Belleza Feroz Treinta y seis
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Treinta y seis

TREINTA Y SEIS

El pánico le robó el aliento. ¿Cómo no la había notado antes? Estaba apenas a unos metros de él.

«Si grita…, —murmuró su mente—. Si corre o llama a Valmont…».

La mujer estaba al otro lado de la habitación, a la derecha de las ventanas, de espaldas a él. Beau vio que sostenía una capa de seda en una mano y la acariciaba con la otra.

Su mente trabajó rápido.

«¿Será una sirvienta? ¿Una de las damas de compañía de Arabella?», se preguntó.

—Oh, eh… disculpe si la he asustado —dijo con aire despreocupado, intentando que pareciera que su presencia allí no era gran cosa, como si pasear solo por el castillo a medianoche fuera algo habitual.

La mujer no respondió, pero inclinó ligeramente la cabeza hacia él. Un rayo pálido de luz de luna iluminó su cabello, y Beau comprobó que lo llevaba recogido en lo alto de la cabeza, tan blanco y fino que parecía hecho de telarañas.

—Así que… —continuó, forzando una sonrisa que le marcó el hoyuelo—, ¿ha visto a Valmont? Lo he estado buscando durante… —Soltó una risita—. ¡Ni siquiera sé! ¿Una hora?

La cabeza de la mujer giró hacia él bruscamente, con movimientos torpes, como si fuera una marioneta manejada por un titiritero torpe. La luz de la luna recorrió su cuerpo, aunque su rostro aún estaba cubierto por las sombras.

Beau notó que era esqueléticamente delgada. La forma en que su vestido andrajoso colgaba de sus hombros, como un abrigo raído sobre un espantapájaros, le puso la piel de gallina.

—Usted sirve a la señora, ¿verdad? A lady Arabella —preguntó, con el tono de voz un poco más alto.

La mujer soltó la capa que sostenía, dejándola caer al suelo.

—Soy lady Barbosei, y sirvo a la verdadera señora de este lugar —dijo altivamente, enderezándose con aire de grandeza—. Todos lo hacemos. —Rio, entonces.

Era una risa aguda y chillona, y Beau dio un paso atrás de forma instintiva.

Mientras lo hacía, la mujer extendió una mano huesuda frente a sí.

—Brocado, satén, terciopelo, encaje… ¿Has visto alguna vez tanta elegancia? —preguntó, avanzando hacia él, con sus faldas barriendo el polvo del suelo.

Beau intentó ver su rostro, pero las sombras lo mantenían oculto.

—Todo lo que poseía era exquisito, pero solo era una fachada… El cielo sabe que el exterior no coincidía con el interior… Pero ¿qué importa eso? —prosiguió la mujer—. Las superficies brillantes son lo único que le importa a este mundo.

Pasó bajo las altas ventanas, avanzando hacia él. Al hacerlo, los rayos de la luna la iluminaron por completo. El corazón de Beau dio un vuelco. Quiso correr, pero el horror lo mantuvo inmóvil.

Su rostro era un mosaico de fragmentos de espejo roto; sus labios, una hendidura de carmín; sus ojos, botones brillantes. Su peinado altísimo no solo parecía hecho de telarañas… Era de telarañas, y, cuando se acercó más, comenzó a temblar.

Mientras Beau observaba, clavado en el sitio, una delgada y negra pata se asomó entre los hilos pegajosos, tanteando el aire.

Luego, salió otra. Y otra. Hasta que una gran araña negra emergió, arrastrándose por el costado del rostro de la mujer.

Ella sonrió, mostrando una boca llena de puntiagudos fragmentos de tijeras rotas, y se lanzó hacia él.

Los reflejos de ladrón de Beau le salvaron la vida. Giró a la derecha y esquivó la mano ganchuda. Echó a correr, cruzó el umbral y se deslizó por el pasillo. Extendió el brazo hacia atrás, alcanzando el pomo de la puerta y la cerró de golpe.

Con las manos temblorosas, sacó el fajo de herramientas para forzar cerraduras que llevaba en la cintura y lo abrió; los instrumentos cayeron al suelo con un tintineo metálico.

—Vamos… Vamos… —susurró, agarrando el tenedor de ganzúa y el destornillador, para meterlos en la cerradura.

Una risa estridente le llegó desde el otro lado de la puerta.

Giró la ganzúa frenéticamente, esperando que encajara, pero solo raspó inútilmente el interior del cerrojo.

Un segundo después, un golpe ensordecedor sacudió la puerta: la mujer se había lanzado contra ella. Beau se precipitó hacia el pomo, desesperado por mantenerla cerrada.

Entonces, por el rabillo del ojo, un movimiento a su derecha lo distrajo.

Volvió la cabeza y la vio. La niña. Esperanza. Corría directamente hacia él.