Treinta y cinco
TREINTA Y CINCO
Beau observó la fila de puertas abiertas que se abrían, como bocas oscuras, en el pasillo frente a él.
Era la niña. ¿Quién más podría ser? Estaba en ello otra vez, buscando algo… O a alguien.
—¡Ey, pequeña! ¡Pss…! ¡Eh, Esperanza! —susurró, llamándola.
Alzó el candelabro y dio unos pasos vacilantes por el corredor, asomándose por la primera puerta que encontró. La habitación —un dormitorio— era un desastre. ¿Había estado allí? ¿Seguía allí?
La luz de la luna entraba a raudales por una hilera alta de ventanas, bañando la estancia en un resplandor plateado. Beau parpadeó, momentáneamente cegado después de la profunda penumbra del pasillo, y entró a continuación.
—¿Esperanza? ¿Estás aquí? —susurró, pero no obtuvo respuesta.
Había salido de su propio cuarto hacía apenas unos minutos y se dirigía a las antiguas habitaciones de Arabella para buscar libros sobre puentes.
No había vuelto a saber nada de ella desde que le había exigido que lo ayudara a construir uno.
Cuando amaneciera, iría a buscarla de nuevo y le tiraría los libros al suelo.
También recogería sus cuadernos y los arrojaría allí.
Dibujos, pergaminos, planos… Todo lo que encontrara.
Haría tanto alboroto que esta acabaría por ceder y lo ayudaría, aunque solo fuera para librarse de él.
El reloj dio las once. Sus siniestros tañidos, que resonaron por todo el castillo, le recordaron a Beau que debía moverse. Después de su último encuentro con la bestia, estaba decidido a regresar a su habitación antes de la medianoche.
Estaba a punto de salir del dormitorio revuelto cuando los grandes armarios del fondo llamaron su atención.
Sus puertas estaban abiertas y de ellos se derramaban costosos vestidos.
Había chaquetas ricamente bordadas con hilo de oro, capas de piel y abrigos de satén.
Encima, alineados en los estantes, había sombreros con plumas, manguitos y delicados zapatos de seda.
Beau se acercó, guiado por su instinto de ladrón. Quizá hubiera algo de valor allí. Aún tenía el anillo de su antigua patrona cosido en el forro del abrigo, pero ¿sería lo bastante valioso como para comprar la salud de Matti?
Cruzó la habitación con zancadas rápidas y metió la mano en un armario, pero, cuando tomó una chaqueta de su percha, la tela se deshizo entre sus dedos.
La arrojó al suelo y agarró una capa en su lugar, pero mechones de piel se desprendieron.
Tiró de una falda, de un vestido, de un manto…
, pero cada prenda que tocaba estaba carcomida por las polillas, vieja o arruinada.
—¿Qué es esto? —murmuró, desconcertado—. ¿Por qué guardaría Arabella toda esta ropa hecha trizas?
Recordó, con una inquietud creciente, los muebles cubiertos de polvo en las antiguas habitaciones de ella, y la extraña afirmación de Esperanza; había estado encerrada durante cien años.
Sacudiéndose aquella sensación, Beau se apresuró hacia otro armario, pero de nuevo no encontró nada de valor. Giró con lentitud sobre sus talones, esperando haber pasado por alto algún baúl, un cofre o una cajita de joyas escondida en un estante.
Fue entonces cuando la vio.
Una mujer.
Pequeña. Encogida. De pie en las sombras.