Treinta y dos
TREINTA Y DOS
Lady Densed miró a Beau por encima de su larga y elegante nariz.
Este estaba de pie, en el umbral de las habitaciones privadas de Arabella. En los brazos llevaba un gran y abultado fardo atado, dentro de una sábana.
—La señora está tomando el té. Ha pasado el día cabalgando y está cansada —dijo Densed con un resoplido—. No puedes verla ahora. O, en realidad, nunca.
—No me importa si está tomando el té, un baño o una buena y larga meada, necesito verla —indicó Beau, abriéndose paso dentro de las estancias.
—¡Detente! ¡No puedes…! ¡Oye, jovencito!
Beau ignoró los chillidos de Densed y pasó junto a ella hacia la sala de estar.
Arabella estaba leyendo junto al fuego, envuelta en una cálida bata de lana, rodeada por sus damas. Una bandeja de plata con té reposaba sobre una mesa, entre su sillón y la chimenea. Un libro abierto descansaba sobre su regazo. Al oír los pasos del joven, levantó la cabeza.
—¿ Lady Densed? —empezó a decir—. ¿Qué está pasando…?
Beau no le dio oportunidad de terminar. Se acercó y dejó caer el bulto a sus pies, que aterrizó en el suelo con un estruendo metálico.
—Ahí tienes todo lo que vas a necesitar —señaló—. Excepto esto.
Metió la mano en el bolsillo, sacó una botella de tinta bien tapada y la golpeó sobre la mesa. Mientras lo hacía, algo en la bandeja le llamó la atención: un pequeño pastel cubierto con glaseado de limón y una violeta confitada. Lo tomó y se lo metió en la boca.
—Sírvete, por favor —comentó Arabella con tono mordaz—. ¿Deseas un té, también? Permíteme servírtelo. ¿Azúcar? ¿Crema?
Beau, todavía masticando, levantó un dedo. Tragó y respondió:
—Crema. Sin azúcar.
Arabella frunció el ceño, claramente molesta porque él había aceptado su sarcasmo sin inmutarse. Tomó una taza y un platillo, sirvió el té, le añadió crema y se lo tendió. Beau asintió en señal de agradecimiento y sorbió con ruido.
Con los ojos entrecerrados, la joven dama esperó a que terminara. Cuando por fin lo hizo, preguntó:
—¿Ahora podrías explicarme por qué has arrojado una bolsa de basura a mis pies?
—Vas a construirme un puente sobre el foso.
Te he traído todo lo que necesitas para empezar.
—Beau se arrodilló y desató las cuatro esquinas de la sábana.
En el centro quedaron esparcidos compases, transportadores, plumas, libros, una escuadra, una regla ajustable, una plantilla francesa, varias reglas normales y un rollo de papel de dibujo.
Arabella jadeó. La máscara de frialdad construida con cuidado se quebró y cayó, dejando ver una sonrisa radiante, llena de alegría.
Pero duró apenas un instante, antes de ser reemplazada por la ira.
—¿De dónde has sacado estas cosas? —exigió saber.
—De tus antiguas habitaciones.
Lady Ari, que estaba sentada cerca, se puso de pie de un salto. Agarró la tetera de la bandeja y la arrojó al suelo.
—¡Cómo te atreves! ¡Cómo te atreves! —gritó mientras se hacía añicos—. ¡No tienes derecho a estar ahí!
—¡Husmeando entre las cosas ajenas! ¡Debería darte vergüenza! —lo reprendió Gunezarev.
Asonperides no dijo nada. Solo observaba, moviendo con destreza su aguja de bordar, con los ojos saltando de Beau a Arabella y de vuelta a él.
—Tú… Tú has entrado sin permiso. Has invadido mi privacidad —dijo Arabella—. Tú…
—Me importa un comino tu privacidad —la interrumpió Beau—. Por tu culpa, estoy atrapado en este montón de piedras. Necesito salir de aquí, y tú vas a ayudarme.
El dolor asomó en los ojos de Arabella ante sus palabras, y Beau creyó haber atravesado su armadura, pero se equivocaba.
—Me temo que estás cometiendo un error —dijo con frialdad—. No tengo ni idea de cómo construir un puente. —Se volvió hacia lady Paluc—. Llama a Valmont.
Paluc corrió hacia el cordón de la campanilla y tiró de él con desesperación.
—Eso es una tontería, Arabella —soltó Beau—.
Sí que sabes. He visto tus libros y tus herramientas.
También vi la colcha. —Arabella, ahora furiosa, inspiró con fuerza.
Parecía una cobra hinchándose para atacar, pero el joven no le dio la oportunidad—.
Además —continuó—, Percival me ha dicho que estudiaste los grandes edificios del mundo.
Dijo que fuiste a Notre-Dame y la dibujaste. Si puedes entender un contrafuerte vol…
—Contrafuerte volante, idiota —lo corrigió Arabella entre dientes—. Un contrafuerte volante.
Beau se tocó la barbilla con un dedo.
—Umm… Un poco impreciso, ¿no crees? Con seguridad, podrías usar algo más descriptivo que «idiota».
—¿Dónde demonios está Valmont? —gritó Arabella, perdiendo por completo la compostura.
Paluc corrió hacia la puerta para buscarlo.
—Pero, en fin —siguió Beau—, el punto es que si sabes todo sobre catedrales, templos y pirámides, sabrás sobre puentes. Así que, constrúyeme uno. No tiene por qué ser gran cosa.
Arabella soltó una risa incrédula.
—¿No tiene por qué? —repitió con ironía—. Oh, qué alivio. Ya me preocupaba.
—Con un puentecillo estrecho basta. Solo tiene que aguantar y no caerse.
En ese momento, Valmont irrumpió en la habitación.
—¿Qué ocurre, Su Gracia? ¿Qué pasa? —preguntó.
Entonces, vio a Beau y el revoltijo de herramientas en el suelo.
—Sácalo de aquí, Valmont —ordenó Arabella—. Y luego manda a las doncellas a limpiar esta porquería. Que la quemen.
Su última frase no fue hablada, más bien escupida. Directamente hacia Beau.
Un furioso Valmont lo tomó del brazo y lo arrastró fuera de la sala, pero justo antes de llegar a la puerta, Beau se soltó. Se giró hacia Arabella, atrapó su mirada ardiente y la sostuvo. Era su última oportunidad.
—Tú me has metido en este lío —le recordó—. Puedes sacarme de él.
Arabella mantuvo su mirada, pero se inclinó, al poco para recoger las reglas de madera, la plantilla francesa y el papel de dibujo, y los arrojó al fuego.