Treinta y nueve
TREINTA Y NUEVE
Camille sabía que no debía estar en el gran salón.
No, a esas horas de la noche.
Pisando con suavidad, subió al andén que se arqueaba frente al reloj dorado y caminó hacia las puertas de su lado izquierdo.
Dejó en el suelo la vela y la cesta que llevaba, sacó un cuchillo del bolsillo y deslizó la hoja en la delgada rendija entre las puertas.
Unos cuantos giros en el pestillo, y se abrieron.
Colocó el pie entre ellas, para mantenerlas abiertas, recogió sus cosas y se deslizó al interior del mecanismo del reloj.
Con cuidado de no alterar nada, avanzó entre las figuras, rodeando unas, agachándose bajo otras, hasta llegar a la que buscaba: una niña sonriente sentada en el suelo, con las manos juntas, a punto de dar una palmada.
—¡Ahí estás, mi princesa! —dijo Camille, arrodillándose junto a la niña.
Sacó de su cesta una pequeña corona de flores y hierbas, y la colocó sobre la cabeza de porcelana de la figura—.
Lavanda para la devoción, tomillo para el valor y romero para el recuerdo.
—Besó la fría mano de la muñeca—. Te echo de menos, mi niña querida.
Cada minuto de cada día. Y te quiero. Te quiero tanto, tanto.
Camille también había llevado un diminuto pastel, que puso sobre el regazo de la pequeña. Sabía que los ratones se comían los dulces, pero le gustaba fingir que era su hija quien lo hacía.
—Espero que te guste este. Tiene todos tus sabores favoritos: vainilla, frambuesa y limón.
Y mira, tiene una mariposa encima. La he hecho con merengue y pétalos de rosa.
—Su voz se quebró, y las lágrimas comenzaron a brotarle de los ojos—.
Perdóname, mi pequeña —dijo, intentando sonreír—. Mamá está cansada esta noche.
Esa mañana, como siempre, se había levantado temprano para empezar a hornear, pero, en lugar de acostarse pronto, como sabía que debía hacer, se había quedado despierta para hacer el pastel de su hija.
Detrás de la figura de la niña se alzaba la de un hombre alto, sosteniendo un bocado en las manos.
Camille apoyó la cabeza en sus piernas y cerró los ojos.
No había planeado quedarse dormida, pero, cuando el enorme reloj comenzó a dar la hora —las once—, se despertó sobresaltada, con un jadeo.
—¡Oh, no! —susurró, agarrando la cesta a toda prisa.
Besó una vez más a la niña, se levantó de un salto y tomó la vela. Tropezando, resbalando, golpeándose la cabeza con el brazo de una figura y enganchando el pie en las faldas de otra, avanzó hacia las puertas, rezando porque lady Arabella hubiera permanecido en sus aposentos esa noche.
Pero, al atravesar el umbral y saltar del andén al suelo, sus esperanzas se desmoronaron. Su señora estaba sentada en una silla, con una expresión de extrema desaprobación en el rostro. Sus damas se alineaban detrás de ella.
Camille bajó la mirada.
—L-lo siento, Su Gracia —balbuceó—. Yo solo…
—¡Habla más alto! —ordenó Asonperides—. ¿Por qué estás aquí? La señora no permite que nadie esté aquí, cerca de la medianoche, salvo su corte.
—He traído un pastel —explicó Camille en voz baja—. Para la niña.
—¿Un pastel? ¿Para una criatura de reloj? Qué gesto tan inútil.
Camille estaba arrepentida, pero, al sentir el veneno en las palabras de Asonperides, su remordimiento se evaporó. Esa mujer era una mala hierba ponzoñosa, que extendía sus raíces por todas partes, y asfixiaba toda emoción luminosa que intentaba brotar.
Camille alzó la cabeza.
—Era para mi hija —repitió, luchando por contener la ira.
Asonperides soltó un sonido de repugnancia.
—Esto es lo que hacen esos pequeños monstruos; Esperanza y Fe —le comentó a Arabella—. Alborotan a la servidumbre.
Los últimos restos de contención de Camille se resquebrajaron.
—¿Crees que eres la única protagonista de esta historia? —le gritó a Arabella, con la voz alzándose—. ¡Mi marido está ahí dentro… y mi hija! —Señaló el reloj.
—Has desperdiciado tus esfuerzos —dijo Asonperides—. El reloj se está parando. La maldición no puede romperse.
Camille la ignoró.
—Ayúdalo, mi señora —pidió, con los ojos aún fijos en Arabella.
—Ten cuidado con lo que dices. Recuerda tu lugar —advirtió Asonperides.
Camille se volvió hacia ella con desafío.
—¿O qué, lady Asonperides? ¿Me encerrarás?
¿Me arrojarás a una celda como hiciste con las niñas?
Adelante, hazlo. Tienes razón: el reloj se está parando.
En cuestión de días, el castillo se derrumbará.
Yo moriré. Mi marido morirá. Mi pequeña…
—Su voz se quebró, pero continuó—: Mi pequeña morirá.
Así que, al diablo con mi lugar, y al diablo contigo.
—Se volvió de nuevo hacia Arabella—. Él quiere que le construyas un puente. Hazlo.
—¿Por qué tendría que hacerlo? Solo un necio haría un gesto tan inútil —indicó Paluc.
—Pero la pequeña panadera es una necia —se burló Gunezarev.
—Camille —dijo Arabella—, incluso si pudiera construir un puente, lo cual es una suposición absurda porque no puedo, en el momento en que estuviera listo, él lo cruzaría y se marcharía. Nada cambiaría. No, para nosotros. La maldición no se rompería. Todos moriríamos igual.
—Hazlo, porque te preocupas por él.
Asonperides palideció.
—¿Es eso cierto? —preguntó, mirando primero a Camille y luego a Arabella.
Su señora se giró con rapidez.
—Por supuesto que no —respondió con frialdad.
—¿Acaso esos dos demonios han encontrado a Amor? —chilló Celso—. ¿La han liberado? —Miró a Asonperides—. Tú la encerraste, ¿verdad?
Asonperides guardó silencio.
Diome se llevó las manos a las mejillas.
— Lady Asonperides, lo hiciste, ¿verdad? —preguntó con voz temblorosa.
Asonperides movió la cabeza, rígida y a regañadientes.
—Fue demasiado rápida. Escapó.
—Entonces, ¿sigue aquí? —susurró Diome.
—No. Abandonó el castillo. Hace casi un siglo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque la busqué —espetó Asonperides—. Durante décadas. En cada habitación, en cada pasillo, en cada rincón. No está aquí. Te lo aseguro.
Diome exhaló y bajó las manos.
Camille corrió hacia Arabella y se arrodilló junto a su silla.
—Te importa, lo sé. Lo veo en tus ojos. Le quieres, mi señora. Y cuando quieres a alguien, lo ayudas.
—Camille, yo no…
—¡No digas tonterías! —interrumpió Asonperides—. Incluso si la señora quisiera al ladrón, cosa que no hace, el amor no puede construir un puente sobre un foso. Harían falta cien hombres, con pilares, cuerdas y grúas. Haría falta…
Camille se irguió.
—No hables de amor, lady Asonperides —dijo, con los ojos ardiendo—.
No pronuncies esa palabra con la boca, cuando no la llevas en el corazón.
—Señaló con el dedo a todas las damas, una por una—.
Ninguna de vosotras sabe nada del amor. El amor no huye.
No da la espalda. El amor nunca, nunca se rinde.
Arabella se encogió, alejándose de Camille, y de todo lo que ella le pedía.
—No puedo ayudarlo. No puedo ayudar a nadie —susurró.
Lady Diermontirem dio un paso adelante, enjuta y rígida.
—La señora lo lamenta mucho, Camille. Por tu esposo y por tu hija. Pero, aun así, no se puede hacer nada.
Camille la ignoró y se dirigió a Arabella.
—Sé que lo lamentas, mi señora, pero no me importa. Estoy harta de los lamentos. Te complaces en tu dolor. Te complaces en el nuestro. Te encierras con tus damas, día tras día tras día. Dios mío, ¿no crees que todos sentimos remordimiento?
Arabella cerró los ojos. La amargura se extendió por su rostro como tinta derramada sobre un pergamino.
—Imagino que el mío es bastante más profundo —soltó.
—Por supuesto que lo imaginas —replicó Camille, con un filo de veneno en la voz.
Arabella lo escuchó y abrió los ojos.
—El relojero me maldijo —recordó, encendida por la furia—. A mí . Por la terrible cosa que hice.
—No tienes ni idea de lo que he hecho. De lo que cualquiera de nosotras ha hecho.
Arabella soltó una risa amarga mientras se levantaba de su silla.
—¿Qué has hecho tú, Camille? ¿Quemado una mermelada? ¿Estropeado un pastel? —preguntó, alejándose de ella, de su corte, del reloj, y de todo.
—Engañé a mi marido.
La habitación quedó en silencio absoluto, salvo por el tictac del enorme reloj dorado. Arabella se detuvo y se volvió hacia ella.
—Dos veces. Con tu maestro de danza.
Lady Lubijo soltó una risita.
—Eso es más de lo que necesitaba saber.
—Claudette roba chocolate de la bodega —continuó Camille—. Valmont le dio una patada a Henri. Josette se divierte engañando a Florian. Josephine roba vino. Martin guarda una pinta de leche del ordeño de la mañana y se la bebe, entera.
—Por el amor de Dios, Camille —dijo Arabella—. Todo eso no es nada comparado con…
—¿Contigo? ¿Con tus errores? ¿Con tus remordimientos? —Camille se acercó a ella—. Baja de tu torre, señora. Desciende al barro con el resto de nosotros. Con los necios. Los cobardes. Los malhumorados y celosos. Los de corazón roto. Somos todos como tú. ¿No lo ves?
—No sirve de nada, Camille. Se acabó. Todo está perdido. Yo estoy perdida —insistió Arabella, y la tristeza en su voz hizo que Camille contuviera el aliento.
Tomó las manos de Arabella entre las suyas. Había una fuerza sorprendente en esos dedos delicados.
—Inténtalo, señora. Inténtalo. Haz todo lo que puedas. Ayúdalo, y no estarás perdida.