Belleza Feroz Cuarenta y uno
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Cuarenta y uno

CUARENTA Y UNO

Arabella los había echado a todos.

Ahora estaba sola en el gran salón, intentando decidir adonde ir.

Era tarde, casi medianoche, y al llegar la mañana tendría que hacer una elección.

Su cabeza le decía que debía volver a sus aposentos, pero su corazón le sugería otro camino por el castillo; uno que la conduciría a una habitación en una torre.

Estaba en una encrucijada, y sabía que esos lugares eran solitarios, umbrales entre un mundo y otro.

Allí enterraban a ladrones y asesinos. También a brujas, atravesadas con estacas, para que sus espíritus inquietos no pudieran vagar.

Valmont siempre decía que el diablo merodeaba en las encrucijadas, dispuesto a desviar a los mortales del camino.

—¿Qué hago? —gritó llena de angustia, y su voz resonó por todo el salón.

Como si respondiera a su súplica, el espejo sobre la repisa comenzó a brillar. Arabella lo observó, mientras se transformaba en una ventana que mostraba otro tiempo, otra Arabella.

Esa otra Arabella también estaba de pie en el gran salón.

Parecía diferente, pero, al mismo tiempo, igual: sola, insegura y llena de anhelo. Había bajado las escaleras, como hacía cada noche con los pies enfundados en medias, y ahora se detenía en las sombras.

El reloj dorado estaba solo a medio construir.

Todavía no tenía esfera, ni campana, ni el riel con figuras que se moverían a su alrededor; solo un complejo y diabólico entramado de engranajes, ruedas, resortes y cadenas.

Frente a esa maquinaria inmensa, un hombre, con las mangas arremangadas, ajustaba la tensión de la cadena que sostenía los pesos del reloj.

Los ojos de Arabella se desplazaron del hombre a las láminas brillantes de oro, ordenadas en una pila, que se usarían para recubrir el reloj.

Ese mismo día, desde la ventana del lujoso carruaje de su padre, había visto a un niño delgado recogiendo granos de trigo del suelo, en un campo recién cosechado. Se preguntó qué podría significar para ese niño, para toda su familia, tan solo una de aquellas láminas resplandecientes.

Arabella odiaba el reloj, esa locura de su padre creada únicamente para ostentar su riqueza. Sin embargo, no podía evitar maravillarse ante él, pues era una obra maestra de equilibrio y precisión. En su rostro había asombro al observar al relojero trabajar, y también envidia.

Permaneció en las sombras, sin querer ser vista, hasta que el relojero —mientras ajustaba un resorte— dijo:

—Ya que está aquí, haga algo útil. ¿Podría pasarme esos alicates, por favor? —Arabella no se movió, avergonzada por haber sido descubierta—. No les diré nada a sus padres, si eso es lo que le preocupa.

Aliviada, se agachó, recogió los alicates del suelo y se los entregó.

—Qué máquina tan magnífica —dijo.

Los labios del relojero se curvaron en una leve sonrisa ante el cumplido.

—Gracias —respondió, introduciendo los alicates en el mecanismo—. Pero aún no está terminada. Todavía debo fabricar la caja.

—Ojalá no lo hiciera —indicó Arabella, observando cómo enderezaba un diente torcido de una rueda—.

Nada es más hermoso que los engranajes que ha ideado.

Nunca me canso de verlos. —Mientras hablaba, bajó la mirada a sus manos, entrelazadas frente a ella.

En su dedo anular izquierdo, un diamante brilló bajo la luz de la lámpara.

Era tan grande como una muela, y casi igual de grotesco.

El relojero lo observó.

—He oído hablar de su compromiso. Debe de estar muy feliz. El príncipe Constantine es una maravilla de la ingeniería, ¿no? Guapo, alto, poderoso, rico… Todo lo que una mujer podría desear.

—¿Cuándo estará listo el reloj? —preguntó Arabella, ignorando su comentario—. El príncipe lo admiró, y mi padre desea regalárnoslo el día de nuestra boda.

—En tres o cuatro meses, supongo —anunció el relojero. Sus ojos se alzaron por encima de las gafas y se clavaron en los de ella—. O nunca, si así lo desea.

—¿Por qué habría de desearlo? —interrogó Arabella, con expresión de desconcierto.

El relojero dejó los alicates.

—Escuché al rey. Después de las fiestas y las negociaciones.

Después de firmar los contratos matrimoniales.

Le oí decir a su hijo que la joven era un buen partido, una chica hermosa de una familia rica.

Aunque quizá un poco voluntariosa, que aprenderá cuál es su lugar.

«Será una reina algún día —repitió—, y las reinas, como los niños, deben ser vistas, pero no oídas».

—Arabella se sacudió una mota imaginaria de la falda—.

¿Es eso lo que quiere, niña? ¿No ser oída jamás?

—No importa lo que yo quiera —respondió Arabella, repitiendo las palabras que su madre solía decirle—. No soy una lechera libre de ir y venir a mi antojo. Soy la única hija y heredera de un duque.

—¿De verdad no le importa?

—Es un insolente, señor —dijo Arabella, dándose la vuelta para marcharse.

—La gente siempre se ofende con la verdad —soltó el relojero, limpiándose las manos en su delantal—. La veo, Arabella. Veo el movimiento de su corazón tan claramente como el de este reloj. ¿Y usted?

La joven se volvió, con los ojos brillando de rabia.

—¿Qué quiere que haga? —preguntó.

—Escuchar a ese corazón.

—Eso es precisamente lo que no se supone que debo hacer. Se espera que encierre mi corazón y me someta a los deseos de los demás. De quienes saben más que yo: mis padres y, pronto, mi esposo.

—Debe hacer una sola cosa, y solo una: convertirse en la persona que está destinada a ser. Por difícil que parezca esa tarea. De lo contrario, su vida no será una vida; será solo una larga y prolongada muerte.

—No lo entiende, señor. Tengo un deber.

—¿Con quién? —preguntó el relojero—. ¿Con su padre, que exprime cruelmente a su pueblo para pagar este gigantesco juguete dorado?

¿Con su madre, que le asfixia poco a poco para cumplir sus propias ambiciones?

¿Su deber es con ellos, Arabella? ¿O con la joven que quiere construir escuelas y hospitales? ¿La joven que ideó Paradisium ?

El color desapareció del rostro de Arabella.

—¿Cómo sabe lo de Paradisium ? ¿Por qué me hace esas preguntas? ¿Quién es usted?

—Soy el relojero, niña. El maestro de las horas. El guardián del tiempo.

Arabella retrocedió, asustada por el hombre y por las emociones que despertaban sus palabras.

—No puedo hacer lo que me pide —dijo.

—¿No puede o no quiere? —la desafió el relojero—.

Ha escuchado demasiadas voces, y todas diciéndole que no puede, que no debe, que no se le permite seguir los deseos de su corazón.

Pero dígame, Arabella, ¿a quién le hablan en realidad?

¿A usted? ¿O a ellos mismos? No los escuche, niña.

No son más que cuervos chillones, aterrorizados de que alguien más logre lo que ellos temen siquiera intentar.

—Pero ¿cómo? —preguntó Arabella, con una risa incrédula—. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Meter mis libros en una bolsa? ¿Mis bocetos? ¿Abandonar a mis padres, este castillo, a todos y todo lo que he conocido?

—Si eso es lo que hace falta, sí —respondió el relojero—. Le aconsejaría que metiera algunas de sus joyas, también. Un pasaje a Roma o a Venecia, una habitación cuando llegue, los honorarios de un maestro… Esas cosas cuestan dinero.

Las palabras del relojero se hundieron en su conciencia como piedras cayendo a través del agua. Por un breve y hermoso instante, se vio a sí misma en Venecia, dibujando el Palacio Ducal, estudiando las agujas de la Basílica, caminando sobre el Puente de Rialto, y su corazón saltó de alegría.

Pero entonces la oyó: una voz que le susurraba desde un lugar aún más profundo. Una voz que se había hecho más fuerte desde que Constantine la había humillado en el baile. Era seca y áspera, como una serpiente deslizándose entre la hierba muerta:

«No seas ridícula, muchacha tonta. No eres lo bastante lista para mantenerte firme en un aula llena de hombres.

Ni lo bastante fuerte para dirigir los ejércitos de albañiles y carpinteros que hacen falta para construir un castillo.

Ni lo bastante talentosa para idear diseños tan magníficos como los palacios y catedrales que tanto admiras.

¿Quién te crees que eres? Todo esto no es más que… ».

—Un bonito sueño —dijo Arabella en voz alta—. Eso es todo. Todo lo que será. Debo volver a mis aposentos ahora. Buenas noches, señor.

—Buenas noches, lady Arabella —respondió el relojero con melancolía—. Duerma bien, pero recuerde esto: el mundo entero está listo y dispuesto a decirle que no. No se una al coro de los cobardes.

Arabella salió corriendo de la habitación.

Al llegar al pasillo, se detuvo, con las lágrimas llenándole los ojos. Parpadeó con fuerza, tratando de contener la tormenta de emoción que se gestaba en su interior, antes de que la metiera, una vez más, en problemas. Mirando el anillo en su dedo, como si fuera un cáncer en su mano, murmuró:

—Demasiado tarde, relojero. Ya lo he hecho.

El espejo volvió a brillar, se endureció otra vez, y regresó a la imagen del frío cristal plateado.

Arabella sintió que ella también se endurecía, como siempre le ocurría, incapaz de escapar del pasado y de su atracción. Un día, muy pronto, ese pasado la arrastraría tan profundo que la ahogaría.

No podía salvarse a sí misma, ni a los que compartían el castillo con ella. Pero, tal vez, aún pudiera salvar al ladrón, antes de que se acabara el tiempo. Quizá él no tuviera que ahogarse con ellos.