella se llevó un mechón de cabello detrás de la oreja con torpeza.

Se le había escapado del pañuelo que llevaba atado en la cabeza; era un pañuelo muy distinto a sus atuendos habituales, al igual que la chaqueta vieja y sencilla que llevaba sobre un suéter desgastado, la falda de lino de trabajo y las botas planas y abolladas.

En las manos sostenía un rollo de papel.

—Beau… ¿Beau? ¡Beau! —lo llamó.

Pero este siguió durmiendo.

—De verdad… —Bufó—. No tengo todo el día. —Entonces, se acercó a él con decisión y le dio un empujón—. ¡Despierta!

Los ojos de Beau se abrieron de golpe. Un segundo después ya estaba de pie, con el puño levantado.

Arabella soltó un grito y retrocedió.

—¿Así es como se dice buenos días? —preguntó con cautela.

La había asustado mucho su reacción, pero también la había intrigado. ¿Qué le habría pasado para estar tan listo para pelear incluso antes de abrir los ojos?

—¿Cómo has entrado aquí? —interrogó Beau, bajando el puño.

—Le he pedido a Valmont la llave de la puerta —respondió Arabella.

—Pero es medianoche.

—Para nada. Son pasadas las siete. El sol está saliendo —respondió con tono firme—. Y tenemos trabajo que hacer. Aunque quizá prefieras vestirte primero.

Beau bajó la vista. Su camisa estaba arrugada. Su ropa interior le colgaba un poco. Llevaba un calcetín en uno de los pies y el otro desnudo. Sonrojándose, se levantó, tomó sus pantalones de la silla y se los puso. Luego, se sentó en la cama para calzarse las botas.

Arabella, impaciente, se arrodilló en el suelo a su lado y extendió el papel enrollado que llevaba. No había tiempo que perder.

—Dibujé esto anoche —dijo, señalando el boceto que había hecho—. Todavía hay problemas por resolver, pero es un comienzo.

Beau se inclinó hacia ella. Su expresión se agudizó al ver el dibujo.

—Es un puente…

—Qué perspicaz eres —lo picó con humor.

Pero él no parecía estar de humor para bromas. Estaba distinto esa mañana: serio y alterado. Era como si algo lo hubiera asustado.

—¿Por qué has cambiado de opinión? —se interesó, tocándole el brazo para que lo mirara.

Sus ojos, tan hermosos, estaban abiertos y llenos de preguntas, y Arabella tuvo que apartar la vista antes de que vieran demasiado.

«Para salvarte», pensó.

—Porque no puedo resistirme a un desafío —dijo en voz alta.

—No, porque quieres que me vaya —replicó él.

A Arabella no le gustó el rumbo de la conversación, así que volvió al tema del puente.

—Si empezamos a construir los pilares esta mañana, tal vez podamos…

—Arabella…

—¿Sí? —dijo, sin mirarlo aún.

—Lo sé.

El miedo le recorrió el pecho como un escalofrío.

—¿Umm? —Intentó decir con ligereza, fingiendo mirar el dibujo—. ¿Qué sabes?

—Sé quiénes son tus damas de compañía. Sé qué son . Lo descubrí anoche.

Arabella inhaló con brusquedad.

—¿Cómo lo sabes? —Seguía mirando el dibujo, pero ya no lo veía.

—Dos pequeñas me lo dijeron… Esperanza y Fe.

—No, eso no puede ser cierto. No puede ser —indicó Arabella, sintiendo náuseas—. ¿Las has visto?

Beau asintió.

—¿Dónde?

—Aquí. En el castillo.

—Han escapado. Lo sabía. Lo sentí. —Dejó escapar un gemido y se cubrió el rostro con las manos temblorosas.

—¿Arabella? ¿Qué pasa? ¿Les tienes miedo? —preguntó Beau, poniendo una mano suave en su espalda—. ¿Por qué? Son solo niñas. Son solo unas inocentes criaturas.

Arabella soltó una risa amarga y suave.

—Créeme —dijo—, no son ni niñas ni inocentes.

—Pues yo no te creo —replicó Beau—. Ni a ti, ni a Valmont, ni a Camille. A nadie en este maldito lugar. ¿Cómo podría? Me habéis mentido todo este tiempo.

Sus palabras la quemaron.

—Lo siento. Debiste haberte preguntado… —empezó a decir.

—¿Preguntado? —repitió con incredulidad—.

Sí, podría decirse así. Me he preguntado por qué tus damas de compañía parecen salidas de una pesadilla.

Por qué tu foso está lleno de muertos vivientes.

Por qué una criatura-lobo del infierno deambula por el castillo de noche.

Y por qué tú no pareces tener más de dieciocho, cuando ya pasas de los cien.

Arabella se estremeció ante el sarcasmo y la furia en su voz.

—Hay cosas, Beau… Cosas que es mejor que no sepas.

Beau se irguió.

—¿Mejor para quién?

—Para ti.

Él iba a replicar.

—Ni hablar. Eso no basta.

—Tendrá que bastar. Crees que sabes cosas, sobre mis damas, sobre mí… No sabes nada. Déjalo así.

Sus palabras pretendían sonar como una orden, pero, en cambio, sonaron como lo que eran: una súplica asustada y desesperada.

—Pero quiero saber.

Algo en su voz —¿bondad? ¿compasión?— la quebró.

—¡No! —gritó ella—. No lo hagas. No quieres saber.

—Está bien, está bien… Cálmate, Arabella. Lo siento. No quería alterarte.

—Voy a ayudarte a construir un puente —repitió Arabella, esforzándose por mantener la voz firme—. Y luego vas a cruzarlo y seguir caminando. Cruzarás el foso, atravesarás el bosque y subirás las montañas, sin mirar atrás. Promételo…

—Arabella, yo no…

— ¡Dilo, Beau! —gritó Arabella, golpeando el suelo con la mano.

Este se apartó de ella, alterado.

— Lo haré . Ya está. Lo he dicho. ¿Bien?

Arabella asintió, aún agitada, aún asustada, avergonzada por su arrebato, pero aliviada de que él hubiera dejado de insistir.

Un silencio incómodo cayó entre ellos.

Beau fue quien lo rompió. Miró el dibujo otra vez, pero con más detenimiento.

—¿Funcionará?

Arabella respiró hondo, intentando calmar sus manos, su voz y el tartamudeo de su corazón.

—Tal vez —respondió—. Aunque también podríamos caer los dos al foso antes de siquiera hundir el primer pilar. Supongo que lo sabremos, ¿no? —Enrolló su dibujo y se puso de pie.

Beau también se levantó.

Otro silencio incómodo los envolvió, pero esta vez fue Arabella quien habló.

—Desayuna algo —dijo, forzando una sonrisa—. Luego, búscame junto a la puerta de entrada. Tenemos mucho trabajo.

—Lo haré —indicó—. Y oye, gracias por ayudarme. Es amable de tu parte construir un puente nuevo, considerando que ayudé a destruir el viejo. —Entonces, la abrazó.

Fue el tipo de abrazo fuerte y sonoro que alguien daría a un amigo, a un caballo o a un perro grande.

Al principio, Arabella se quedó rígida, sorprendida por el gesto, pero su cercanía la ablandó.

Sus manos encontraron su espalda. Cerró los ojos y sintió su mejilla contra la de ella y el cosquilleo de su barba incipiente.

Sintió el ritmo de su respiración subir y bajar, y el calor de su cuerpo envolviéndola.

Era el primer abrazo real que recibía en cien años…

Y terminó demasiado pronto.

—Perdón —dijo Beau, soltándola—. Probablemente, no debería apretujar a la realeza.

Las piernas de Arabella temblaban tanto al salir de su habitación que pensó que se le doblarían las rodillas.

Al bajar unos escalones, casi tropezó, y se sostuvo contra la pared. Los sollozos le subieron del corazón a la garganta, desgarrándola por dentro.

Algo se movió dentro de ella; algo tan profundo, tan sísmico, tan irreversible, que tuvo que morderse los labios para no gritar.

Llevó una mano a su pecho y sintió cómo los cerrojos de su corazón se iban liberando, uno tras otro, y eso la aterrorizó.

Esperanza y Fe estaban libres.

Asonperides había admitido que no había encerrado a Amor. Dijo que Amor había abandonado el castillo. Pero ¿y si estaba equivocada? ¿Y si aún seguía allí, y Esperanza y Fe la habían liberado?

—Maldición, ladrón —susurró Arabella—, ¿qué has hecho?