Belleza Feroz Treinta y ocho
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Treinta y ocho

TREINTA Y OCHO

Beau miró a la pequeña y robusta mocosa luminosa que tenía sentada a solo unos centímetros, y soltó una carcajada.

—Ni en un millón de años. No me lo creo. No te creo.

Fe se encogió de hombros.

—Lo escucho a menudo.

Una vertiginosa sensación de irrealidad se apoderó de Beau, y la apartó con esfuerzo.

—¿Cómo pueden las emociones cobrar vida? Las emociones no son reales.

Fe resopló.

—¿Alguna vez has sentido alguna?

—Sí, claro que sí. Pero las mías, como las de la mayoría de la gente, viven dentro —replicó Beau—. No salen a pasear por ahí, llevando vestidos elegantes.

—Arabella no es como la mayoría de la gente. Y este castillo no es como la mayoría de los lugares —explicó Fe—. Imagino que incluso tú te habrás dado cuenta. Hay algo de magia oscura actuando aquí.

Beau negó. La sensación de irrealidad se hizo más intensa. Era como si estuviera avanzando sobre hielo que parecía firme, solo para oírlo crujir bajo sus pies.

Lo que Fe acababa de decir… no era cierto.

No podía ser cierto.

La magia no existía.

Pero… ¿Cómo explicar, si no, a la bestia? ¿El resplandor etéreo de las niñas? ¿El grotesco séquito de Arabella?

—Así que, todas sus damas de compañía… —empezó.

—No son damas —lo interrumpió Fe—. Ni de lejos.

—¿Gunezarev? ¿Paluc?

—Vergüenza y culpa —respondió Esperanza—. ¿Nunca te lo has preguntado? Vamos, Gunezarev, Paluc… Son nombres bastante raros, ¿no crees?

Beau se encogió con una sonrisa culpable.

—Pensé que eran suecos.

Esperanza cerró los ojos y se pellizcó el puente de la nariz. —¿Y las otras? —se interesó Beau—. Diome… M… I… E… D… —Chasqueó los dedos—. ¡Miedo!

—Estoy asombrada de estar en presencia de tanto genio —exclamó Fe con sarcasmo.

—Celso… Densed…

—Celos y Desdén.

—Asonperides… Espera, no me lo digas —dijo Beau, agachándose junto a una franja de polvo donde el suelo se unía a la pared.

Empezó a dibujar letras con el dedo. Cuando lo descifró, retiró la mano poco a poco, estremeciéndose, como si la propia Asonperides le hubiera pasado una uña afilada por la espalda—. Ella es la jefa aquí, ¿verdad?

—Lo es —afirmó Esperanza—. No siempre fue así. Antes lo éramos nosotras.

—¿Qué pasó?

—El dominio de Asonperides sobre Arabella creció, mientras el nuestro se debilitaba —explicó Esperanza—. Luchamos con todas nuestras fuerzas, pero ella fue más fuerte. Arabella también luchó. Día tras día. Hasta que los días se convirtieron en años, y los años, en décadas.

—¿Décadas? —repitió Beau.

—Casi un siglo ya —señaló Fe.

—¿No estáis bromeando?

Esperanza negó.

—¿Arabella, vosotras dos y el resto… habéis estado aquí un siglo entero? —susurró Beau.

Esperanza asintió.

Beau cerró los ojos y se pasó las manos por el cabello.

—Eso no es posible —comentó.

—Pero es así —respondió Fe.

—Entonces, tenéis…, ¿qué? ¿Ciento diez años? —preguntó Beau, abriendo los ojos.

—Umm… Un poco más —dijo Esperanza.

—¿Y Arabella?

—Arabella no es como nosotras —explicó Fe—. Ella es un ser humano, atrapado en el tiempo.

—Pero ¿cómo…?

—El corazón de Arabella se rompió —explicó Esperanza—, hace cien años, y Asonperides encontró las grietas. Encontró una forma de entrar.

—Como el moho que se filtra por las paredes —escupió Fe.

—Nos encerró —continuó Esperanza—. A mí en el sótano, a Fe en el ático.

—Le sonrió a su hermana—. Acabo de encontrarla.

Tenemos mucho de qué hablar. —Luego se volvió hacia Beau y le cubrió la mano con la suya—.

Ten cuidado con Asonperides —le advirtió—.

Nunca dejes que te toque. Ni siquiera te acerques a ella.

Fe empezó a salir de debajo de la mesa, y Esperanza la siguió.

—¡Esperad! ¿Adónde vais? —preguntó Beau.

—Tenemos otra hermana. Creemos que Asonperides la ha encerrado también.

—¿Quién es? —interrogó.

—Amor —dijeron al unísono.

—La estamos buscando —informó Esperanza.

—La encontraremos —afirmó Fe.

—¿Y después qué? —preguntó Beau.

Esperanza le dedicó una sonrisa sombría.

—Después, mataremos a Asonperides. Las tres juntas.

Beau retrocedió, atónito.

—Eh, pequeñas…, tranquilas —dijo, horrorizado—. Eso sería un asesinato…

Fe lo interrumpió:

—Antes de que ella mate a Arabella.

Beau, todavía conmocionado, preguntó:

—¿Eso es lo que Asonperides quiere? ¿Matar a Arabella?

Esperanza estaba a punto de responder, cuando el mantel se levantó de golpe. Un rostro se asomó por el borde: esquelético, de ojos hundidos y labios estirados en una mueca.

—¡Ari! ¡Ven rápido! ¡Los he encontrado!

Era lady Diome. Su voz sonaba como el chirrido de un portón de cementerio azotado por el viento. Retrocedió, sosteniendo el tapiz con una mano y señalando la mesa, y a los fugitivos con la otra.

—¡Ari! ¡Aaaaaaaari! —aulló.

—Cierra la boca, necrófaga —dijo Fe, saliendo de debajo de la mesa. Esperanza iba justo detrás.

Fe le arrancó el tapiz de las manos, lo levantó y se lo echó por encima de la cabeza.

En ese momento, Esperanza se abalanzó sobre ella y la derribó.

La mujer cayó al suelo con un estrépito.

Esperanza se giró hacia Beau y señaló detrás de él.

—Sube esas escaleras hasta el tercer piso —susurró—. Gira a la derecha, al llegar arriba, y continúa por el pasillo principal. Te llevará hasta la torre. Rápido. No creo que Diome te haya visto, pero, si lo hace, avisará a las demás.

Entonces, las dos niñas salieron corriendo, adentrándose por el pasillo hacia la oscuridad.

Mientras Diome gemía y se agitaba, intentando liberarse, inútilmente, Beau salió arrastrándose de su escondite.

Miró hacia el pasillo que dejaba atrás, y vio cómo las dos niñas buscaban sus manos.

La luz que emanaban brilló un poco más, al entrelazarse sus dedos.

Dio un paso vacilante en su dirección, dudando si debía seguirlas o huir, hasta que el sonido de unos pasos retumbando por el pasillo lo obligó a moverse.

Unos minutos después, Beau estaba de nuevo a salvo en su habitación de la torre.

Jadeando, empapado en sudor, se acercó a la ventana y la abrió. Mientras el aire frío del invierno lo envolvía, respiró hondo y se preguntó —no por primera vez— si estaba perdiendo la cordura. En el transcurso de una hora, se había encontrado con caos, maníacos y magia.

Y aún no era medianoche.

Lo peor de todo era que no había logrado llegar a las antiguas habitaciones de Arabella, ni conseguir los libros con los que pensaba presionarla para que lo ayudara a construir un puente.

Escuchó la voz de Fe resonando en su cabeza:

«Ella es un ser humano, atrapado en el tiempo…».

Sin quererlo, el corazón se le encogió de tristeza por Arabella.

Y de compasión. No quería sentir aquello, pero no podía evitarlo.

¿Cómo debía de ser para ella, estar prisionera en ese lugar, durante un siglo?

¿Sería por eso, por lo que se negaba a construirle un puente?

¿Porque estaba sola, después de tanto tiempo, y quería compañía?

«Pero eso no tiene sentido», razonó Beau.

Cuando ella lo había convocado por primera vez desde su torre, estaba furiosa porque él y los otros ladrones habían destruido su puente.

Además, justo antes de ese encuentro, Beau la había oído interrogando con furia a Percival, diciéndole que descubriría quién había levantado el rastrillo y dejado entrar a los ladrones, y que, cuando lo hiciera, esa persona pagaría por su desobediencia.

No, Arabella había dejado muy claro que no lo quería allí.

Beau cerró la ventana, pero permaneció frente a ella, mirando hacia la noche invernal, inquieto por otra pregunta sin respuesta.

—Alguien levantó ese rastrillo —dijo, mirando su reflejo en el vidrio—. Lo que significa que alguien quiere que estés aquí… Pero ¿quién?