Belleza Feroz Treinta y siete
41%

Treinta y siete

TREINTA Y SIETE

Había dos niñas. Beau se dio cuenta en ese momento.

La segunda era más rechoncha y de aspecto más fuerte. Su vestido era azul, y estaba tan sucio y hecho jirones como el de Esperanza.

Al verlo, ambas redujeron el paso a una marcha rápida.

—¡Corre! ¡Sal de aquí! —le gritó Esperanza, mientras la otra niña se giraba y caminaba de espaldas, sin quitarle los ojos de encima al extremo del pasillo.

—¡No puedo! —respondió Beau. En ese momento, la criatura del interior de la habitación dio una patada brutal a la puerta, haciéndola temblar desde el marco—. ¡Ayudadme! ¡Coged el pomo y mantened la puerta cerrada para que pueda bloquearla!

—No hay tiempo —indicó la segunda niña.

—Pero hay una mujer ahí dentro… ¡Una cosa! ¡Ha intentado matarme!

—Lo que nos persigue a nosotras es peor que lo que te persigue a ti, te lo prometo —replicó la segunda niña, mientras ambas pasaban corriendo junto a él.

—¡Esperad, maldita sea, necesito vuestra ayuda! —alcanzó a decir Beau, pero un grito de furia que provenía de la oscuridad, al final del pasillo, lo interrumpió.

—¿Quién es esa? —preguntó, con un tono de cansada exasperación—. Parece la voz de Ari. ¿También va a intentar matarme?

—Deja de hablar, cabeza hueca, y corre —dijo la niña del vestido azul, y echó a correr, con Esperanza justo detrás.

Beau las vio alejarse, dudando si debía soltar el pomo o seguir sujetándolo.

Otro grito lo ayudó a decidirse.

Soltó la puerta, recogió sus herramientas y corrió tras ellas, alcanzándolas justo cuando giraban por otro pasillo. Eran rápidas, pero Ari lo era más. Cada vez estaba más cerca; Beau podía escuchar sus chillidos creciendo a su espalda.

El pasillo desembocó en una amplia galería.

Las paredes estaban cubiertas de pinturas de batallas.

Armaduras de caballeros se alzaban en las esquinas.

Contra una pared había una consola cubierta con un tapiz.

De la galería partía otro corredor, largo y recto como una lanza.

Con el corazón encogido, Beau comprendió que Ari las alcanzaría antes de que llegaran a la mitad.

Esperanza también lo entendió. Se quitó uno de sus zapatos y lo lanzó por el pasillo. A continuación, corrió hacia la mesa y agarró el borde del tapiz.

—¡Por aquí! ¡Rápido! —susurró.

La niña del vestido azul se arrodilló y se deslizó por debajo.

Beau se lanzó detrás de ella, y Esperanza entró la última, soltando el tapiz.

Un instante después, Ari irrumpió en la habitación. Los tres contuvieron la respiración. Escucharon cómo se detenía…, y luego reía; un sonido bajo y gutural.

—No podéis huir para siempre —dijo.

Volvieron los pasos: primero fuertes, para desvanecerse después.

Silencio.

Beau soltó un suspiro tembloroso y se recostó contra la pared.

Esperanza se dejó caer contra una pata de la mesa y cerró los ojos.

La otra niña levantó un poco el tapiz y miró fuera.

—La idiota ha mordido el anzuelo —informó—. El camino está libre. Vámonos.

—Un momento… Vosotras no vais a ninguna parte —dijo Beau—. No, hasta que me devolváis la llave.

—Ni hablar —replicó la otra niña—. La necesitamos. Tenemos que encontrar a una más de nosotras.

Su voz era la de una niña, pero sus palabras sonaban cansadas, curtidas.

—¿Quién eres tú? —preguntó Beau.

La niña, todavía mirando bajo el tapiz, no respondió.

—Es mi hermana. Se llama Fe —dijo Esperanza.

—¿Esperanza y Fe? Qué tierno, pero quiero la llave.

Fe bajó el tapiz y se volvió hacia él.

—¿Y qué crees que vas a hacer con ella?

—Piensa que va a encontrar un túnel —le aclaró Esperanza.

Fe resopló.

—No existe ningún túnel.

—Sí. Ya se lo he dicho —señaló Esperanza.

La frustración de Beau, avivada por el miedo, iba en aumento, pero se obligó a mantener la calma. Se recordó a sí mismo que solo eran niñas, y que no podían saber nada sobre castillos y su construcción.

—Tiene que haber un túnel —insistió—. Cuando los castillos eran atacados…

Fe lo interrumpió:

—Este castillo empezó a construirse por los normandos en el año 1058 y fue ampliado a principios del siglo XV por Filippo Brunelleschi.

Debido a la expresión gótica que lo caracteriza en su mayoría, fue construido con granito —explicó—.

Desafortunadamente, sin que lo supieran los arquitectos originales, sus cimientos se hundieron en un profundo depósito de esquisto, que es una roca frágil e inestable.

Muy parecida a ti, de hecho. Si fueras una masa de tierra, estarías llena de esquisto.

Pero divago. Los constructores originales intentaron cavar un túnel bajo el castillo y el foso, pero pronto descubrieron que podía derrumbarse en cualquier momento y detuvieron la excavación. Así que, como dije… no hay túnel.

Beau se quedó boquiabierto. La cerró. La abrió de nuevo.

—Eres una niña. ¿Cómo sabes todo eso?

Fe le lanzó una mirada burlona.

—¿Quién te crees que eres? ¿Don Quijote? ¿Crees que vas a abrirte camino a espadazos para salir de aquí? Tus amigos rompieron el puente, y no hay túnel. Estás hundido, chico.

—¿Chico? ¿Chico? Tengo diecinueve años, pequeña mocosa insolente. ¡El doble que tú!

Fe soltó una risita.

—¿Eso crees? ¿Aún no lo has entendido? —dijo, mirando a su hermana.

Esperanza levantó una mano.

—Ya basta, los dos. Tenemos que escuchar. Por si no lo habéis notado, hay una maníaca homicida suelta.

Fe bufó.

—¿Solo una? Debe de ser una noche tranquila.

La ira, la frustración, el miedo y la confusión finalmente estallaron en Beau.

—¿Quién eres en realidad? ¿Quiénes sois? ¿Y quién demonios es Ari? —exigió saber.

—¿Ari? —repitió Fe, desconcertada, y miró a su hermana en busca de una explicación.

Esperanza puso los ojos en blanco.

—Es un anagrama. Lo usan para ocultar quiénes son en realidad. Arrogancia lo empezó. Cree que es ingenioso y misterioso.

Beau las miró, primero a una y luego a la otra.

—Espera, no lo entiendo… ¿ Lady Ari no es lady Ari?

—Es Ira —informó Fe.

—¿Ese es un apodo? ¿Cómo la llaman las otras damas? —No. Eso es lo que es .

—¿Una mujer furiosa…?

Fe le tomó el rostro entre las manos.

—No. Son. Mujeres. Son monstruos. Destruyen todo lo que tocan —anunció, soltándolo de golpe.

—Yo… Yo no lo entiendo —balbuceó Beau, sintiéndose irremediablemente tonto.

Esperanza empezó a explicarle:

—Son las emociones de Arabella…

Y Fe terminó la frase:

—Hechas carne.