Belleza Feroz Treinta y cuatro
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Treinta y cuatro

TREINTA Y CUATRO

Deja de pasearte, pequeña. ¿Cómo se supone que vamos a arreglarte el pelo? ¿O vestirte para la cena?

Arabella desestimó las palabras de Asonperides con un gesto de la mano.

—Qué descaro tiene —dijo, caminando de un lado a otro—. Entrar así… Hacer sus ridículas exigencias… —Se detuvo en seco en medio de la estancia—. ¿Construir un puente…? ¿Un puente?

—¿Con qué? —Bufó lady Ari—. ¿Con tus propias manos?

Lady Paluc estaba de pie en el umbral del tocador de Arabella, y sostenía un vestido de seda.

—Señora —empezó con su gutural y lúgubre voz—, Percival ha dispuesto su mesa. Valmont ha decantado el vino. La comida de Phillipe se enfría. El fuego se apaga. Las velas también. Florian la espera junto a su silla. Pronto las flores se marchitarán.

—Vale, lady Paluc, ya voy, ya voy… —dijo Arabella, con un rubor de remordimiento tiñéndole las mejillas. No quería hacer esperar a sus sirvientes.

Aún irritada, aún murmurando, entró en su tocador.

Un espejo alto se alzaba en una esquina. El vidrio parecía sentir el tumulto dentro de ella y responderle. Diferentes colores giraban en su interior, llamándola.

Las imágenes empezaron a tomar forma.

Arabella retrocedió al ver cómo el espejo de plata cobraba vida.

Un impulso destructivo le recorrió el cuerpo. Quiso tomar un jarrón, una figurilla, un tope de puerta —cualquier cosa—, y hacerlo pedazos.

Pero era inútil.

No podía romper los espejos.

¿Cuántas veces lo había intentado ya?

Aunque no quería, se quedó quieta, como tantas otras veces, observando cómo la historia —su historia— se desplegaba ante ella, esperando, tontamente, un final diferente.

El espejo le mostró una escena resplandeciente: un salón de baile formal, todo dorado y de cristal, donde las rosas desbordaban de los jarrones y la luz de las velas danzaba sobre rostros empolvados y coloreados.

Una muchacha tomó forma. Llevaba un vestido azul.

Joyas colgaban de sus orejas y su cuello.

El cabello recogido en lo alto de la cabeza, ni un solo mechón fuera de lugar.

Todo en ella estaba contenido: su cuerpo, sus gestos y su voz.

Se movía por el salón con una rigidez de porcelana y una fragilidad que parecía a punto de quebrarse.

Era como una de esas decoraciones de azúcar que adornan los pasteles finos: hermosa, pero lista para hacerse trizas al menor toque.

El duque, su padre, la había visitado en sus aposentos antes del baile, con una advertencia:

—Espero de ti nada menos que un comportamiento perfecto esta noche, Arabella. Tengo una lista de pretendientes tan larga como mi brazo: un duque sardo, un vizconde alemán, un barón austríaco, un príncipe rumano… Pero, si no te controlas, tendré suerte si logro casarte con un cazador de ratas.

El propósito del baile era encontrarle un marido, pero ella no quería uno.

Quería piedra y argamasa. Travesaños y vigas maestras. Quería levantar muros, construir torres y alzar agujas que perforaran el cielo. Pero sabía que era un sueño imposible; sus padres jamás lo permitirían, y estaba cansada de luchar contra ellos.

Estaba cansada de decepcionarlos.

Así que, en lugar de eso, charlaba, bailaba y sonreía.

Jóvenes caballeros se presentaban ante ella.

Un conde la llevó por el salón, del tamaño de una catedral, deleitándola con historias sobre su pasatiempo: la filatelia.

Un barón bailó con ella y le habló todo el tiempo de sus spaniels.

Tras escuchar durante una hora a un duque apasionado por la pesca dar una conferencia sobre las diferencias entre la brema común y la brema plateada, Arabella declaró que tenía calor y se excusó para ir a por ponche.

Le resultaba difícil hablar —sobre jardines, conciertos, caballos o flan, como le había aconsejado su tía—, pero a sus acompañantes no parecía importarles. Cuanto menos comentaba ella, más podían hacerlo ellos.

Al llegar a la mesa de los refrigerios, divisó a su padre, de espaldas, conversando animadamente con el embajador italiano.

—Ojalá su señor estuviera aquí. —Le oyó decir—. Valoro su consejo en un asunto político que afecta a mi ducado.

—Quizá pueda serle de ayuda, Su Excelencia —ofreció el embajador.

Los hombres se acercaron el uno al otro.

Arabella, intrigada, se inclinó, intentando escuchar mejor, pero estos formaron una barrera con sus cuerpos, excluyéndola. Aun así, alcanzó a oírlos.

—Mi pueblo se inquieta. Ha habido brotes de rebelión —informó su padre—. Han golpeado a mis recaudadores de impuestos. Derribado las horcas. Saqueado los graneros.

—Porque gravaste a tu pueblo sin piedad, para construir un enorme reloj dorado, papá —murmuró Arabella para sí misma. O eso creyó.

—Qué sarta de tonterías —rezongó una voz masculina.

Arabella se volvió.

Cerca de ella había un joven noble de pie, que sostenía un pastelillo entre el pulgar y el índice. Era alto, como ella, y fríamente apuesto, con el cabello castaño claro recogido con una cinta, ojos azules aburridos y una sonrisa indolente.

—¿Sabe cuál sería mi consejo? —preguntó, con la boca llena de hojaldre—. Reúna a los cabecillas, cuélguelos y deje sus cuerpos para los buitres.

Arabella se estremeció por sus crueles palabras.

—¿Siempre ofrece consejos no solicitados, señor? —preguntó.

El hombre soltó una risita.

—¿Y usted siempre escucha conversaciones ajenas?

Terminó su pastel, frunció el ceño al ver un poco de crema en su pulgar y miró a su alrededor. Sus ojos se posaron en Florian, que llevaba una pesada bandeja de frutas confitadas hacia la mesa.

—Tú, chico…, ven aquí —ordenó.

—¿Mi señor? —preguntó Florian, jadeando bajo el peso de la bandeja.

El hombre se limpió la mano en la manga del muchacho.

—Sigue tu camino. Anda —dijo, espantándolo con un gesto, a continuación.

Arabella lo miró, muda de asombro, hasta que la indignación la recorrió, borrando el estupor. Abrió la boca, lista para decirle exactamente lo que pensaba de su comportamiento atroz, pero, antes de que pudiera hacerlo, el joven hizo una breve reverencia y añadió:

—Olvido mis modales. Permítame presentarme… Constantine, príncipe de Rumanía.

En ese mismo instante, justo cuando el príncipe se inclinaba, el padre de Arabella pasó junto a ellos, aún enfrascado en su conversación con el embajador. La miró, y debió ver sus sentimientos reflejados en el rostro, porque sus ojos se oscurecieron al instante.

La joven vio la advertencia en ellos y se contuvo.

—Es un placer conocerlo, alteza —dijo, tragándose su emoción—. Mi nombre es…

—Arabella. Sí, lo sé. Eres demasiado compasiva, Arabella. Solo hay una manera de tratar con campesinos rebeldes: eliminarlos.

«Habla de jardines, —chilló una voz, presa del pánico, dentro de Arabella—. Habla de gatitos. Habla de flan».

Pero no le hizo caso.

—El pueblo de mi padre no necesita cuerdas alrededor del cuello; necesita comida en sus mesas —replicó Arabella—. Dos años de veranos lluviosos han provocado malas cosechas. No hay trigo para hacer pan, ni heno para alimentar a los animales.

Constantine rio.

—Mi querida niña, no entiendes el poder. Permíteme explicártelo: si les das demasiado a los campesinos, les enseñas a desear cosas que no deberían. Así comienzan las revoluciones.

—La gente solo se rebela cuando no tiene nada —respondió Arabella—. ¿Has visto alguna vez a un rey iniciar una revolución?

—¿Y supongo que tú has ideado una forma de tratar con una población rebelde? —preguntó Constantine.

—Creo que sí.

Arabella esperaba que él volviera a reírse de ella o simplemente se marchara. En cambio, dijo:

—Cuéntame, por favor.

Los invitados al baile, intrigados por la visión de la joven hija del duque discutiendo con un príncipe, se acercaron.

—Mi solución es dar a nuestro pueblo las herramientas que necesita para mejorar sus vidas —informó Arabella con convicción.

—¿Y esas son…?

—Escuelas y hospitales. Buenas carreteras. Alcantarillado adecuado.

—¿Alcantarillado? —Constantine arrugó la nariz.

—Un tema poco atractivo, sí —afirmó Arabella con seriedad—, pero importante. La ciencia nos dice que el agua potable limpia, y los sistemas de alcantarillado bien mantenidos reducen los brotes de enfermedades.

Arrastrada por su entusiasmo, Arabella no escuchó los comentarios sarcásticos de las mujeres, susurrados tras los abanicos de seda. No notó los gestos de desaprobación de los hombres. Encantada de tener audiencia para sus ideas, confundió el interés de Constantine con entusiasmo genuino.

—Sé que son ideas ambiciosas —continuó, con las palabras saliéndole de forma atropellada—. Empezaría con el pueblo más cercano a nuestro castillo y lo usaría como campo de prueba.

—¿Y cómo llamarías a esa ciudad modelo tuya? —interrogó Constantine—. ¿Tienes un nombre? ¿Utopía, tal vez?

La multitud estalló en carcajadas.

Demasiado tarde, Arabella comprendió lo que él había hecho. Le había hecho preguntas, la había animado a hablar, la había llevado a compartir el sueño que llevaba en el corazón, no porque creyera que tenía mérito, sino para ridiculizarla.

La vergüenza y la humillación la abrasaron, pero aun así insistió.

—No, Utopía no —dijo—. Paradisium .

Constantine arqueó una ceja.

—¿Y qué lo convertiría en un paraíso, mi señora? ¿El hecho de que usted viviera allí?

Otra oleada de risas envolvió a Arabella.

Esta levantó la barbilla y replicó:

—No, mi señor. El hecho de que usted no.

Un murmullo de asombro recorrió a los cortesanos. Luego, vinieron las risitas y los bufidos.

Constantine le dedicó a Arabella una sonrisa venenosa y comentó:

—Tenía la impresión de que la hija del duque era una joven en edad de casarse. Me equivoqué. Es joven, sí, pero no es una dama. —Y se marchó.

Arabella se quedó sola un momento, mortificada por todas las miradas puestas sobre ella. Había vuelto a ocurrir. Aunque se había esforzado por contenerse, su emoción se le había escapado, desbocada y rugiente, como un muñeco diabólico saltando de su caja.

El remordimiento la apretó. La noticia llegaría a sus padres; los había decepcionado una vez más.

Deseaba con desesperación poder comportarse como ellos deseaban, pero no sabía cómo.

Era imposible no sentir lo que sentía; sería como intentar ordenar a su corazón que no latiera o a sus pulmones que no respiraran.

—¡Arabella, aquí estás! ¡Te he buscado por todas partes!

Arabella se volvió y vio a su madre acercándose, con las mejillas encendidas. Su corazón se hundió. Se preparó para la reprimenda que sabía que venía.

Pero la duquesa sonreía.

«Por una vez parece feliz de verme, —pensó Arabella—. ¿Por qué será?».

No tuvo que esperar mucho para averiguarlo.

—¡Te he encontrado un marido! —anunció la duquesa con entusiasmo—.

Estaba hablando con una vieja y querida amiga.

Su familia vivía cerca de la mía en París, antes de casarse, y, por cierto, se casó muy bien.

Resulta que tiene un hijo, solo unos años mayor que tú, y creemos que seriáis la pareja perfecta.

Arabella estaba agotada. Le dolía la cabeza. No quería un marido, ahora ni nunca, pero era tan raro hacer feliz a su madre, tan extraño ver aprobación en sus ojos, que sonrió con esfuerzo y trató de parecer entusiasmada al preguntar:

—¿Quién es, madre?

La duquesa le tomó del brazo y, con voz entrecortada por la emoción, respondió:

—¡Su alteza real, el príncipe Constantine!

La verdadera Arabella se apartó del espejo y cerró los ojos con fuerza. Cuando los abrió de nuevo, las imágenes en el vidrio plateado habían desaparecido. Permaneció inmóvil un momento, con las uñas hundiéndose en las palmas, intentando no recordar el siguiente capítulo de su historia.

Había pedido perdón mil veces, pero no importaba. Jamás podría perdonarse a sí misma.